Su colección

936 Words
Después de terminar de cenar, me levanté de la mesa y me ofrecí a lavar los platos. Carlos me miró como si no entendiera lo que acababa de decir. —No es necesario, Aletza. Tengo quien se encargue de eso. —Lo sé, pero quiero hacerlo. Además, es lo mínimo que puedo hacer después de que preparaste una cena tan increíble. No esperé su respuesta. Tomé los platos y los llevé al fregadero. Mientras enjabonaba y enjuagaba cada pieza, sentía su mirada fija en mí, pero no dijo nada. Era extraño, casi reconfortante, hacer algo tan cotidiano en un lugar que parecía sacado de otro mundo. Cuando terminé, me sequé las manos con una toalla y me giré hacia él. —¿Puedo ver tu colección arqueológica? —pregunté, mezclando curiosidad y entusiasmo. Carlos arqueó una ceja, como si evaluara mi solicitud, y luego asintió lentamente. —Está bien, pero primero necesitas darte un baño. —¿Un baño? —pregunté, confundida. —Sí. El sudor, la piel seca, incluso las partículas de polvo pueden dañar las piezas. Son tesoros delicados, y hay que tomar ciertas precauciones antes de entrar. Lo miré, tratando de decidir si hablaba en serio o solo estaba exagerando. Pero al ver la seriedad en su rostro, me di cuenta de que no era broma. —Bien, no tengo ropa aquí, así que… —dejé la frase en el aire, esperando a ver qué sugeriría. Carlos sonrió ligeramente y señaló una de las habitaciones. —Te prestaré algo mío. Me mordí el labio para no reír. Él era mucho más alto y corpulento que yo. Su ropa probablemente me quedaría enorme, pero no dije nada. Lo seguí hasta la habitación, donde sacó un suéter y una camiseta de su armario. —Aquí tienes. Esto servirá. Tomé la ropa y fui al baño. Al cerrar la puerta detrás de mí, no pude evitar mirar a mi alrededor. Como todo en su casa, el baño era impecable, elegante y moderno, pero con un toque acogedor que lo hacía invitador. Me quité la ropa despacio, dejando que cada prenda cayera al suelo. Abrí el agua caliente mientras me desmaquillaba frente al espejo. Sentí el vapor llenar el ambiente, relajándome al instante. Entré en la ducha y dejé que el agua cayera sobre mí, llevándose no solo el cansancio del día, sino también todas las dudas y confusiones que me habían invadido durante la cena. Tomé el jabón de aroma suave que había en la ducha y lo pasé por mi piel, disfrutando de la sensación de limpieza. Lavé mi cabello con un champú que olía a madera y especias —seguramente de Carlos— y me pregunté cómo un simple aroma podía traerme tanta tranquilidad. Cuando terminé, me envolví en una toalla y sequé mi cabello lo mejor que pude. Me puse la ropa que Carlos me había dado y, como sospechaba, todo me quedó enorme. El suéter era tan grande que tuve que doblar la cintura varias veces para que no se cayera, y las mangas de la camiseta cubrían completamente mis manos. Salí del baño y encontré a Carlos esperándome en el pasillo. Al verme, sus labios se curvaron en una leve sonrisa. —Te ves… interesante —dijo, con un brillo divertido en los ojos. —No te rías de mí —respondí, aunque no pude evitar sonreír. —No me estoy riendo. De alguna manera, te queda bien. Sin más preámbulos, me guio hasta una puerta al final del pasillo. Al abrirla, reveló una sala que parecía sacada de una película. —Antes de entrar, necesitamos usar guantes, recoger el cabello y aplicar este producto neutralizador en las manos. Asentí y lo seguí en silencio mientras me entregaba un par de guantes de látex y una goma para recogerme el cabello. Luego, aplicó un líquido transparente en mis manos, que froté cuidadosamente, mientras él hacía lo mismo. Finalmente, abrió la puerta de la cámara privada. Al entrar, no pude evitar contener el aliento. La sala era enorme, con vitrinas de cristal que contenían piezas de todas las épocas y culturas. Había máscaras ceremoniales, joyas, armas antiguas y fragmentos de cerámica que parecían contar historias de miles de años atrás. En una esquina, había un sarcófago egipcio decorado con detalles dorados que brillaban bajo la luz suave de los reflectores. —Esto es… increíble —murmuré, acercándome a una vitrina que contenía una daga con incrustaciones de piedras preciosas. Carlos se acercó a mí, observándome con una expresión de orgullo. —Cada pieza aquí tiene una historia. Algunas las encontré yo mismo; otras las adquirí en subastas o intercambios con otros arqueólogos. Toqué el cristal de una de las vitrinas con los dedos enguantados, casi con miedo de romper el encanto que parecía envolver todo el lugar. —¿Y esta? —pregunté, señalando una máscara funeraria que parecía haber salido directamente de una tumba faraónica. —Esa fue uno de mis primeros hallazgos importantes en Egipto. Representa a un noble, aunque nunca logramos identificarlo por completo. Lo escuché hablar con pasión, perdiéndome en sus palabras y en el brillo de las reliquias. Cada pieza parecía tener vida propia, una conexión con un pasado que solo podía imaginar. —Es impresionante, Carlos —dije finalmente, volviendo mi mirada hacia él. Él asintió, cruzando los brazos mientras me observaba con una sonrisa satisfecha. —Sabía que te iba a gustar. Y mientras continuábamos explorando su colección, no pude evitar sentirme un poco más cerca de él, como si estuviera compartiendo conmigo una parte de sí mismo que pocos tenían el privilegio de conocer.
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