NO ME INTERESA UNA RELACIÓN DE VERDAD

1436 Words
Todo es tan falso, sobre todo cuando sé que no me interesa una relación de verdad. Me gustan las mujeres y me encanta el sexo, pero no soy de los que se establecen. ¿Presentarme como alguien que no soy, solo para llegar a la parte desnuda de la noche? Eso no es para mí. Mis arreglos especiales son mucho más honestos y, sin duda, me ahorran tiempo; tiempo que puedo dedicar a trabajar. —Así es más fácil—, explico. —Más eficientes. Cumplen su trabajo, no hacen preguntas ni esperan charlas triviales. Todos sabemos cómo funciona y cuáles son nuestros roles. Además, no les molestan las marcas de la cuerda—. Nathan balbucea, casi escupiendo su whisky. —¿Marcas de cuerda? ¿Qué tipo de cosas pervertidas te gustan?— Maddox y yo nos miramos fijamente. Aunque siempre ha sido de mente abierta, los viajes de mi hermano menor le proporcionaron una profundidad que antes no tenía, y por eso es el único con quien he hablado de esto. Me mira con complicidad y responde por mí: «Se llama Shibari. Es un arte japonés que se basa en la estética del bondage. La forma en que las cuerdas crean patrones en la piel, el contraste de texturas... no es meramente s****l. Para algunos, es casi espiritual, y como mínimo, consciente». Vaya. Consciente. Como colorear. Había algo insoportablemente tierno en ver a esa mujer adulta y guapísima jugando con crayones anoche. Maddox me sonríe y levanta su taza de café a modo de saludo. Le ofrezco una sonrisa de agradecimiento por su descripción de mis —cosas pervertidas— y levanto mi copa en señal de reconocimiento. Tiene razón. Hay algo en la práctica de moldear y atar las cuerdas que me relaja y me lleva a un estado de calma. No lo practico a menudo, pero cuando estoy estresado o desquiciado, es la manera más rápida de salir de mis pensamientos. Las mujeres con las que trato son profesionales y experimentadas, y todos se benefician del acuerdo. —Bueno, a mí me parece mucho trabajo —dice Mason con una sonrisa burlona—. ¿Qué pasó con las esposas de siempre? Maddox pone los ojos en blanco. —Es como comparar peras con manzanas, imbécil. El shibari es bastante sensual, la verdad—. —Apuesto a que no es así como lo hace Drake. —Mason se ríe y toma un sorbo de su whisky. —Maldito pervertido —murmura Nathan—. Espiritual, y una mierda. Eres un pervertido de primera, hermano. Elijah y Mason sueltan una carcajada, y yo niego con la cabeza. Cada vez que nos juntamos los cinco, volvemos a ser adolescentes, sin importar la edad. Es infantil, pero me encanta. Lo he echado muchísimo de menos mientras vivía en Chicago, y solo hace poco me di cuenta de cuánto. Le doy un puñetazo a Nathan en el brazo, en parte porque es el que está sentado más cerca de mí, en parte porque le debo una. De todos mis hermanos, él es con quien siempre he tenido la mayor rivalidad y con quien más cosas en común. De todos ellos, espero que me cuide las espaldas, o al menos que intente comprender. «No me juzgues solo porque ahora estás casado y no puedes hacer cosas pervertidas». Inclina la cabeza y me sonríe, sus ojos oscuros brillan con picardía y los efectos del whisky. —Estoy bastante seguro de que tengo más acción que cualquier otra persona en esta sala—. —Sí, claro —resopla Mason—. Claro, hermano. Lo que te ayude a dormir por la noche. —O me mantiene despierto toda la noche—, responde Nathan con aire de suficiencia. Mason se recuesta en su silla, con una expresión perpleja en el rostro. —No hay manera de que tengas más acción que yo. O sea, estás casado y tienes un hijo, y yo...— Nuestro hermano menor se lame los labios como si buscara la palabra adecuada. Nathan apoya los antebrazos sobre las rodillas. —¿Tú eres?— —¿Un hombre prostituto?—, pregunta Elijah amablemente. Mason arquea una ceja, con una sonrisa arrogante en los labios. —Soy... bueno, soy un tipo ocupado. Tengo al menos tres citas a la semana—. Nathan se endereza, arremangándose. Su expresión se torna seria y reprimo una sonrisa. He visto esa faceta suya muchas veces, y es un placer observarla. Es exactamente igual que en el tribunal cuando está a punto de destrozar a la fiscalía. Mason está a punto de recibir una lección del mismísimo Iceman. —Seamos generosos, Mase, y digamos cuatro citas a la semana. ¿Aunque aciertes siempre?— —Lo cual hago—, interviene Mason. Nathan asiente, chupándose el labio superior y mirando a nuestro hermano al otro lado de la mesa. —De acuerdo. Aceptado. Así que, teniendo en cuenta el tiempo de inactividad y sabiendo lo que sé de ti y lo ansioso que estás por despacharlos en cuanto termine el trabajo...— —Qué duro, hermano —dice Mason con una risa estridente. Pero no discute, porque todos sabemos que es verdad. Diría que, como máximo, te acuestas con alguien ocho veces. En una buena semana. Elijah silba y se reclina en su silla. —Qué suerte. Algunos no hemos tenido ni ocho sexos en el último año—. Ojalá pudiera decir que me sorprendió la confesión de mi hermano mayor, pero, por desgracia, su matrimonio no se parece en nada al de Nathan. Una sonrisa arrogante se dibuja en el rostro de Mason, y obviamente está encantado con sus estadísticas. Es adorable que de verdad crea que ha ganado. Nathan me lanza una mirada cómplice. —¿Quieres cerrar esta por mí, consejero?— Pongo los ojos en blanco antes de fijarlos en el rostro expectante de Mason. —Debes saber por qué pasas tanto tiempo con Luke los domingos, ¿verdad?—. Es mi primera cena dominical en mucho tiempo, pero ya me he dado cuenta de lo que me espera. Un sobrino y cuatro tíos cariñosos, por no hablar de un abuelo enamorado. Mason frunce el ceño. —Porque somos los mejores tíos del mundo—. Veo a Nathan sonriendo con sorna por el rabillo del ojo. Pongo mi mano sobre la de Mason y la aprieto. —¿No serás tan ingenuo como para creer que Nathan y Mel tardaron veinte minutos en elegir el vino para la cena de esta noche, hermano?— Le toma unos segundos, pero la comprensión se dibuja en su rostro. Se queda boquiabierto y me mira a mí y luego a Nathan. —Tú...— Su atención vuelve a mí, luego al cabrón más feliz de la sala. —¿En la maldita bodega? ¿En serio?— Nathan se encoge de hombros con indiferencia. —¿Como si no te hubiera pillado a ti y a ese pretencioso actor de telenovelas el Día de Acción de Gracias anterior?— Mason se burla. —¡Exactamente! Ahora no podré volver a bajar allí—. —¿Te refieres a bajar ahí otra vez?— No puedo evitar burlarme de él. —No es que me guste presumir —Nathan hace como si mirara su reloj—, pero ya he tenido más sexo este fin de semana que tú en una de tus buenas semanas, Mase. En casa. En el coche de camino para acá. En mi habitación de arriba. En la bañera. Y sí, en la maldita bodega. Gracias por cuidar a los niños, por cierto. —Malditos casados ​​—murmura Mason—. No es una comparación justa. —No todos tenemos tanta suerte. —Elijah suspira y se bebe el resto de su whisky—. Estoy aquí para normalizar los promedios. —Eso es porque estás casado con Amber, la Reina de Hielo —responde Mason con una mueca—. Tío, esa mujer te congelaría la polla con solo mirarla. Elijah lo fulmina con la mirada. «No tienes que caerle bien a mi esposa, Mason, pero sí tienes que respetarla. Yo puedo quejarme de mi vida amorosa. Tú no». —Además —digo, interviniendo para evitar un posible arrebato—, Amber no es tan fría como crees, Mase. Que no te guste no la convierte en una zorra. Simplemente la convierte en una buena jueza de carácter. Todos se ríen de eso, incluso Mason. Es rápido para reaccionar, pero igual de rápido para perdonar.
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