Carlos me llevó a su casa, esa casa que ya conocía, aquella donde estuve la primera vez que estuvimos juntos. Era un lugar que me fascinaba y me intimidaba al mismo tiempo, con sus techos altos, paredes decoradas con piezas de arte y reliquias que parecían sacadas de un museo. Su pasión por la historia estaba presente en cada rincón. Especialmente, me llamaban la atención los objetos del antiguo Egipto: esculturas, papiros enmarcados y hasta una réplica de una máscara funeraria que parecía observar todo con solemnidad.
Era una casa que me hacía sentir pequeña, pero, de alguna forma, me encantaba. Había algo en su atmósfera que me envolvía, como si pudiera perderme por esos pasillos y nunca quisiera salir.
—Ponte cómoda —dijo Carlos con una sonrisa, mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre una silla.
Lo observé mientras se dirigía a la cocina, remangándose las mangas de su camisa blanca, dejando a la vista sus antebrazos fuertes y bronceados. Había algo absurdamente atractivo en la manera en que se movía, confiado, controlando cada detalle. Me quedé en el marco de la puerta de la cocina, mirándolo mientras comenzaba a cocinar como si fuera algo natural para él.
Tomó algunos ingredientes que apenas reconocí de un refrigerador impecablemente organizado. Los movimientos de sus manos eran precisos, casi coreografiados, mientras picaba hierbas frescas, fileteaba un pescado y mezclaba especias en una sartén que pronto llenó la casa con un aroma delicioso.
—¿Siempre cocinas así? —pregunté, cruzando los brazos y apoyándome en el marco.
Carlos levantó la mirada por un momento, con una sonrisa ladeada.
—No siempre. Pero cuando cocino, me gusta hacerlo bien.
No pude evitar sonreír. Había algo hipnótico en verlo cocinar. Cada movimiento era tan meticuloso que parecía estar creando una obra de arte. Encendió una vela sobre la mesa del comedor y abrió una botella de vino, sirviendo dos copas con la misma elegancia que caracterizaba todo lo que hacía.
—Espero que te guste —dijo, colocando un plato frente a mí. Era un filete de salmón con vegetales asados y un toque de salsa que, por el olor, él mismo había preparado.
—Se ve increíble —admití, tomando la copa de vino que me ofrecía.
Nos sentamos frente a frente y, al probar el primer bocado, no pude evitar cerrar los ojos. Estaba delicioso, mucho más de lo que esperaba.
—Esto está… increíble. ¿Seguro que no eres chef? —pregunté, levantando una ceja.
Carlos rio suavemente, como si la idea le resultara divertida.
—No, pero sé lo que hago.
Cenamos en silencio durante unos minutos, disfrutando de la comida y el vino. Pero sabía que algo pasaba por su mente. Lo podía ver en la forma en que me miraba, con esa intensidad que siempre me desarmaba. Finalmente, dejó su copa sobre la mesa y me miró directamente a los ojos.
—Quiero que vivas conmigo, Aletza.
Me detuve, con el tenedor a medio camino de la boca, y lo miré fijamente.
—¿Qué?
—Quiero que vivas aquí, conmigo —repitió, sin vacilar. Y luego añadió—: Y quiero que nos casemos. Mañana mismo.
Casi me atraganté con el vino. Dejé la copa sobre la mesa, intentando procesar lo que acababa de decir.
—¿Mañana? —pregunté, perpleja.
—Sí, mañana. No quiero esperar más.
Lo miré, buscando alguna señal de que estaba bromeando, pero no había ni un rastro de humor en su expresión. Carlos estaba completamente serio.
—¿Por qué tanta prisa? —pregunté, cruzando los brazos sobre la mesa.
—Porque no quiero perder más tiempo —dijo, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Quiero que estés aquí, conmigo. Te prometo que no te faltará nada.
Mis labios se curvaron en una sonrisa irónica. Bajé la mirada hacia mi plato, jugueteando con los vegetales con el tenedor.
—Solo faltará una cosa… —murmuré casi en un susurro, tan bajo que pensé que no podría oírme.
—¿Qué dijiste? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Nada —respondí rápidamente, sacudiendo la cabeza. Luego lo miré y añadí, con un tono más ácido de lo que pretendía—: Haz lo que quieras, Carlos. Al fin y al cabo, siempre haces lo que quieres, ¿no?
Me observó durante unos segundos, como si intentara descifrar qué estaba pensando realmente. Pero no dijo nada. Solo tomó su copa de vino y dio un sorbo, manteniendo esa mirada intensa que tanto me desconcertaba.
Había algo en su propuesta, en su insistencia, que me hacía sentir que todo esto era más grande de lo que parecía. Pero, al mismo tiempo, sabía que aceptar significaría renunciar a más de lo que estaba dispuesta a dar. Y, aunque él no lo supiera, ya había algo que nunca podría darme, algo que, por más promesas que hiciera, siempre me faltaría: su amor.