Capítulo 3

1517 Words
Arrojé la botella de vodka al suelo con todas mis fuerzas, estaba harta de él y su papel de víctima, Aiden al final siempre obtiene lo que quiere, y no era justo que me hiciera quedar como una interesada, cuando esa herencia debió ser repartida en partes iguales hace mucho tiempo, parecía que le divirtiera verme en problemas mientras él aprovechaba el acceso directo a la herencia de mi padre para hacer lo que le da la gana. Toda la vida ha sido el mismo escenario, Aiden tiene una particular facilidad para acomodar el contexto de la forma en que mejor le convenga, nunca le ha importado a quien deba derribar con tal de conseguir lo que quiere, así sea a su propia sangre, su propia hermana. Él siempre ha sido un idiota, pero no más que yo, porque aún conociéndolo y siendo consciente de lo que es capaz de hacer, todavía tiene el poder de lastimarme con sus palabras. Y él lo sabe mejor que nadie, quizá enviar al abogado fue impulsivo, pero fue un intento desesperado de hallar un poco de justicia, estoy segura de que papá lo hubiese entendido, porque creía que Aiden maduraría y sería una persona justa, dejando de lado todos los resentimientos fraternales que tenemos, y que su partida podría unirnos más como familia, lamentablemente no fue así. Desde que tengo uso de razón la situación siempre era igual, tenía una habilidad increíble para que el mundo gire a sus pies, como si pudiera hechizar a los demás con una falsa simpatía, odio admitirlo, pero puede resultar tan encantador al inicio, una sonrisa cautivadora puede ocultar tantas crueles intenciones. ¿Quién podría desconfiar del hijo mayor de la familia Reed? Si es el buen Aiden, el mejor estudiante en la universidad, brillante en los deportes y siempre preocupado de realizar labor social. Es un ángel. Por otra parte estaba yo, Nyx Reed, la considerada hija menor extremadamente problemática, a la cual culpaban hasta de las cosas que no había hecho, las diferencias siempre fueron marcadas entre los dos, y aún así, por alguna extraña razón, Aiden seguía intentando hacer mi vida más miserable de lo que ya era. Nunca parecía conforme con nada, excepto cuando sabía que me encontraba en problemas o había defraudado una vez más a la familia. Sin embargo, no importa cuantos conflictos existan entre nosotros, sus palabras no dejaban de doler. Maldito sentimentalismo, vuelve todo más complicado, y más triste ¿cómo se sentiría mi padre si viera que su mayor temor se convirtió en una realidad, y sus hijos se comportan como dos completos extraños? O peor aún, como si fueran enemigos mortales. La familia por la cual lo dio todo había terminado de desintegrarse. Olvidé cómo se sentía tener un hermano hace muchos años, y él mejor que nadie lo sabía. Ni siquiera puedo recordar la última vez que Aiden y tuvimos una conversación tranquila, o algún momento donde nos hayamos comportado como hermanos. Probablemente nunca entienda la razón por la cual me odia, ni tenga oportunidad de preguntarle. Oficialmente lo único que nos une es un apellido. Y puede que haya una larga disputa legal. Limpié las lágrimas que cayeron de mi rostro dispuesta a seguir mi camino, ya tuve demasiado por hoy, y Emma me espera en casa, con lo perceptiva que es se dará cuenta de lo que pasó y honestamente no tengo muchas ganas de hablar al respecto. Solo quiero llegar a casa y olvidarme del mundo aunque sea por un momento. Y es precisamente cuando pienso que la vida no puede ser peor encuentra una nueva forma de demostrarme que sí puede serlo; un hombre que caminaba despreocupado y rápido chocó conmigo haciendo que mi teléfono volara hacia el suelo. - Oye, ten más cuidado - exclamé enojada recogiendo mi teléfono y verificando que se encuentre bien - si algo falla te juro que haré que lo pagues. Es más, me debes una disculpa, mañana tendré moretones en el hombro por esto. Deberías comprarme una crema, mi piel es muy sensible. Genial, la pantalla está rota, también me debes un teléfono nuevo. - ¿No te han dicho que tienes una boca muy grande, niñita? - respondió señalando su correa, me estaba mostrando un arma - una palabra más y te vuelo los sesos, ahora cállate y entrégame todo lo que tienes. Una risa involuntaria escapó de mi boca. - Lo siento, siempre me río cuando estoy nerviosa, aunque es algo incómodo, no tengo nada para darle, señor ladrón, mi teléfono no es nuevo, obviando el hecho que lo acaba de arruinar y traigo sólo veinte dólares en mi pantalón, el resto de mi dinero lo tiene una empresa estafadora de sueños y lo demás lo gasté en esa botella de vodka que rompí por culpa de mi falta de control de impulsos por una pelea con mi hermano, bueno, no sé si todavía somos hermanos - dije señalando los pedazos de lo que había sido el vodka que debía y entregando mi bolso - si no me cree puede revisar. ¿Estás drogada o eres estúpida? Deja de decir tonterías y entrégame tus malditas cosas de una vez - repitió elevando la voz. Hey, esos modales - repliqué - Yo tampoco tuve un buen día hoy, el idiota de mi ex novio no se lleva aún todas sus cosas del apartamento, el libro por el que trabajé tanto no salió como esperaba, me acabo de quedar sin familia y sin teléfono. No dejaré que te lleves nada. No tienes muchas opciones, me llevaré tus cosas o… ¿O qué? ¿Vas a dispararme? Si lo haces por favor que sea en la cabeza, porque no puedo darme el lujo de pagar una cuenta de hospital ahora mismo. Es más, me harías un enorme favor - dije entregando mi bolso - Por favor, acaba con mi sufrimiento de una vez. Definitivamente estás mal de la cabeza - susurra mientras se rasca el mentón - No sé qué clase de droga has consumido, y tampoco me importa, pero consigue ayuda, y pronto. En serio lo necesitas, así como yo necesito dinero, el cual obtendré con tus cosas- dijo antes de empujarme para quitarme los pocos objetos de valor que traía conmigo. Mierda. Me dolía todo el cuerpo, en especial la espalda, pero sobreviviré, nada que una buena aspirina no pueda aliviar. Mientras me pongo de pie intento recordar exactamente lo que traía en mi bolso: llaves, el poco dinero que me quedaba, papeles sin importancia, algo de maquillaje y… No. Podía quitarme todo menos eso. Corrí en la misma dirección que el ladrón con las pocas fuerzas que me quedaban, mientras gritaba esperando que alguna alma bondadosa me ayude, lo cual no ocurrió, inesperadamente el hombre volvió hacia mi dirección apuntando directamente hacia mi rostro. - ¿Qué mierda quieres? Deja de gritar, niña tonta. - Mi llavero - respondí intimidada por el arma - sólo quiero el llavero, ese de panda. - ¿Y para qué quieres esa ridiculez? - cuestionó - Pensaba dárselo a mi sobrina, mañana es su cumpleaños. Y con las porquerías que traes acá no me alcanza para comprarle un regalo decente. - No me importa, quiero mi llavero - exclamé jalándono contra su voluntad, se había armado una discusión tensa por algo tan simple como un pequeño llavero de peluche de panda, para él significaba un regalo fácil, mientras que para mí tenía un significado mayor, y no iba a permitir que me lo arrebate. Ya tuve suficiente por hoy, ya perdí demasiado, sólo quiero a mi maldito panda para volver a casa y que por fin termine este día de mierda. Nicco solía decirme que soy una persona impredecible, nunca se puede esperar nada de mí, porque ni siquiera yo misma sé lo que haré, como ahora, poniendo mi vida en peligro por un estúpido llavero. Era más grande y fuerte que yo, podía sentir su desesperación en el forcejeo, donde aprovechó en golpearme con tal de obtener lo que quería, una parte de mí sabía que debía dejarlo ir, pero nunca fui de esas personas que renuncian fácilmente a las cosas. Estaba decidida a no perder nada más hoy. Y menos por un estúpido ladrón. En un descuido logré patear al ladrón, y usé aquellos pequeños segundos de ventaja en correr con todas mis fuerzas, había tenido un día de mierda: fue el peor viaje de autobús que tuve, no me dio tiempo de comer, publicarían un libro espantoso con mi nombre, me quedé oficialmente sin familia, mi ex novio probablemente nunca se lleve esas estúpidas cajas del apartamento y es casi un hecho que encontrará la forma de convencerme para retomar la relación, me habían robado lo poco que tenía y mi teléfono está averiado. Pero al menos tenía a mi panda. Y eso estaba bien. O no. Me debatía mentalmente entre la peor reacción que recibí, si los transeúntes que se espantaban de mi rostro, o Emma, quien se encontraba ya esperándome y pegó un gran grito al ver mi estado.
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