UN NUDO EN LA GARGANTA

1204 Words
Los últimos tres meses han sido un torbellino de atar cabos sueltos de mi antigua vida en Chicago, así que esta es la primera vez que vuelvo a casa desde poco después del nacimiento de Luke. Se me hace un nudo en la garganta y me lo trago. —Sí. Le habría encantado—. —Lo habría hecho. Ojalá hubiera podido conocer a Mel, tener a Luke en sus brazos. —Veo un repentino brillo de lágrimas en sus ojos y me da escalofríos. Nathan James no es de los que lloran, por Dios. Me seca la humedad y me dedica una sonrisa tímida. —No te atrevas a decirle a nadie que me viste llorar en la cena del domingo. Nunca dejaré de oírlo—. —Entonces, ¿no puedo decirle a todo el mundo que convertirte en padre te ha convertido en el tipo de tonto emocional al que solías poner los ojos en blanco? Me da un puñetazo fuerte en el brazo, dejándomelo entumecido. Gruño, pero ya me he acostumbrado. Cuando creces con cuatro hermanos, siempre hay alguien con el brazo muerto. Es brutal. Señala con la cabeza a nuestros otros tres hermanos, que están apiñados alrededor de la gran mesa de centro de roble que nuestros padres trajeron de su primera casa en España. —Será mejor que entremos antes de que Mase y Elijah se beban todo el buen whisky—. Me fijo en la familiar etiqueta negra de la botella. —¿Sabe papá que le han pillado un poco de su Macallan de cincuenta años?— Nathan se encoge de hombros. «El viejo está tan contento de tenernos a todos bajo el mismo techo, que seguro que nos dejaría beber hasta agotar su bodega. Además, está demasiado ocupado preparando la cena como para interesarse por lo que estamos haciendo ahora mismo». Me lo imagino con su delantal de —Soy el jefe—, el que le compró nuestra madre poco antes de morir. Me hace sonreír y casi se me saltan las lágrimas. Solo el hecho de que acabo de burlarme de Nathan por ser un cobarde me lo impide. —No puedo creer que todavía no se haya conseguido un cocinero—. Ya lo conoces. Es demasiado inflexible. Además, así no se mete en líos. No se equivoca. Nuestro padre convirtió su empresa tecnológica en el conglomerado global multimillonario que es hoy, y es un hombre increíble, pero no ha sido el mismo desde que murió mamá. Nos afectó mucho a todos, pero para él fue como perder la mitad de sí mismo. Tuvo un infarto hace un tiempo, y aunque se ha recuperado por completo, es preocupante. Dalton James no es un abuelo frágil —sigue siendo una figura a tener en cuenta ahora que se acerca rápidamente a los setenta—, pero es una de las razones por las que volví. No estará aquí para siempre, como le gusta recordarnos con frecuencia. Nathan cruza la habitación y lo sigo. Siento que he pasado gran parte de mi vida siguiéndolo, y para ser sincera, nunca me ha guiado mal. Me convenció para que me la jugara con él en el bufete, y funcionó: mi trabajo es el amor de mi vida. Mi Melanie. Se sienta en uno de los sofás grandes y cómodos y me dejo caer a su lado. —Entonces, ¿cómo se llamaba?—, pregunta Mason tan pronto como mi trasero toca el asiento. Debí saber que no podía ocultarles nada a estos cuatro. —¿Quién se llama?—, pregunto, finjo ignorarlo. Vale la pena intentarlo, y además lo voy a fastidiar muchísimo. Mason entrecierra los ojos, pero están llenos de diversión. —La chica por la que me dejaste plantado anoche. Más le vale que haya sido una chica. Si me entero de que me has cancelado el trabajo otra vez, tío...— No termina la frase, pero la amenaza implícita flota en el aire. Otro brazo muerto acecha en el horizonte. No sería la primera vez que cancelo una cita por trabajo. Mis prioridades han sido claras desde que tenía veintipocos años y todo se fue al garete. El trabajo nunca me falla. Nunca muere, ni me abandona, ni me hace sentir fatal. El trabajo es la mejor esposa que podría tener, y de todos los hermanos James, yo soy el que se describiría como un adicto al trabajo. Y eso es mucho decir, considerando lo motivados y ambiciosos que son todos. Excepto Maddox, que es otra historia. Nuestro hermano menor está luchando contra sus propios demonios, y se comerían los míos en el desayuno. Mis hermanos me miran, esperando una respuesta. «Se llamaba, eh, Scarlet. Fue algo único. No la volveré a ver». —¿Me dejaste plantado por una chica que nunca volverás a ver? ¡Tío!— Mason niega con la cabeza. —Al menos podría haber sido alguien especial—. —¿Alguien especial?—, pregunta Elijah, arqueando una ceja. —¿Desde cuándo empezaste a creer en esas cosas románticas?— —Que te jodan, hermano —dice Mason—. Veo mucho Netflix. Elijah me da un vaso, y lo acepto agradecido y le doy un sorbo, disfrutando del licor ahumado que me calienta la garganta casi tanto como de las bromas entre mis hermanos. —No hago nada especial—, digo, —y no vuelvo a verlos nunca más—. Me estremezco porque no es del todo cierto. Llevo mucho tiempo en Chicago, y por mucho que quiera a mi familia, no saben mucho de mi vida allí. Solo ven lo que les dejo ver, una versión editada de mi mundo. Pero ahora que he vuelto a Nueva York, quizá eso deba cambiar. —Bueno, excepto por las chicas que...— Me lamo el whisky que me queda en los labios, repentinamente nerviosa. —Las chicas que contrato—. Elijah arquea una ceja, con la sorpresa reflejada en sus ojos. Sin juzgar, sin embargo. —¿Las chicas que contratas? ¿Como las prostitutas?— Niego con la cabeza. —No exactamente. Es algo más matizado. Son mujeres profesionales de una empresa exclusiva de Chicago. Mujeres con las que tenía un acuerdo vigente que nos convenía a todas—. Elijah me mira desconcertado. —¿Pero por qué no pudiste conocer mujeres a la antigua usanza? Eres rico. Tienes éxito. Te cuidas bien—. Le frunzo el ceño. —¿Bien arreglado?— Mason le da un codazo a Elijah en las costillas y me sonríe con suficiencia. —Quiere decir que, objetivamente, estás buenísimo—. —Yo también tengo curiosidad, Drake —añade Nathan—. No me imagino que te falten ofertas. Maldita sea. No solo he abierto la caja de Pandora, sino que los he dejado en medio de la habitación para que todos los golpeen con un palo. Es difícil de explicar porque tienen razón, no me faltan ofertas. Pero simplemente no tengo tiempo ni paciencia para la monotonía de las citas. La charla insulsa, la estupidez de conocerse. La falsedad de fingir que no estamos aquí solo para rascarnos una picazón.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD