La noche tenebrosa ha caído sobre nosotros cubriendo el salón del trono en tinieblas que las velas no son capaces de vencer dejándonos a merced del silencio sombrío que agita mi corazón al transcurrir de este día que no parece tener final favorable, está trágica soledad nos permite dejar las formalidades a un lado ahora mismo el regazo de mi padre es lo único que me ayuda a aplacar mis tormentosos pensamientos por ello mis brazos se aferran a sus piernas dejando caer mi cabeza sobre sus firmes muslos.
—Wisteria es hora, debes irte—Su orden firme agita mi cuerpo sobresaltándome al oír su voz, no había pronunciado palabra desde que se supo la caída de Politea la provincia de mi hermano mayor Aquerón, su muerte había silenciado a nuestro padre, nos habían derrotado, el resto de nuestras provincias habían caído en manos enemigas, solo la capital quedaba en pie, vienen por nosotros.
—Pero… Padre—Contradigo sin levantar la cabeza aferrándome a sus piernas con todas mis fuerzas sintiendo mi corazón destrozarse, no quiero dejarlo.
—Wisteria Aileen Roosevolt, la rosa de nuestro emblema, la dulzura encarnada—Me alaga tomando mi mentón entre sus dedos me invita a verlo a los ojos, me reflejo en sus ojos esmeralda esos que me mira con un amor tan grande que me consume, una lagrima recorre mi mejilla, mi padre sonríe limpiándola con su pulgar—Mientras vivas serás la luz de nuestro imperio.
—Padre…—Ruego con la voz quebrada al predecir lo que ha de venir, su sonrisa es mi respuesta, con los labios temblorosos beso sus manos dejando caer algunas lágrimas me pongo de pie inclinándome una última vez ante mi padre, mostrando respeto y admiración por su fortaleza inquebrantable.
—Que los dioses te acompañen, te bendigan con dicha y fortuna—Me desea asintiendo con la cabeza, gira su cabeza mirando hacia la puerta que da al patio principal levantando el mentón con expresión solemne.
—Princesa acompáñeme, por favor—Me pide Amara mi doncella personal llamando mi atención, su voz me hace salir del trance miro a su pequeña figura, su cálida sonrisa es como una caricia a mi corazón, aunque sus ojos negros tiemblan con la incertidumbre—Nos están esperando.
—Guíame—Pido con la voz en un hilo.
Sigo sus pasos saliendo del salón del trono, con una frágil vela nos dirigimos a la biblioteca del castillo allí Iván uno de los sirvientes ha movido el librero dejando el camino libre para que podamos entrar a los pasadizos del castillo.
—Mantente a salvo—Le ordeno antes de que cierre la puerta tras nosotras.
—Cuídese mucho Princesa—Me dice con un tono dulce, sus ojos no vacilan manteniendo esa expresión digna en su mirada al cerrar la puerta, sé que le he pedido un imposible y eso me hace sentir más angustiada.
—Mantenga la frente en alto mi Princesa—Me alienta Amara al ver que me he quedado mirando la puerta.
—No quiero dejarlos, soy la luz del imperio y me estoy marchando dejándolos en tinieblas—Me quejo golpeando la madera con la intención de volver, mi corazón arder no debería de estar haciendo esto no puedo dejarlos a merced de esos seres sedientos de poder.
—No Princesa, por favor, mientras usted viva vivirá nuestra esperanza, no desperdicie el sacrificio de su padre—Me ruega arrodillándose a mis pies, verla humillarse por mi vida me hace estremecer al recordar el rostro de mi padre, tiene razón, mi corazón se desgarra ante la realidad, debo preservar el linaje de mi familia, ese es mi deber ahora.
—Levanta la cabeza, Guíame—Pido entre amargas lágrimas, Amara se pone de pie y sonríe contenido sus propias lágrimas, admiro su fuerza, se gira y comienza a guiarme entre el túnel de tierra, me cuesta seguirle el ritmo los nervios me hacen tropezar en más de una ocasión, la oscuridad de los estrechos pasadizos no me facilita el sendero, Amara nota mis tropiezos y se detiene para ayudarme a continuar, pero no tenemos tiempo, puedo oler sus espadas llenas de sangre tras nosotras, los dioses nos sonríen, llegamos al final del sendero justo a espaldas del castillo donde nos espera un carruaje.
—¡Dense prisa!—Grita el cochero del palacio notablemente nervioso, corremos cuando escuchamos detrás de nosotros el choque de las espadas, el hombre robusto nos abre la puerta mientras otro sirviente con una espada cuida de que no haya enemigos cerca que puedan entorpecer nuestra huida, Amara me ayuda a subir quedándose a mi lado, los caballos relinchan cuando el chochero los hace correr, al mirar hacia atrás las lágrimas nublan mi visión, mis manos se aferran a la tela de mi vestido, esos malditos han incinerado el castillo, no levanto la cabeza hasta que perdemos de vista el palacio en llamas.
—¡Bandidos!—Grita el cochero alertándonos.
—¡Princesa!—Grita Amara interponiéndose entre la puerta y yo, protegiéndome cuando el carruaje se detiene de golpe tambaleándose, yo no soy capaz de moverme cuando la puerta es arrancada, unos hombres con ropas gastadas llenas de sangre se suben, su cara llena de cicatrices y esa mueca sádica me hacen temblar—¡No se acerquen!
Uno de ellos toma a Amara del brazo inmovilizándola al poner su espada en su cuello la obliga a bajar del carruaje, me pongo de pie al verla en problemas, pero otro hombre viene por mí, me paralizo al verlo, el aprovecha mi desasosiego para tomarme de las muñecas arrestándome fuera me deja caer al suelo golpeándome el cuerpo se sube a mi espalda atándome las manos con una cuerda.
—¿Co-como se atreven? Soy la Princesa Wisteria Aileen Roosevolt—Tartamudeo cuando mi mejilla es presionada con brusquedad contra el suelo.
—Seguro vales mucho su majestad—Se burla uno de ellos haciendo a los demás reír, tiemblo a ver los cuerpos del cochero y su sirviente inertes en el suelo…