Los días continuaron pasando, y no volví a saber de Carlos. Era como si hubiera desaparecido por completo, dejándome con una mezcla de rabia, tristeza y un dolor que no podía explicar. Intenté concentrarme en los pequeños detalles de mi día a día, pero incluso eso parecía inútil. Siempre que veía la nieve desde la ventana, recordaba aquella noche y el frío glacial de sus palabras al despedirse.
Danna volvió al apartamento días después, llena de energía como siempre. Al verla cruzar la puerta con sus maletas, intenté fingir una sonrisa, pero no lo conseguí.
—¡Estoy de vuelta! —dijo emocionada, dejando las maletas junto a la puerta y abrazándome con fuerza—. ¡Cuéntame todo! ¿Qué me perdí?
—No mucho —mentí, evitando su mirada.
—¿Estás bien? —preguntó, ladeando la cabeza mientras me observaba con esa mirada inquisitiva que siempre me hacía sentir expuesta.
—Claro que sí —respondí rápidamente, pero mi tono no la convenció.
Danna me miró en silencio por un momento y luego cruzó los brazos.
—Aletza, no me mientas. ¿Qué pasó?
Sentí un nudo en la garganta y, antes de que me diera cuenta, las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro. Danna me abrazó de inmediato, sin decir nada, mientras yo lloraba en silencio.
—No puedo hablar de eso ahora —logré decir entre sollozos—. Pero te prometo que, cuando esté lista, te contaré todo.
Ella asintió, sin presionarme.
—Está bien, pero recuerda que siempre estoy aquí para ti, ¿de acuerdo?
Asentí, sintiéndome agradecida por su paciencia. Luego, ella cambió de tema y empezó a hablar sobre su ceremonia de graduación. Ambas habíamos trabajado duro para llegar a ese momento, pero ella parecía mucho más emocionada que yo.
—¿Estás lista para el gran día? —preguntó con una sonrisa, intentando animarme.
—Creo que sí —respondí con una leve sonrisa, aunque por dentro no me sentía preparada para celebrar nada.
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El día de la graduación llegó, y el auditorio estaba lleno de familiares, amigos y estudiantes emocionados. Había un ambiente de celebración en el aire, pero yo no podía evitar sentirme un poco distante.
Danna y yo nos preparamos juntas esa mañana. Ella llevaba un vestido azul oscuro que resaltaba su figura, mientras que yo había optado por un vestido blanco sencillo, con el cabello suelto y un maquillaje natural.
—Estás increíble —dijo Danna mientras nos mirábamos en el espejo.
—Tú también —respondí sinceramente.
Cuando llegamos al lugar de la ceremonia, la familia de Danna nos recibió con abrazos y felicitaciones. Aunque no tenía a nadie esperándome, ellos me hicieron sentir incluida. Me senté junto a ellos mientras el rector subía al escenario para iniciar el evento.
—Hoy es un día muy especial —comenzó—. Celebramos no solo el esfuerzo y la dedicación de estos estudiantes, sino también el brillante futuro que tienen por delante.
Miré a Danna, que estaba sentada unas filas más adelante, sonriendo emocionada mientras el rector continuaba.
—Además, tenemos el honor de contar con un invitado muy especial. Por favor, den la bienvenida al exitoso empresario Carlos Torres.
El mundo pareció detenerse al escuchar ese nombre.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, y levanté la vista hacia el escenario. Allí estaba él, caminando con una seguridad abrumadora, vestido con un traje oscuro que lo hacía destacar aún más.
Nuestras miradas se encontraron.
Sentí que me faltaba el aire. Sus ojos parecían buscar algo en los míos, pero no podía permitir que me desarmara tan fácilmente otra vez. Bajé la vista, sintiéndome expuesta y vulnerable.
Carlos comenzó a hablar, su voz grave y cautivadora resonando por todo el auditorio.
—Es un honor estar aquí hoy —dijo—. Ver el esfuerzo de estos estudiantes me llena de orgullo y me recuerda la importancia de la perseverancia.
Cada palabra parecía dirigida a mí, aunque sabía que no era así. Cerré los ojos, intentando calmarme. No podía permitir que eso me afectara más.
Cuando terminó su discurso, los aplausos llenaron el auditorio. Aproveché la distracción para salir al pasillo; necesitaba respirar.
El frío del exterior me recibió como un golpe, pero lo agradecí. El aire fresco me ayudaba a calmarme, a recuperar un poco de control sobre mis emociones.
—Aletza.
Su voz detrás de mí hizo que me congelara en el lugar. Me giré lentamente, encontrándolo cara a cara.
—Carlos —murmuré, intentando mantener la compostura.
—No esperaba verte aquí —dijo él, acercándose un poco más.
—Ni yo a ti —respondí, cruzando los brazos para ocultar mis nervios.
Carlos suspiró, pasándose una mano por el cabello, un gesto que siempre hacía cuando estaba nervioso.
—Necesitamos hablar.
Negué con la cabeza.
—No tenemos nada de qué hablar, Carlos. Tú tomaste tus decisiones, y yo estoy intentando seguir adelante.
—Aletza, por favor…
—No.
Mi respuesta fue firme, aunque por dentro estaba temblando. No podía permitir que volviera a entrar en mi vida, no después de todo lo que había pasado.
—Olvídame, Carlos. Esto se acabó.
Le di la espalda y regresé al auditorio, sintiendo su mirada en mi espalda hasta que desaparecí entre la multitud.
La ceremonia continuó, pero apenas podía concentrarme. Cuando llegó el momento de recoger mi diploma, caminé hacia el escenario con una mezcla de orgullo y tristeza. Era un logro importante, pero no podía evitar sentir que algo faltaba.
Al volver a mi asiento, Danna me abrazó emocionada.
—¡Lo conseguimos! — exclamó, y por un momento, logré sonreír sinceramente.
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