“Debes volver a tu cuarto”, dijo Carlos, con la voz baja pero con una firmeza que no admitía réplica.
Me quedé mirándolo, todavía sin comprender bien qué acababa de pasar. Una parte de mí sabía que debía obedecer, salir de esa habitación, de él, de la energía magnética que parecía consumirlo. Pero mis pies no se movían. Pero mis pies no se movían.
—Y si no quiero irme? —murmuré, apenas consciente de mis propias palabras.
Carlos levantó la mirada, sus ojos oscuros brillando con algo peligroso, algo que me hizo estremecer.
—Aletxza… no juegues con fuego.
Me giré lentamente, dispuesta a salir, aunque mi corazón latía con fuerza, como si algo importante estuviera a punto de suceder. Pero antes de que pudiera dar un paso fuera de la habitación, sentí su mano en mi brazo, tirando de mí con una firmeza que no dejaba espacio para resistirme.
—No —dijo él con una voz ronca, casi un susurro cargado de deseo.
Antes de que pudiera protestar, sus labios chocaron contra los míos. Fue un beso intenso y desesperado, como si lo hubiera contenido durante demasiado tiempo. Sus manos se aferraron a mi cintura, atrayéndome hacia él, mientras yo me rendía a las emociones que me invadían.
“No debería estar haciendo esto”, murmuró contra mis labios, su aliento cálido mezclándose con el mío. “Pero ya no puedo más, Aletxza… me estás volviendo loco”.
Su confesión encendió algo en mí. Sentí su necesidad de transformarse en algo tangible, algo que parecía envolvernos como un manto invisible. Mis manos subieron instintivamente a su cuello, atrayéndolo más cerca, mientras mis pensamientos se desvanecían en un segundo plano.
Me levanté con facilidad, como si mi peso no significara nada para él, y me llevó de vuelta a la cama. Sus movimientos eran decididos, autoritarios, pero también llenos de una urgencia que revelaba su vulnerabilidad.
—¿Sabes lo que me estás haciendo? —preguntó, con la voz quebrándose mientras sus manos acariciaban mi rostro, mi cuello, como si quisiera memorizar cada detalle de mi piel. “No puedo resistirme más”.
Lo miré, incapaz de responder. Las palabras parecían innecesarias en ese momento. Todo mi cuerpo vibraba con una energía que nunca había sentido antes.
Carlos me recostó suavemente en la cama, sus ojos oscuros recorriéndome con una intensidad que me hizo temblar. Sus manos comenzaron a explorar, deslizándose por mis brazos, mi cintura, como si estuviera desentrañando un misterio. Cerré los ojos, entregándome por completo al momento, dejando que el deseo tomara el control.
“Eres perfecta”, susurró, inclinándose para besarme de nuevo, esta vez con más calma, pero no menos pasión.
Cada caricia, cada beso era una mezcla de fuego y ternura, una contradicción que me dejaba sin aliento. Sus manos se movían con destreza, disipando cualquier inseguridad mientras sentía mi corazón latir con fuerza.
Cuando finalmente se apartó para mirarme, su expresión cambió. Había sorpresa en sus ojos, mezclada con algo que no pude identificar.
—Tú estás… —comenzó, pero su voz se quebró.
— ¿Qué pasa? —pregunté, temiendo haber hecho algo mal.
Carlos respiró hondo, sus manos acariciando mi mejilla con suavidad.
“No tienes idea de lo especial que eres”, dijo finalmente, con la voz en un susurro cargado de emoción. “Esto no va a ser fácil para ninguno de los dos, pero no puedo parar”.
Sentí mis ojos llenarse de lágrimas ante sus palabras y, antes de que pudiera responder, sus labios volvieron a rozar los míos, eliminando cualquier duda que pudiera tener. En ese momento, todo lo que existía era él, y yo estaba lista para rendirme a lo desconocido, a las sombras de su pasado y al fuego que ardía entre nosotros.
Sus labios comenzaron a descender por mi cuello, luego besaron mis pechos, haciéndome arquearme de placer, sus manos memorizando mi piel, tocando mi sexo.
“Estás tan lista para mí”, susurró.
Bajó dejando besos por toda mi piel, besó mis piernas con delicadeza; Intenté cerrarlas por vergüenza, pero él no lo permitió.
“No tengas vergüenza, eres hermosa y exquisita, será el primero, no lo olvidaremos”.
Sin más demora, su boca se posó en mi sexo, dándome el placer que tanto deseaba experimentar.