No quiero parar

914 Words
La tensión en el aire era casi palpable. Carlos me tenía acorralada contra la pared, su mirada fija en la mía con una intensidad que me desarmaba. Sentía el calor de su cuerpo, la firmeza de sus manos que aún sostenían las mías. Había algo en la forma en que me miraba que iba más allá del deseo; era como si intentara descifrar cada rincón de mi alma. —Eres increíble —murmuró, su voz baja y ronca, cargada de emociones que no intentaba ocultar. —Carlos… —traté de hablar, de decir algo, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Su cercanía hacía que perdiera la noción del tiempo, del espacio, de todo. Lentamente, soltó mis manos, y sus dedos recorrieron mi rostro con una suavidad inesperada. El contraste entre su fuerza y esa delicadeza era algo que me desarmaba por completo. Deslizó las manos hasta mi cintura, atrayéndome más cerca, mientras nuestros cuerpos parecían encajar perfectamente. —Dime que pare, Aletza, y pararé —susurró en mi oído, su aliento cálido erizando mi piel. No podía detenerlo, y tampoco quería. En lugar de responder con palabras, llevé mis manos a su rostro, trazando el contorno de su mandíbula con cuidado antes de atraerlo hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso que comenzó con una ternura cautivadora, pero pronto se transformó en algo más intenso, más necesitado. Sus manos se deslizaron hasta mi espalda, sosteniéndome aún más cerca de él. Podía sentir el latido de su corazón, fuerte y firme, al mismo ritmo que el mío. Cuando se apartó, apenas unos centímetros, sus ojos buscaron los míos, como si quisiera confirmar que sentía lo mismo. —Eres todo lo que necesito —murmuró, y antes de que pudiera responder, me levantó en sus brazos con una facilidad impresionante, llevándome hasta la habitación contigua. Me colocó con cuidado sobre una cama enorme, cuyos sábados eran tan suaves como el terciopelo más fino. Se inclinó sobre mí, su peso distribuido de manera que no me aplastaba, pero su presencia lo llenaba todo. Sus manos acariciaron mi cuello, mis hombros, mientras sus labios se deslizaban lentamente desde mi mandíbula hasta mi clavícula. Cada beso era como una promesa, una declaración silenciosa de algo que ambos intentábamos entender. —Carlos… —susurré, casi sin voz, mientras mis dedos recorrían su espalda, sintiendo cada músculo tensarse bajo mi toque. —Shh… —me interrumpió, colocando un dedo sobre mis labios—. Solo quiero hacerte sentir. Y lo logró. Cada caricia, cada beso, cada susurro entrecortado me hacía sentir como si el mundo desapareciera. Sus manos se movían con precisión y cuidado, haciéndome estremecer, mientras mi cuerpo respondía a cada uno de sus movimientos. Carlos me tenía atrapada entre sus brazos, y su intensidad era como un incendio que consumía todo a su paso. Sus labios se movían con desesperación sobre mi piel, dejando un rastro ardiente desde mi cuello hasta mis hombros, mientras sus manos exploraban cada rincón de mi cuerpo con una pasión que me hacía temblar. —Eres mía, Aletza… solo mía —murmuró contra mi oído, su voz baja y cargada de deseo. —Carlos… —traté de responder, pero mis palabras se deshicieron en un gemido cuando sentí que sus movimientos se intensificaban. Cada embestida me llevaba más cerca del abismo, como una ola imparable que arrasaba todo a su paso. Mi cuerpo respondía al suyo de una manera que nunca había experimentado antes; cada roce, cada movimiento nos acercaba más al límite. —No pares —susurró con voz grave, sus manos firmes sujetando mi cintura mientras marcaba el ritmo. Me sostuvo con fuerza y, en un movimiento fluido, giró nuestros cuerpos, dejándome encima. Miré sus ojos, sus pupilas dilatadas, su respiración entrecortada, y sentí que el poder de ese momento estaba en mis manos. —Eres perfecta… sigue, no pares —me pidió, su voz ronca, mientras sus manos acariciaban mis caderas, guiándome, animándome a continuar. Obedecí, dejando que mi cuerpo se moviera al ritmo del suyo, sintiendo cada conexión, cada movimiento, como si nuestras almas estuvieran entrelazadas. Sus gemidos escapaban de sus labios, mezclándose con los míos, creando una sinfonía que llenaba la habitación. —Carlos… no puedo… es demasiado —jadeé, sintiendo cómo la intensidad crecía, llevándome al borde. —Puedes, mi amor… déjate llevar —me alentó, sus manos recorriendo mi espalda, sus labios buscando los míos en un beso que disipó cualquier duda que pudiera tener. El calor entre nosotros se intensificaba, pero no había prisa, solo una necesidad compartida de explorar cada rincón, de descubrirnos el uno al otro. Los suspiros y gemidos llenaban el espacio, creando una melodía que era solo nuestra. —Mi hermosa Aletza… —susurró contra mi piel, su voz cargada de adoración. Apenas podía responder, perdida en la sensación de sus labios, de sus manos, de todo lo que me hacía sentir. Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si nada más importara. Cuando nuestros ojos se encontraron de nuevo, vi algo en su mirada que me hizo sentir vulnerable y, al mismo tiempo, poderosa. Había deseo, sí, pero también algo más profundo, algo que no podía definir, pero que sabía que cambiaría todo. Finalmente, cuando nuestras respiraciones comenzaron a calmarse, Carlos me sostuvo en sus brazos, su mano dibujando círculos en mi espalda mientras descansábamos. No dijo nada, y yo tampoco. No era necesario. En ese momento, el silencio decía más que cualquier palabra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD