No he sido bendecida con un sueño hermoso, solo oscuridad que alimenta mis temores, me sobresalto al oír golpes en la puerta, es como en mi sueño las velas se han consumido dejándonos a merced de la oscura noche, no puedo distinguir la silueta de mis propias manos, que espelúznate.
—Estás despierta, Wisteria—Dice sobresaltándome, oír mi nombre salir de sus labios hace que mi piel se erice, sin poder evitarlo lo busco entre la oscuridad, sus ojos altivos le otorgan un matiz formidable a su rostro que se mantiene sereno, es un alivio saber que su ira se ha aplacado.
—¿Por qué no deja entrar a los sirvientes?—Cuestiono al oír una vez más golpes en la puerta, basta con solo su orden para dejarlos entrar pero por alguna razón se niega a hacerlo, no entiendo que es lo que quiere lograr.
—¿Te atreves a cuestionarme?—Su pregunta me deja helada por el tono sombrío en su voz, mi temor hacia él ha crecido, no puedo negarlo, lo que me obliga a mirarlo en silencio por un momento.
—No se han cambiado las velas, seguro por eso han venido—Le hago saber en un mero murmullo, no estoy segura de que me ha oído, pero aun así contengo la respiración aguardo su respuesta, es verdad antes lo he visto las velas desgastadas de la noche anterior tal parece que se ha negado a recibirlos desde lo que ocurrió, por eso los ha llamado traidores.
—Haz lo tú entonces—Responde en un tono indiferente quemándome con la mirada.
—¿Qué me está pidiendo? —Pregunto, esto se podría considerar una ofensa, aunque mi posición ante sus ojos sea inferior sigo siendo un m*****o de la realeza, soy una Princesa, y no puedo rebajarme a oficios de un sirviente.
—Si te molesta, hazlo tú misma, déjalos entrar—Aclara al ver la tensión que se ha formado entre nosotros, le sostengo la mirada un momento más antes de levantarme del sofá y dirigirme hacia la puerta su amenaza resuena en mi cabeza cuando toco la cerradura, es difícil olvidarla cuando siento su mirada quemar mi espalda—Solo un sirviente nadie más.
—Solo un sirviente, nadie más—Repito su orden abriendo ligeramente la puerta, la luz de las velas lastima ligeramente mis ojos pero consigo ver el rostro asqueado de Hank, estoy segura que no le agradó se echado mientras yo ocupaba un lugar a su lado, pero no podría importarme menos sus sentimientos yo no lo elegí—Son órdenes del Rey
—Lo que su Majestad ordene—Concede luego de un momento donde su mirada asesina estaba sobre mí intimidándome, me odia tanto que no se esfuerza en ocultarlo, lo ignoro abriendo el camino para que un joven sirviente entre a los aposentos cerrando la puerta tras nosotros.
Los reyes no deben mostrar sus heridas o eso decía mi padre, no permito que ese sirviente mire a Aurelio postrado en la cama bajo su mirada inquisitiva cierro las cortinas dejándolo oculto así no podrá c******e el rumor, no por el momento, cuando las luces de las velas llenan los aposentos despido al joven que se marcha dándome la espalda sin más, eso golpea mi orgullo.
—No quiero verte llorar—Pronuncia, no quería que me viera, arrastraba los pies solo para no tener que correr las cortinas y mirar esos ojos indiferentes pero fue en vano, estoy encerrada junto a este demonio que no entiende el peso que oprime mi pecho solo juzga con crueldad.
—¿Por cuánto tiempo estaré aquí? —Cuestiono dejando salir un sollozo, ya no sé quién soy, estoy perdida entre estos muros que me aprisionan, su mandíbula se tensa al verme quebrarme, pero no puedo seguir ignorando el destino que me aguarda.
—Hasta que yo quiera, permanecerás a mi lado—Exclama mirándome a los ojos sin una pizca de compasión, he vuelto a encender el fuego de su ira puedo verlo por la forma en que su pecho sube y baja pesadamente.
—Te odio, eres un demonio—Murmuro entre lágrimas dejándome caer en el sofá, quiero correr lejos de él, huir de este palacio maldito, pero si lo hago moriré antes de poder ver a mi padre, estoy segura que Hank ansia ver que eso ocurra.
—No llores si quieres ser fuerte—Me reprende fulminándome con la mirada, pero no puedo detener el sollozo que escapa de mi garganta, algunas lágrimas rebeldes ruedan por mis mejillas, lo escucho suspirar y me siento tan humillada, seguro disfruta verme sufrir porque sabe que me tiene justo en sus manos.
—¿Fuerte como tú? No tienes alma, no debí salvarte—Me lamento en voz alta dejando salir eso que tantas veces ha rondado por mi cabeza, la idea de dejarlo morir, quizás si lo hubiera hecho no estaría encerrada en este lugar habría conseguido huir, buscaría a mi padre seguro está en algún lugar del mundo esperando por mi regreso.
—Arrepentirte no cambiará el destino que escogiste, tú misma te condenaste a este encierro—Me acusa sin piedad fulminándome con la mirada, estoy confundida, no es posible que me culpe de esto, yo jamás haría algo por permanecer a su lado, es ridículo, y ya ha comenzado a enfadarme.
—Fui una ingenua al pensar que salvándote me ganaría algo de tú compasión y me enviarías devuelta a mi hogar, pero no puedo ganar algo que no tienes—Despotrico contra él, sé que solo conseguiré hacerlo enfadar pero no puedo evitar sentirme frustrada por sus crueles palabras.
—Es mejor que lo aprendas ahora te ahorrará decepciones a futuro—Responde con una calma que me lastima, realmente espera que me quede a su lado, esa sensación de perdida me consume, guardo silencio sobrepasada por la decepción con la mirada puesta en el suelo escucho cuando Aurelio intenta salir de la cama, me quedo inmóvil al pensar en sus manos sobre mí, pero cuando levanto la cabeza sus piernas fallan y cae al suelo—Soy un paralitico y es tú culpa.