La noche en el nuevo penthouse era una mezcla de paz y peligro. El aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta mientras la ciudad, desde el ventanal, parecía un mapa de luces diseñado solo para ellos. Sondra estaba recostada en el pecho de Jacob, disfrutando del silencio tras horas de desempacar y risas, cuando el sonido agudo y persistente de su celular rompió la magia.
En la pantalla, el nombre "Leandro" brillaba con una insistencia que a Sondra le pareció un grito.
Sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Jacob, que estaba a punto de quedarse dormido, se movió ligeramente, buscando el sonido con curiosidad.
—¿Quién llama a esta hora, nena? —preguntó él con voz ronca, estirando la mano como para tomar el teléfono.
Sondra reaccionó con la velocidad de una presa escapando de un depredador. Arrebató el celular de la mesita de noche antes de que Jacob pudiera ver la pantalla.
—¡Es la oficina! —exclamó con una voz demasiado aguda—. Ya sabes cómo es mi jefe... es un workaholic total y seguro se le olvidó que hay una diferencia de siete horas con Italia. Debe ser algo urgente de los cierres trimestrales.
—¿A las once de la noche? Ese tipo es un negrero —gruñó Jacob, volviendo a cerrar los ojos—. No le contestes, que se espere a mañana.
—No puedo, Jacob. Si no respondo, se pondrá histérico y mañana será peor. Dame un segundo, voy al baño para no despertarte con los números y las gráficas.
Sondra se levantó de la cama, envolviéndose en una bata de seda —curiosamente, un regalo de Leandro— y caminó hacia el baño principal con el corazón martilleando contra sus costillas. Una vez dentro, cerró la puerta con pestillo, abrió la llave del lavabo para que el sonido del agua amortiguara su voz y, tras respirar hondo tres veces, aceptó la videollamada.
La imagen de Leandro apareció en la pantalla. Estaba en una terraza en la Toscana, con una copa de vino en la mano y el sol del amanecer italiano iluminando su rostro maduro y elegante. Se veía impecable, incluso a esa hora.
—Hola, mi vida —dijo Leandro con una sonrisa que desbordaba adoración—. Perdona la hora, pero no podía empezar mi día aquí sin ver ese rostro hermoso. ¿Cómo va todo en el nuevo departamento? ¿Dina y tú ya se instalaron?
Sondra se miró en el espejo del baño. Tenía el cabello alborotado, los labios hinchados por los besos de Jacob y la piel todavía encendida por el encuentro de hacía poco. Se sentía la mujer más cínica del planeta.
—Hola, Leandro... —susurró, tratando de que su voz sonara profesional pero cariñosa—. Sí, todo va bien. Estamos rodeadas de cajas, pero el lugar es increíble. Te extraño mucho.
—Yo también te extraño, Sondra. He estado pensando en ti toda la noche. Aquí en Italia todo es hermoso, pero le falta tu luz. Cuento los minutos para volver y llevarte a París. ¿Estás bien? Te noto un poco... agitada.
—Es el cansancio de la mudanza, de verdad. He estado cargando cosas todo el día —mintió ella, sintiendo una punzada de culpa al ver la sinceridad en los ojos de Leandro. Él la amaba con una devoción absoluta, una que ella estaba traicionando a solo metros de distancia.
De repente, un golpe suave en la puerta del baño la hizo saltar.
—¡Nena! ¿Todo bien? No tardes mucho, que hace frío sin ti —gritó la voz de Jacob desde el otro lado.
Sondra sintió que la sangre se le congelaba. Leandro frunció el ceño en la pantalla, entrecerrando los ojos.
—¿Qué fue eso? ¿Escuché la voz de un hombre? —preguntó Leandro, su tono cambiando instantáneamente de la ternura a esa autoridad fría que usaba en la junta de accionistas.
Sondra apretó el teléfono, con los nudillos blancos.
—¡Ah! Es... es el televisor, Leandro. Dina se quedó dormida con la tele a todo volumen en la sala y las paredes todavía están vacías, el sonido rebota por todos lados. No te preocupes.
Leandro guardó silencio por un par de segundos que a Sondra le parecieron una eternidad. La observó fijamente a través de la cámara, como si intentara leerle el alma a través de los píxeles.
—Entiendo —dijo finalmente, aunque su expresión no se relajó del todo—. Ve a descansar, mi cielo. No quiero que te agotes. Te llamaré mañana por la tarde. Te amo.
—Yo también te amo, Leandro. Descansa.
Sondra colgó y se apoyó contra la pared fría del baño, cerrando los ojos. El agua seguía corriendo en el lavabo, un sonido constante que no lograba calmar el caos en su cabeza. Estaba jugando con dos hombres de la misma sangre, dos hombres que, de formas distintas, la hacían sentir la mujer más deseada del mundo. Y para ella que aún no sabía qué eran familia era mucha presión no imaginaba lo que se venía
Se lavó la cara con agua helada, borrando el rastro de la mentira antes de salir. Al abrir la puerta, Jacob la esperaba apoyado en el marco, con esa sonrisa rebelde que la desarmaba.
—¿Terminaste con el jefe gruñón? —preguntó él, rodeándola con sus brazos.
—Sí... —susurró ella, hundiéndose en el abrazo de Jacob—. Ya terminó.
Sondra se dejó llevar de vuelta a la cama, pero mientras Jacob la abrazaba, ella no podía dejar de pensar que Leandro, desde Italia, ya había empezado a sospechar que algo en su "paraíso" no encajaba del todo.
La noche volvió a sumirse en un silencio denso tras la videollamada de Sondra. El penthouse estaba en calma, bañado apenas por la luz azulada de la ciudad que se filtraba por los ventanales. Sondra, agotada por la tensión de haber mentido a Leandro desde el baño y por la intensidad física de su encuentro con Jacob, se acurrucó bajo las sábanas de seda. El sueño comenzó a reclamarla rápidamente, hundiéndola en un estado de semiinconsciencia donde el mundo exterior se volvía borroso.
Fue entonces cuando el celular de Jacob, sobre la mesita de noche del lado opuesto, vibró con insistencia.
Jacob, que apenas conciliaba el sueño, gruñó y tomó el aparato. Al ver el nombre en la pantalla, se sentó de golpe en la cama, cuidando de no despertar a Sondra.
—¿Papá? —susurró Jacob, pegando el teléfono a su oreja. No activó el altavoz; la voz de su padre era algo que prefería mantener en privado, un eco de una autoridad que siempre lo hacía ponerse a la defensiva.
Sondra se movió ligeramente a su lado. Escuchó el murmullo de la voz de Jacob, pero sus párpados pesaban demasiado. Para ella, era solo el ruido de fondo de una vida que no le pertenecía; supuso que Jacob hablaba con algún amigo o quizá con el padre del que tanto se quejaba, pero en su estado de somnolencia, los nombres y las voces no tenían rostro. Se quedó en ese limbo dulce, ajena a que el hombre que hablaba al otro lado de la línea era el mismo que le había prometido las llaves de París.
—Jacob... hijo —decía Leandro desde Italia, con una voz que Jacob notó inusualmente suave—. Estoy lejos y he tenido tiempo para pensar. No podemos seguir así. Somos sangre, y la sangre no se traiciona por orgullo.
Jacob apretó el auricular contra su oído, sintiendo un nudo en la garganta.
—Yo tampoco quería esto, papá. Solo quiero que respetes mis decisiones.
—Lo sé —respondió Leandro—. Por eso, he dado la orden de desbloquear todas tus cuentas. Mañana mismo puedes ir a la mansión; el personal te entregará las llaves de tu auto y tu departamento de soltero volverá a estar a tu disposición. Quiero que vuelvas a casa, Jacob. Quiero que estés listo para lo que viene.
Jacob sintió un alivio inmenso recorrerle el cuerpo. Miró de reojo a la mujer que dormía plácidamente a su lado, con el cabello esparcido sobre la almohada como un abanico de seda. «Ahora sí podré darte todo, Sondra», pensó con orgullo.
—Gracias, papá —respondió Jacob en voz baja—. De verdad, gracias. Hablaremos en cuanto regreses. Que tengas buen viaje.
Al colgar, Jacob guardó el teléfono y se recostó de nuevo, abrazando a Sondra por la cintura y pegando su pecho a la espalda de ella. Sondra soltó un suspiro dormido, acomodándose en su abrazo, sin tener la más mínima idea de que el "padre testarudo" de Jacob y su "caballeroso prometido" eran la misma persona.
La tregua familiar estaba firmada, pero para Sondra, esto solo significaba que el espacio entre sus dos mundos se había reducido a cero. Jacob ya no era un desterrado; volvía a ser el príncipe heredero del imperio donde ella ahora reinaba como la favorita del rey.
La mañana siguiente en el nuevo penthouse tenía un aire de triunfo y peligro. Jacob caminaba por la cocina con una energía renovada, mientras el sol de la costa iluminaba el mármol que, según él, era cortesía del "enamorado de Dina".
—Nena, no te lo vas a creer —dijo Jacob, abrazando a Sondra por la cintura mientras ella preparaba el café—. Mi viejo recapacitó. Me llamó anoche, me devolvió las tarjetas, el carro, el departamento... ¡todo! Ya no soy un "desterrado".
Sondra forzó una sonrisa, sintiendo un alivio genuino pero también un miedo sordo en la boca del estómago.
—¡Ay, Jacob, qué maravilla! Es lo mejor, de verdad. Estar en buenos términos con la familia es sagrado. Así, quién sabe, a lo mejor puedo conocerlo algún día.
Jacob soltó una carcajada cargada de una ironía que Sondra no pudo descifrar.
—Yo digo que sí, nena. Lo vas a conocer mucho antes de lo que crees.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué estás tan seguro? —preguntó ella, tratando de sonar casual.
—Porque a lo mejor la vida nos hace una jugada de esas que nadie se espera —respondió él, guiñándole un ojo.
Dina, que estaba sentada a la mesa devorando un trozo de pan con mantequilla, intervino con curiosidad genuina, mientras los miraba de reojo.
—Vení, Jacob... y contame pues, ¿quién es tu padre? ¿A qué se dedica el señor que tiene tanto poder para quitar y poner así como así?
Jacob, que no quería que Sondra se sintiera cohibida por el peso del apellido Lotario ni que supiera aún que era el hijo del magnate de la construcción, soltó la primera mentira que se le ocurrió.
—Es abogado, Dina. Un abogado de esos pesados que anda en todos lados, metido en mil pleitos y oficinas. Por eso se la pasa viajando.
Sondra asintió, convencida. Jacob terminó su café, le dio un beso apasionado en la puerta y se fue, prometiendo volver por la noche en su "verdadero juguete" de cuatro ruedas.
En cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió. Sondra regresó al comedor y se encontró con la mirada severa de Dina.
—Oíste, mija... tenés que hacer algo ya —dijo Dina, dejando el pan de lado y hablando con ese acento de Medellín que solo sacaba cuando la cosa era seria—. Vaya que yo no puedo mantenerle esa mentira mucho tiempo a ese muchacho. ¡Ese Jacob no es bobo! Ya tenés que dejarlo, Sondra.
Sondra se apoyó en la meseta, con una preocupación real nublándole los ojos.
—No puedo, Dina... Es que no puedo. Los dos me gustan, cada uno a su manera. Ambos son maravillosos conmigo y, ¡ave maría!, me hacen inmensamente feliz en esa cama.
Dina soltó una risotada cínica y se levantó de la silla, acercándose a su amiga.
—¡Ay, por favor! La felicidad en la cama no paga este mármol, reina. Mirame bien: uno de esos dos tiene muchos, pero muchos ceros en su cuenta bancaria. Así que, o dejás al jovencito ese ya mismo, o nos quedamos sin casa y volvemos al barrio, ¡oíste, pues!
Sondra tomó un sorbo largo de su café, mirando hacia el ventanal que daba al Imperio Lotario. Sus ojos brillaron con una determinación peligrosa.
—No, Dina... no voy a dejar a ninguno —sentenció con voz firme—. Yo soy capaz de manejar a los dos. Yo puedo con Leandro y puedo con Jacob.
Dina se cruzó de brazos, negando con la cabeza.
—Usted está loca, mija. Está jugando con candela y se va a meter una quemada que ni los médicos de Antioquia la van a poder curar.
Sondra no respondió. En su mente ya estaba planeando cómo recibir a Leandro cuando volviera de Italia, mientras mantenía el fuego encendido con el hijo que, según ella, solo era el hijo de un "simple abogado".