Nombre: Steve Langford.
Edad: 23 años.
Estudios:
Universidad Westmont de San Diego (UWSD).
Especialidad:
Manejo de BIM, análisis de costos y ajustes de cronograma.
Eso —y un montón de talentos más— era Steve Langford, al menos según su currículo.
De fondo se escuchaba la voz de otro pasante al que, para ser honesta, no me importaba demasiado prestar atención. Mi apatía debía ser palpable incluso fuera de la habitación, porque cuando levanté la mirada y el chico se encontró con mis ojos, su gran discurso flaqueó. Empezó a tartamudear, y juraría que podía ver el sudor acumulándose en sus manos.
—Creo que eso es todo —dijo finalmente—. ¿Necesita algún otro dato?
—No, es suficiente, no te preocupes —respondió Malcolm con una amabilidad casi excesiva.
El pasante sonrió, visiblemente aliviado, recogió su carpeta y salió casi trotando, como si temiera que yo pudiera cambiar de opinión solo con volver a mirarlo.
Apenas la puerta se cerró, papá giró la silla hacia mí.
—¿Podrías mostrar un poco de interés, al menos?
—Lo haría si supiera la razón exacta por la que estoy aquí —respondí, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Ya te lo dije —insistió—. Es importante que te integres, y más ahora con los nuevos pasantes.
—Podría hacerlo desde la comodidad de mi cubículo.
Malcolm suspiró y se pasó una mano por la cara. Era ese suspiro largo, cargado de paciencia forzada, el que usaba cuando intentaba no discutir conmigo.
—Jamie, no te traje para torturarte.
—Podrías haber avisado. Me habría preparado mentalmente.
—Te traje porque confío en tu criterio.
Solté una risa corta.
—Eso es discutible.
Me miró entonces con esa expresión suya, la que no era de jefe ni de arquitecto experimentado, sino de padre. La que siempre me desarmaba un poco, aunque yo fingiera que no.
—Hace meses que no opinas en una entrevista —dijo con suavidad—. Y hoy... hoy estás aquí.
Aparté la mirada.
—Estoy sentada. No es lo mismo.
Papá hizo ese gesto extraño con la boca, un intento fallido de mantenerse serio cuando claramente quería sonreír.
—Te ves bien —añadió—. Más despierta.
—No exageres —murmuré—. Solo es café y mala noche.
—Aun así —dijo—. Quiero que te quedes.
Iba a replicar, pero la puerta volvió a abrirse antes de que encontrara una excusa convincente.
Steve Langford entró a la sala con una calma exasperante, contrario de la noche anterior. Ni rígido, ni ansioso. Demasiado cómodo para alguien en su entrevista final.
—Buenos días —saludó, mirando a Malcolm—. Buenos días —añadió después, dirigiéndose a mí.
Lo ignoré y no poque fuese lo suficiente idiota, es solo que el tono con que lo dijo me advirtió que algo podía salir mal.
Fingí que no me preocupaba su presencia y actúe con apatía mientras dibujaba círculos sobre su currículo impreso.
—Toma asiento, Steve —indicó Malcolm—. Empecemos.
Steve obedeció y se acomodó en la silla como si ya fuera suya.
—Esta entrevista es más rutinaria. William me dijo que pasaste las pruebas sin problemas y que incluso lo ayudaste con algunas tareas.
—Estresante, sí, pero nada de otro mundo.
La confianza con la que hablaba era muy diferente a los primeros chicos que habían entrado. Sentí hasta un poco de envidia, me gustaría ser así de confiada.
Steve notó mi repentino interés cuando su mirada chocó con la mía, pero de inmediato la volví a bajar.
—Estás en tu último año en Westmont —continuó Malcolm—. ¿Cómo describirías tu formación hasta ahora?
—Intensa —respondió con un resoplido—. Mucha teoría, demasiadas noches sin dormir y la constante sensación de que siempre hay algo que no estás calculando bien.
Papá no pudo evitar sonreír. Parte de que él hiciera estas entrevistas era porque le gustaba hablar con estudiantes sobre sus experiencias reales, como si así pudiese recodar con claridad cómo fueron las suyas. Supongo que el haber sonreído abiertamente en parte era porque Malcolm también estudió en Westmont.
—¿Y eso no te desanima?
—Al contrario. Me obliga a revisar dos veces.
Malcolm asintió, interesado.
—Aquí mencionas manejo avanzado de BIM, análisis de costos y ajustes de cronograma. ¿En qué tipo de proyectos has aplicado eso?
—Principalmente en proyectos académicos y prácticas —respondió Steve—. Pero también he trabajado con presupuestos reales. Me interesa entender cómo una mala decisión en plano termina afectando tiempo y dinero —agregó, mirándome.
¿Eso fue una indirecta? Era obvio que se dio cuenta de lo que estaba imprimiendo anoche. ¿Estaba jugando conmigo? No podía ser tan rata.
—¿Y por qué una firma como esta? —preguntó Malcolm—. Tienes buenas opciones.
—Bueno, esto es Caldwell & Co, y tú eres Malcolm Caldwell. Creo que eso ya tiene bastante peso para mi currículo.
Otra risa de papá. No podía ser tan encantador, ¿verdad?
—Es la respuesta más franca que he escuchado.
Y tenía razón. La mayoría de los que se sentaban en esa silla soltaban discursos ensayados de cinco minutos sobre las maravillas de la firma, rozando lo cursi y lo desesperado. Steve, en cambio, no sonaba como un lamebotas. Sonaba... seguro.
—¿Tú qué opinas? —me preguntó Malcolm de pronto.
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Yo...?
—Sí, Jamie, ¿qué opinas?
Y con eso, lo supe.
Papá ya estaba demasiado interesado.
—No veo por qué tendría que opinar —respondí, cuidando el tono—. Es tu entrevista.
—Pero trabajas aquí —replicó él—. Y tu criterio importa.
Quise matarlo.
Literalmente.
—¿Se conocen? —preguntó Malcolm entonces, mirando de Steve a mí.
—Algo así —respondió Steve antes de que yo pudiera detenerlo.
—¡Claro que no! —repliqué demasiado rápido, traicionándome.
Le lancé una mirada asesina. Steve, lejos de intimidarse, sonrió como si aquello le resultara genuinamente entretenido.
Cuando volví a mirar a papá, ya no hacía falta decir nada. Sus ojos iban de uno al otro con una atención quirúrgica, y su ceño se fruncía apenas, como si armara un rompecabezas.
—A mí me parece que sí —concluyó finalmente.
Empuñé las manos debajo de la mesa y traté de respirar hondo. Steve, lejos de callarse, continuó:
—Oh, oh... lo siento, pensé que esta clase de cosas se reportaban.
—¿Qué clase de cosas? —quiso saber Malcolm.
—¿No le constante, Jamie? —Ese tono, ese estúpido tonito irónico.
—¿Estás hablando de que te quedaste en la oficina hasta tarde haciendo vete tú a saber qué?
Si él jugaba sucio, yo también podía hacerlo.
—En mi caso tengo un testigo a mi favor. Sí, claro, William. De él estamos hablando.
—No necesito reportarle mis actividades a un extraño.
—Claro —replicó—. Por eso estamos hablando con Malcolm.
Idiota, idiota e idiota.
—¿Quieres callarte? ¿Por qué no solo terminas tu estúpida entrevista y ya?
Steve sonrió satisfecho, sabiendo que él había ganado esta discusión. Tenía que admitirlo: no era muy buena manejando este tipo de situaciones.
Malcolm, en cambio, parecía estar entre fascinado y sorprendido por el intercambio. Aun así, disimuló llevándose el puño a la boca y carraspeando, como para recuperar el control.
—Creo que ya sé a qué te refieres —dijo y me dio una mirada de más tarde lo hablamos— No te preocupes, Steve. Jamie tendrá que pasar más tiempo en el ayuntamiento. ¿No es así, hija?
—Claro, papá —dije a regañadientes. Me gustaría decir más, pero la presencia de Steve era un estorbo en este momento—. ¿Por qué no continuas tu entrevista con Steve?
Malcolm volvió a centrarse en el pasante, como si nada hubiera ocurrido.
—Bien, Steve, creo que eso sería todo. Habla con Linda para que te asigne un cubículo y te indique los próximos pasos.
—Gracias, Malcolm. Adiós, Jamie.
Sabía que papá iba a hablar conmigo en algún momento del día, pero mientras, hui de ahí para prepararme mentalmente.
El baño fue mi refugio durante exactamente diez minutos.
No más, porque si me quedaba más tiempo alguien iba a empezar a preguntarse cosas. No menos, porque necesitaba respirar como una persona funcional y no como alguien a punto de perder la compostura. Trucos de psicólogos, ya sabes.
Me apoyé en el lavamanos y levanté la mirada hacia el espejo.
Rubia —demasiado rubia para pasar desapercibida—, con el cabello rizado cayéndome en mechones indisciplinados alrededor del rostro, lleno de volumen, como si tuviera vida propia y se negara a cooperar incluso en mis días "tranquilos". Mis ojos parecían más cansados de lo que recordaba, y las ojeras estaban ahí, discretas pero persistentes, como recordándome que dormir ya no era algo que hiciera con regularidad.
Me observé un segundo más del necesario.
Como si esperara encontrar algo distinto.
Spoiler: no lo hice.
Enderecé los hombros, ensayé una expresión neutra —esa que aprendí a usar cuando no quería que nadie hiciera preguntas— y me dije que todo estaba bien. Porque eso es lo que una hace. Decirse que todo está bien hasta que, con suerte, se vuelve verdad.
Cuando salí, el murmullo habitual de la oficina me envolvió de nuevo: teclados, teléfonos, pasos apurados.
Caminé hacia mi cubículo con la determinación de quien solo quiere sentarse, abrir el correo y fingir que nada raro había pasado en la última hora.
Pero ahí estaba.
En el cubículo de al lado.
El de al lado.
Ya no estaba vacío.
Una caja de cartón descansaba sobre el escritorio, medio abierta. Dentro se asomaban una gorra negra, un termo metálico y una carpeta gruesa con separadores de colores. Steve estaba inclinado sobre la mesa, revisando algo en la pantalla, con la chaqueta colgada en el respaldo de la silla como si llevara semanas ahí.
Me detuve en seco. Luego no lo pensé demasiado y me acerqué para darle un manotazo en la nuca.
A la mierda las normas de convivencia.
Steve se giró sobresaltado y su expresión se endureció al verme.
—¿Estás loca? —espetó con la mano en la nuca—. Esto es agresión.
—¿Se puede saber por qué te metes en lo que no te importa, baboso?
—¿Baboso? —Hizo una mueca que recordaba haber visto anoche—. ¿Me acabas de llamar baboso?
—Baboso, baboso, baboso. ¿Te quedó claro, baboso?
Esperaba otro insulto, pero lo único que hizo fue reírse. Reírse de esa forma estúpidamente tranquila que me sacaba de quicio.
—En serio eres muy extraña.
Cerré los ojos un segundo. Solo uno.
Cuando los abrí, él seguía ahí.
Ahora me miraba con reproche.
—Estoy molesto contigo —confesó, para mi sorpresa.
La que se rio esta vez fui yo.
—No me digas —Crucé los brazos—. ¿Desde cuándo tenemos algún tipo de relación como para que te tengas derecho a molestarte conmigo?
—Desde que me obligaste a distraer al guardia y que este se olvidara de mi cara y pensara que era un puto ladrón.
—Me dijiste que el guardia sabía que estabas dentro.
—Pues esta podrá ser una gran firma, pero el personal de seguridad es una mierda.
—¿Sabes que me estás culpando de algo que no podía prever?
—Pero sí podrías haber esperado en el vestíbulo y ayudarme. Tuve que llamar a William para que me dejara ir.
—Pues ahí está. Esa era la solución, ¿no?
—Una hora después de que te fuiste, claro.
No dijo más. Giró en la silla y continuó con lo suyo.
Me senté sin mirarlo, encendí mi computadora y abrí cualquier archivo al azar solo para sentir que tenía control sobre algo, aunque el movimiento ansioso de mi pierna decía lo contrario.
En este lugar era la única que no tenía a nadie al lado de mi cubículo. Tampoco me esforzaba por hablar con los demás. Todos parecían tener sus grupitos ya formados, perfectamente asignados. Nadie intentó integrarme, y, para ser honesta, lo agradecía.
Pero ahora con Steve, todo se volvía más extraño.
Malcolm sabía que no quería tener a nadie a mi lado. No se lo dije explícitamente, pero me conocía muy bien. En teoría, fue el único requerimiento que le "pedí" a papá para trabajar aquí.
Algo me decía que él lo había puesto a mi lado por alguna razón; una razón que, cualquiera que fuera, me parecería absurda.
¿Por qué te decía eso? Para empezar, desde mi asiento tenía visión directa a la oficina de Malcolm. Estaba allí dentro... con Will. No sabía qué diablos estarían hablando, pero asumí que se trataba de mí, porque ambos se reían mientras miraban hacia acá.
Cuando se dieron cuenta, cerraron las persianas.