¿Quien se creía?

824 Words
La cena transcurrió en un ambiente extraño. Mientras Carlos parecía relajado, yo estaba incómoda, casi perdiendo la paciencia. Él me miraba con una calma exasperante, como si tuviera todo bajo control, mientras yo apenas podía concentrarme en la comida. Había algo en la forma en que me observaba que me desarmaba, como si cada uno de mis gestos lo intrigara profundamente. El silencio se volvió insoportable después del segundo plato. Intenté llenarlo hablando de cualquier cosa. —El restaurante es bonito —murmuré, jugando con el tenedor. —Sabía que te gustaría —respondió él con una media sonrisa, sin apartar los ojos de los míos. ¿Sabía que me gustaría? ¿Quién se creía que era? Mi incomodidad se mezclaba con la rabia, pero decidí no demostrarlo. En lugar de eso, tomé un sorbo de mi vino e intenté ignorarlo. Cuando llegó el postre, un pastel de chocolate con crema que normalmente habría disfrutado, no pude evitar sentirme nerviosa. Había algo en el aire, algo que Carlos claramente estaba esperando decir. Y entonces, sin previo aviso, habló. —Volví porque quería saber de ti —dijo de repente, dejando la cuchara en el plato y mirándome directamente a los ojos. Mi mano se detuvo a medio camino, sosteniendo mi cuchara. —¿Qué? —pregunté, confundida. Carlos se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, con esa intensidad característica brillando en su mirada. —Volví porque no pude sacarte de mi cabeza. Porque necesito algo de ti, Aletza. —¿Algo de mí? —repetí, sintiendo que un nudo se formaba en mi estómago. —Quiero que te cases conmigo. El mundo pareció detenerse. Me atraganté con el trozo de pastel que acababa de llevarme a la boca, tosiendo torpemente mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. Carlos rápidamente tomó mi vaso de agua y me lo ofreció, con una leve sonrisa que parecía divertirse con mi reacción. —¿Perdón? —logré decir finalmente, entre toses. —Quiero que te cases conmigo —repitió, esta vez con un tono más firme, como si fuera la cosa más natural del mundo. Lo miré como si hubiera perdido la cabeza. —¿Estás loco? —pregunté, casi gritando. Carlos se recostó en la silla, aparentemente divertido con mi incredulidad. —No, estoy completamente cuerdo. —Carlos, apenas hemos hablado, desapareciste, me dejaste sola y ahora… ¿me pides matrimonio? —dije, gesticulando con las manos mientras mi voz se alzaba. —Exactamente. —Esto no es normal. Tú no eres normal. —Tal vez no lo sea, pero sé lo que quiero, y lo que quiero eres tú. Mis ojos se abrieron de par en par, incapaces de apartarse de los suyos. ¿Cómo podía decir algo así con tanta certeza? —Carlos… esto no tiene sentido. Apenas nos conocemos. No somos compatibles. ¡Ni siquiera sé por qué te importa tanto! Carlos soltó un leve suspiro, como si ya esperara mi reacción. Luego, se inclinó hacia adelante otra vez, su mirada atrapando la mía como un imán. —Aletza, desde la primera vez que te vi, supe que eras diferente. No eres como nadie más en mi vida. Eres real, eres auténtica, y eso me desarma. —Eso no es suficiente para casarse con alguien. —Para mí, lo es. Pero no estoy diciendo que lo hagamos mañana. Quiero que lo pienses. Quiero que veas que puedo ser alguien en quien confíes, alguien que estará a tu lado. Lo miré en silencio, intentando descifrar si hablaba en serio. Sus palabras eran tan inesperadas, tan cargadas de intensidad, que era imposible ignorarlas. —Carlos, no sé qué decirte… —Di que lo considerarás. —No puedo prometerte nada. —No quiero una promesa, Aletza. Solo quiero que no cierres la puerta a esa posibilidad. Sentí mi corazón latir con fuerza, no de emoción, sino por el caos que sus palabras estaban provocando en mí. No sabía si estaba loca por siquiera considerarlo o si él lo estaba por proponer algo así. —Esto no significa nada —murmuré, mirando el plato de postre que ya no tenía intención de tocar. —Significa todo, al menos para mí —respondió él, con una intensidad que casi me asustó. No supe qué contestar. Había algo en su voz, en su mirada, que me hacía sentir completamente expuesta. ¿Cómo había llegado a este punto con él? ¿Y por qué sentía que mi mundo estaba cambiando otra vez, sin mi permiso? —Vamos, te llevaré a casa —dijo finalmente, levantándose y dejando un billete sobre la mesa para pagar la cuenta. Lo seguí en silencio, mi mente dando vueltas mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar. Sabía que esto no era el final de la conversación, sino solo el comienzo. Y aunque quería odiarlo por desordenar mi vida de esa manera, no podía ignorar el torbellino que estaba causando en mí.
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