—¡Maldición!—Gruñe dejándose caer en el suelo, sus heridas son graves, puedo verlo en su mueca de dolor.
—Hay que hacer algo, el sufre—Me insta Opal pasando a mi lado se inclina a su lado y con un trapo limpia el sudor de su frente, eso no será suficiente.
—Debemos tratar sus heridas, Opal, trae algo de agua limpia—Ordeno acercándome a él, esto lo he visto hacer a Merlot cada mañana, aunque no tengo los ungüentos no puedo quedarme de brazos cruzados—Vas a estar bien.
—¡Ah! —Suelta un quejido de dolor tumbándose en el suelo, sin pensarlo tomo su espada cortando la tela de su camisa, dejando al descubierto su torso ensangrentado, me esfuerzo por no vomitar, aunque siento que mi visión se distorsiona.
—Aquí tiene Princesa ¿Qué piensa hacer?—Opal llega a mí sosteniendo una ánfora llena de agua, rasgo la tela de mi vestido sumergiéndola en el agua comienzo a limpiar la herida de su brazo izquierdo, la herida es profunda así que tomo la tela y la envuelvo entono a su brazo, Aurelio suelta un gruñido que me hace temblar pero pronto vuelve a relajarse, parece que se ha quedado dormido.
—¿Cuánto crees que tarden en encontrarnos? —Pregunto limpiando la herida de su abdomen, verlo en esta condición es perturbador para mí, he llegado a extrañar su mirada llena de superioridad.
—Tengamos fe, amanecerá pronto—Opal intenta infundirme aliento, dicen que la luz echa fuera las tinieblas y con ellas a los enemigos, no puedo negarlo, mi corazón aún se siente intranquilo, esté silencio puede ser la antesala de una tormenta sangrienta.
—No te vayas—Aurelio me retiene tomando mi brazo cuando intento ponerme de pie, al ver sus ojos cerrados pensé que dormía, esa vulnerabilidad en sus ojos me impiden apartar su brazo, en cambio, tomo sus manos entre las mías mirándolo a los ojos con suavidad.
—Estoy aquí, descansa—Respondo acomodándome a su lado, una diminuta sonrisa adorna su rostro cuando sus ojos vuelven a cerrarse, ver la tranquilidad en su rostro suaviza mi corazón, siento que la esperanza hace nido en mi corazón.
Mientras Opal mantiene la antorchas encendidas yo limpio el sudor del rostro de Aurelio, apartando el cabello de su rostro, levanto plegarias porque sus heridas no vuelvan a sangrar, él es fuerte seguro resistirá hasta el amanecer, así el tiempo transcurre, siento como el sueño doblega mi cuerpo, pero me mantengo despierta al ver que Opal duerme en una de las esquinas, no puedo permitirme ser débil, en respuesta a mis plegarias escucho a lo lejos el canto de las aves avisando el amanecer, lo hemos logrado.
—Wisteria…—Su voz es un llamado claro que me hace espabilar de inmediato.
—No te esfuerces, estoy contigo—Pronuncio gentilmente ayudándolo a sentarse apoyando su espalda al muro, su estado es grave, debo hacer algo pero no sé qué más podría hacer estando aquí.
—No te alejes de mí, juro por mi vida que voy a protegerte—Jura tomando el mango de su espada, es admirable ver su determinación, y como sus ojos no pierden ese fuego, es como si el miedo no tuviera lugar en su espíritu, aunque quiero luchar en su contra en esta situación solo puedo confiar en él, me dejo caer junto a él apoyando mi cabeza en su hombro sano cerrando los ojos por un segundo cuando la puerta es golpeada, nos sobresaltamos, Aurelio toma su espada protegiéndome mientras nos preparamos para lo peor.
—Paz a los sumisos, muerte a los rebeldes—Se escucha detrás de la puerta la voz de un hombre, que me los pelos de punta.
—¿Qué haces? —Cuestiono al ver como se apoya en su espada para caminar hasta la puerta colocando su mano sobre la manija, ha perdido la cabeza, por esa frase absurda.
—Tranquila Princesa—Opal me dice deteniéndome cuando Aurelio abre la puerta, cierro los ojos evitando ver la escena, cuando un hombre robusto de cabello n***o entra en la estancia, su rostro sereno me eriza la piel, el silencio que se instala es inquietante.
—Su majestad—Pronuncia el hombre de piel canela arrodillándose frente a Aurelio inclinando su rostro, vuelvo a respirar cuando Aurelio entrecierra los ojos endureciendo su expresión.
—¿Por qué han tardado tanto? —Pregunta recuperando su habitual tono profundo, el hombre no dice nada se mantiene con la cabeza gacha, mientras su enfado crece su pecho sube y baja rápidamente pero decido intervenir cuando lo veo tambalearse.
—¡Aurelio, basta estás herido! —Grito llegando a sostenerlo antes de que pueda caer, pero su peso me sobrepasa al verlo el hombre se levanta de su sitio ayudándome a sostenerlo pero su mirada no recae sobre Aurelio cambio me observa a mí, parece desconcertado con mi presencia sus ojos lo delatan—Debe atenderlo el médico.
—¡Guardias, lleven al Rey a sus aposentos y llamen al médico!—Grita el hombre, en ese momento varios guardias aparecen toma a Aurelio cargándolo lo apartan de nosotros, quiero seguirlos pero esté hombre me impide el paso interponiéndose en mi camino—¿A dónde crees que vas?
—Apártate iré con él—Ordeno, su mirada me causa repulsión, este hombre no me agrada.
—Ninguna extranjera da órdenes, conoce tú lugar mujer—Me reprende, su voz cargada de reproche e indignación hace temblar mi cuerpo, siento como la rabia me recorre por completo, como se atreve a llamarme de ese modo tan descortés.
—¿Cómo te atreves? Yo pertenezco a un linaje real no soy como tú—Aclaro indignada contraatacando, vuelvo a intentar esquivarlo pero está vez él me toma del brazo reteniéndome a su lado, no puedo creer su nivel de descortesía, es un bárbaro.
—No mientas, mujer no eres más que una espía, he iras al calabozo—Responde haciéndome girar colocando mis manos detrás de mi espalda las ata con una cuerda, esto no puede ser cierto, el prometió que me protegería.
—¿Qué dices? ¡Suéltame! —Suelto un grito que se ahoga en el silencio…