Se marcho

1426 Words
El sonido de un golpe en la puerta me despertó de repente. Mis ojos se abrieron lentamente, intentando adaptarse a la suave luz que se filtraba por las cortinas. No sabía dónde estaba. Miré a mi alrededor, desconcertada. La habitación era amplia, elegante, decorada con un estilo clásico y acogedor que me resultaba desconocido. ¿Cómo había llegado allí? ¿Y la habitación de Carlos? ¿Dónde está él? La puerta volvió a sonar, y me tensé, aún desorientada. —Puede entrar —dije con la voz entrecortada, todavía intentando ordenar mis pensamientos. Entró una mujer mayor. Llevaba un uniforme impecable y tenía una expresión amable, pero su postura era rígida, profesional. —Buenos días, señorita. Soy Margarita, la ama de llaves. El señor Torres me pidió que le entregara esto. En sus manos sostenía una bolsa de papel, fina y delicada, con un logo que reconocí de inmediato. Supe antes de abrirla: era ropa cara, algo que claramente no pertenecía a alguien como yo. —¿Dónde está Carlos? —pregunté, ignorando la bolsa. Mi voz salió más áspera de lo que pretendía. La mujer dudó un momento antes de responder. —El señor Torres tuvo que regresar a su país esta mañana temprano. Me pidió que le entregara esto antes de partir. Sentí como si un balde de agua helada hubiera caído sobre mí. La mención de su partida me dejó sin aliento. No estaba aquí. No iba a darme ninguna explicación. Margarita dejó la bolsa sobre la cama y me entregó una caja que llevaba consigo. —Dentro encontrará todo lo que necesita. El señor insistió en que estuviera cómoda. También preparé el desayuno. La esperaré abajo. Con esas palabras, salió de la habitación, dejándome sola con mis pensamientos y los regalos que no había pedido. Mis manos temblaban mientras abría la bolsa. Dentro estaba el abrigo blanco que él me había dado, junto con unos jeans perfectamente ajustados y un suéter rojo tan hermoso que dolía mirarlo. Abrí la caja, y ahí estaban unas botas blancas con detalles peludos, tan exclusivas y lujosas que parecían sacadas de una revista. Algo se rompió dentro de mí. Una lágrima silenciosa rodó por mi rostro, seguida de otra, y otra más. ¿Cómo pude ser tan estúpida? El dolor me oprimía el pecho mientras las imágenes de la noche anterior regresaban a mi mente. Su voz, sus caricias, la forma en que me miró como si yo fuera lo único que existía en el mundo. ¿Cómo pude caer en sus mentiras? —Solo quería mi virtud… —murmuré, incapaz de contener la avalancha de pensamientos que me golpeaban con crueldad. Me levanté de la cama de repente, decidida a no dejar que esto me destruyera. Fui al baño y encontré todo lo que necesitaba para arreglarme: toallas de algodón, productos de lujo que jamás habría soñado usar, y un enorme espejo que reflejaba mi rostro demacrado. Mientras el agua caliente corría por mi piel, mis lágrimas se mezclaban con las gotas que caían de la ducha. Todo dentro de mí gritaba, una mezcla de humillación, tristeza y rabia. ¿Cómo pude creer, aunque fuera por un segundo, que un hombre como Carlos Torres se interesaría por alguien como yo? “No soy nada para él”, pensé, apretando los dientes. Cuando terminé de arreglarme, me envolví en una toalla y regresé a la habitación. Miré la ropa que él había dejado para mí y, aunque me dolía usar algo que venía de él, sabía que no tenía opción. Me vestí lentamente, sintiendo cada prenda como un recordatorio de mi ingenuidad. Antes de salir, me miré en el espejo una última vez. Mi rostro aún reflejaba tristeza, pero detrás de ella había una determinación naciente. No volvería a ser tan vulnerable. —Olvidaré a ese hombre… cueste lo que cueste. Bajé las escaleras con pasos firmes, aunque mi corazón seguía destrozado. Encontré a Margarita esperándome en el comedor, donde una mesa perfectamente puesta me aguardaba: frutas frescas, panecillos calientes, jugo recién exprimido y café humeante. —Por favor, siéntese —dijo Margarita con una sonrisa cálida, aunque noté un leve rastro de preocupación en sus ojos. —No tengo hambre —respondí fríamente, apartando la silla y quedándome de pie. —Señorita, es importante que coma algo. Parece que no está en su mejor estado. —¿Dejó alguna otra instrucción para mí? —pregunté, ignorando su sugerencia. Margarita negó con la cabeza. —Solo que cuidara de usted hasta que decidiera irse. Asentí y me giré hacia la puerta principal. —Entonces, eso haré. Irme. La mujer intentó detenerme, pero no le di oportunidad. Caminé hacia la salida con pasos decididos, sin mirar atrás. Aunque mi corazón estaba roto y mi orgullo destrozado, sabía que necesitaba dejar atrás no solo esa casa, sino todo lo que Carlos Torres representaba. El frío de la mañana me golpeó tan pronto como crucé la puerta principal. La nieve caía en silencio, cubriendo el suelo con una capa blanca y brillante. El aire helado quemaba mis mejillas, pero el dolor físico no era nada comparado con el torbellino de emociones que me consumía por dentro. Apreté el abrigo contra mi cuerpo, odiando lo cómodo que era, lo cálido que me hacía sentir. Era otro recordatorio de Carlos, un hombre que había irrumpido en mi vida como un huracán, solo para dejarme a la deriva. La propiedad era inmensa, y mientras caminaba por el sendero de grava hacia la salida, sentía que nunca llegaría al final. Mis pasos crujían sobre la nieve fresca, y mi respiración formaba nubes en el aire. A lo lejos, vi un auto estacionado. Era n***o, brillante, y junto a él había un hombre mayor, vestido con un uniforme impecable. —Señorita —dijo el hombre, inclinando ligeramente la cabeza mientras se acercaba—. Soy Jorge, el chófer del señor Torres. Él me pidió que la llevara a donde necesite. —No es necesario —respondí con firmeza, sin detener mi paso. Él no se movió, permaneció en mi camino, con una expresión tranquila pero determinada. —Señorita, no encontrará taxis en esta zona. Además, está nevando y la temperatura está bajando rápidamente. Lo miré, indecisa. Sabía que tenía razón, pero la idea de aceptar cualquier tipo de ayuda relacionada con Carlos me revolvía el estómago. Sin embargo, el viento helado y la sensación de que mis dedos ya empezaban a entumecerse me hicieron ceder. —Está bien —dije finalmente, con la voz apagada. Él asintió sin decir más y abrió la puerta trasera del auto. Entré, agradecida por el calor que había dentro, aunque aún sentía un frío interno que ni el mejor sistema de calefacción podría disipar. Jorge cerró la puerta tras de mí y luego se instaló en el asiento del conductor. El auto comenzó a moverse, y miré por la ventana mientras la propiedad desaparecía lentamente de mi vista. Nadie dijo una palabra. El silencio era incómodo, pero no me atrevía a romperlo. Mi mente estaba llena de preguntas, reproches y una tristeza que no sabía cómo procesar. Los árboles cubiertos de nieve pasaban rápidamente mientras avanzábamos por el camino. Cerré los ojos por un momento, intentando calmar mi respiración, pero las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo, calientes y traicioneras. Me limpié las mejillas con brusquedad, no queriendo mostrar debilidad, aunque Jorge no estuviera mirando. Finalmente, tras lo que parecieron horas, llegamos a la ciudad. El auto se detuvo frente a mi edificio, un lugar que nunca me había parecido tan insignificante como ahora. Jorge apagó el motor y se giró hacia mí. Sus ojos eran amables, pero había algo en su mirada que parecía saber más de lo que decía. —Paciencia, señorita —dijo con voz calma—. El señor Torres nunca había traído a nadie a casa antes. Mis ojos se abrieron con sorpresa ante sus palabras, pero me negué a mostrar ningún tipo de emoción. Podría ser cierto, pero eso no cambiaba lo que había pasado. No cambiaba el hecho de que me usó, que tomó algo que jamás podría recuperar. Jorge bajó del auto y abrió mi puerta. Me quedé allí por un momento, procesando lo que acababa de decir, pero finalmente salí sin hacer preguntas. —Gracias —murmuré, apenas mirándolo mientras comenzaba a caminar hacia la entrada de mi edificio. No me giré. No quería saber si me estaba observando o no. Lo único que quería era entrar en mi apartamento, cerrar la puerta y hundirme en mi cama.
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