La oficina estaba en silencio.
Un silencio denso, de esos que no existen durante el día, cuando las teclas, los teléfonos y las voces lo ocupan todo. A esta hora, pasada la medianoche, el despacho parecía un lugar lejano, casi prestado.
Llevaba más de media hora aquí, pero me parecía una eternidad. Odiaba cuando la impresora se atascaba o simplemente no le daba la gana de imprimir. Me daba la sensación de que solo pasaba conmigo y más cuando tenía prisa.
¿Que qué hacía aquí? Pues había olvidado entregar unos documentos para un permiso municipal y ahora me encontraba a las tantas de la noche recabando toda la información necesaria para entregarla al día siguiente. No era la primera vez, y no quería darle explicaciones a papá.
Estaba terminando de imprimir el último juego de planos cuando escuché unos pasos. Créeme, pensé que estaba loca, pero los volví a escuchar... una y otra vez, y al pasar los segundos se escuchaban más cerca. Así que entré en pánico.
No podía ser ningún empleado, nadie venía a esta hora. Quiero decir, nadie amaba tanto su trabajo como para estarlo un miércoles a las doce de la madrugada. El guardia tampoco podía ser, lo vi en la entrada casi quebrado (dormido) sobre su silla de «seguridad». Aunque ese no era el punto. El punto era que alguien se estaba acercando y no sabía qué hacer.
Lo primero que pensé es que se trataba de un acosador o un ladrón, daba igual, todo sonaba peligroso. Por eso tomé la placa de vidrio del escritorio y ante todo pronóstico decidí que se la rompería al presunto acosador.
Cuando la puerta de la oficina se abrió y la luz de la linterna de su teléfono me cegó, no me importó demasiado; aun así, decidí estrellarle la placa en la cabeza mientras ambos gritábamos.
Solo que no le estrellé la placa. Y mucho menos le hice daño. El sujeto alcanzó a sujetarme las muñecas, levantarlas y estamparme contra la pared detrás de la puerta como un reflejo defensivo. Al final, la única que se quedó gritando fui yo, mientras él decía un sinnúmero de cosas que no me importaba entender.
—¡Oye! —alcancé a escuchar.
Forcejé. Juro que intenté una vez más estrellarle la placa en la cabeza, pero evidentemente él era más fuerte que yo.
—¡Oye! —repitió—. ¡Oye!
No sé cuántas veces más oí esa palabra salir de su boca, cada vez más desesperado.
—Llévate todo —balbuceé—. Mi teléfono está mi bolsillo.
—Carajo, no soy un ladrón.
Debió ser el momento más estúpido de mi vida, justo antes de darme cuenta de que estaba diciendo un montón de cosas sin sentido mientras cerraba los ojos con fuerza.
Guardé silencio, aunque el miedo seguía aferrado a mí. Sus manos ya no sujetaban mis muñecas; entonces noté que había bajado los brazos y que el extraño sostenía mis hombros, en un intento torpe de calmarme. Cuando todo se tranquilizó un poco más, por fin me soltó, como si al fin se hubiera dado cuenta de que yo también era una desconocida para él.
El momento en donde ambos nos quedamos callados sirvió —al menos para mí—, para fijarme en ciertos detalles. Era un universitario más, llevaba una gorra negra de la que se escapaban algunos mechones rebeldes sobre la frente, y la luz de la linterna le aclaraba los ojos, volviéndolos de un café más suave. También noté su chaqueta: un denim oversize que le daba un aire despreocupado, casi fuera de lugar en una oficina tan pulcra.
—¿Se puede saber quién eres? —pude articular.
—Yo debería preguntar eso —dijo, y casi sonó como a reclamo—. ¿Qué haces aquí a esta hora y a oscuras?
—Trabajo aquí —respondí, todavía con la voz temblorosa—. ¿Ahora puedes soltarme?
Él retiró las manos de inmediato, dando un paso atrás, como si recién entonces recordara que yo también podía tener miedo.
Me acomodé la chaqueta y respiré hondo, intentando que el corazón dejara de latirme en la garganta. Seguido, esperé a que me dijera lo que evidentemente quería saber: ¿qué rayos hacía aquí?
—¿Qué? —soltó.
—¿Vas a decirme qué haces aquí o esperas a que llame a la policía y ellos te hagan el interrogatorio?
—Soy Steve
No dijo más, como si eso bastara.
—¿Steve qué?
—Steve Langford.
—No me suena.
Rodó los ojos y dio un paso, pero lo detuve advirtiéndole con la placa. Alzó las palmas en un gesto de paz.
—Escuché el ruido de la impresora y vine a ver. —Al ver que eso no bastaba, agregó—: William me contrató. Mañana tengo una última entrevista con Malcolm. Pero eso tú ya lo deberías de saber, ¿no?
Fruncí las cejas. ¿Estaba intentando revertir la situación?
Debía pertenecer al grupo de pasantes que entraría esta semana. Malcolm mencionó algo de que el tío Will se haría cargo, lo que no sabía es que me tocaría toparme con uno de ellos tan pronto.
—¿O la que no trabaja aquí eres tú?
—¿Perdón? —repliqué, incrédula.
—Eso explicaría por qué te ves tan culpable de estar aquí.
—Te sorprendería lo que una noche larga y una impresora defectuosa pueden provocar en una persona.
—Entonces voy a suponer que de verdad trabajas aquí.
—Sí, suponlo mucho para que pase lo contrario.
A juzgar por su expresión no debía estar pensando cosas muy positivas de mí. Aunque eso ya me sabía a costumbre.
—¿Y tú eres...?
—Soy Jamie.
Creo que Steve se quedó sin mucho qué decir después de eso, porque cuando hizo el amago de irse solo pudo decir:
—Como sea, Jamie, me voy.
Abrí la boca para contestarle, pero una franja de luz que se deslizó por el suelo me detuvo. Era lenta y constante. El haz de una linterna recorrió la sala exterior, esta chocó con los cristales y se escabulló por las persianas de la oficina, como si se olfateara.
Me quedé helada. Nadie debía saber que estaba aquí. De momento, Steve El Pasante me daba igual.
—Mierda... —susurré.
Steve siguió la dirección de mi mirada y arqueó una ceja.
—¿Te escondes de alguien?
No le respondí. Le tomé del antebrazo y lo empujé hacia el interior de la oficina.
—¿Qué haces? —protestó en voz baja.
—Escóndete.
—¿Perdón?
—Debajo del escritorio. Ahora.
—Esto es ridí—
No lo dejé terminar. Le di un empujón seco y Steve perdió el equilibrio lo justo para terminar agachándose.
—¿Te volviste loca? —murmuró mientras se acomodaba a regañadientes bajo la mesa—. Yo no—
Me incliné, bajando la voz hasta convertirla en un susurro firme.
—Si haces un solo ruido, te juro que te dejo aquí y digo que eres un intruso.
—¿En serio crees que no saben que estoy aquí? ¿A quién crees que van a creerle? —Parecía orgulloso de su respuesta. Pobrecito.
—A la hija del dueño, claro está.
Abrió la boca para replicar, pero la cerró al ver mi expresión.
—Qué carácter... —murmuró.
Cubrió la mesa con la silla, empujándola lo suficiente para ocultarlo, justo cuando la luz de la linterna se filtró por el vidrio esmerilado de la puerta.
El guardia se detuvo.
Contuve la respiración.
La luz se movió de un lado a otro. Un segundo. Dos.
—¿Hola? —se oyó desde afuera.
No respondió nadie.
La linterna se alejó unos pasos... y luego volvió.
Sentí el sudor recorrerme la espalda.
Me giré hacia Steve y le hice una seña tajante con el dedo: silencio.
Él levantó el pulgar, claramente ofendido.
La luz se desplazó otra vez y, finalmente, siguió su camino.
No esperé más.
Descorrí la silla y Steve salió de debajo del escritorio, estirándose el cuello.
—Jamás pensé que acabaría debajo de una mesa por alguien que me quiso golpear hace diez minutos —susurró—. Esto es bajo incluso para mí.
—Escucha —dije, sin tiempo para ironías—. Necesito que salgas.
Parpadeó.
—¿Salir?
—Sí. Por la puerta principal.
—¿Para qué?
—Para distraerlo.
Soltó una risa seca.
—Claro. ¿Por qué no? Ya casi me rompen la cabeza. ¿Qué es una detención nocturna más por ser tu cómplice?
—Dices que el guardia sabe que estás aquí, ¿no?
—Sí, pero—
—Con eso es suficiente. Sal ahora —ordené sin tapujos.
Steve se quedó inmóvil, probablemente procesando todo. No podía culparlo del todo. Pero mierda, mierda... No quería dar explicaciones.
—Por favor —no tuve más remedio que decir.
—Ah, sabes decir por favor.
—Steve.
—Ya voy, ya voy —dijo, alzando las manos—. Pero conste que esto no estaba en la descripción del puesto.
Se ajustó la gorra con parsimonia, como si fuera a salir a comprar café y no a enfrentarse a un guardia nocturno, y caminó hacia la puerta.
—Si me arrestan por esto, pienso mencionarte en cada declaración.
—Hecho.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Contuve la respiración.
Un segundo después, su voz se oyó clara, demasiado tranquila para la situación.
—Oiga —dijo—. ¿Usted también cree que este edificio hace ruidos raros por la noche o ya es cosa mía?
Hubo un silencio tenso.
Aproveché.
Tomé los planos, apagué la luz y salí por la puerta contraria. El pasillo estaba vacío, pero el eco de voces venía desde el extremo opuesto.
Corrí hacia el ascensor.
Mientras esperaba, escuché al guardia responder algo que no alcancé a distinguir y a Steve responderle como si se llevaran de toda la vida.
—Sí, bueno —decía—. Solo preguntaba.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré y presioné el botón sin mirar atrás. Cuando comenzaron a cerrarse, alcancé a escuchar a Steve una vez más. Las puertas se cerraron del todo, así que no pude entenderle.
El ascensor descendió, suave, silencioso.
Apoyé la espalda contra el espejo y solté el aire que había estado conteniendo desde hacía varios minutos.
No sabía qué había sido más absurdo: casi atacar a un desconocido con una placa de vidrio... o confiarle mi escape.
Pero, contra toda lógica, el tal Steve Langford había funcionado.
Me subí a un taxi afuera del vestíbulo y en lo que quedaba de la noche no volví a recordarlo, hasta que a la mañana siguiente ya me encontraba leyendo su currículo.