Sondra sintió que el mundo giraba a una velocidad vertiginosa mientras intentaba hilar la mentira más grande de su vida. El peso del secreto era una losa en su pecho, pero ver la cara de admiración de Jacob la obligó a seguir adelante.
—Nos mudamos a un departamento mejor... —dijo ella, tratando de que su voz no temblara mientras se ponía el brasier—. Está muy cerca de donde trabajo, tiene vista a la costa y es enorme, Jacob. Como tres veces este lugar.
—¿En serio? —exclamó él, sentándose en la cama, todavía desnudo y despeinado—. ¿Y a qué se debe tanto lujo? ¿De verdad tu trabajo te da tantas prestaciones ahora que eres ejecutiva?
El pánico recorrió la espalda de Sondra. Se levantó de la cama, buscando su ropa interior con una urgencia casi cómica. No podía decirle la verdad; no podía decirle que tenia otro novio multimillonario y era quien firmaba los cheques.
—Pues... es que Dina tiene un enamorado —soltó Sondra de golpe, inventando sobre la marcha—. Un hombre que la quiere sacar de este lugar y le dio un departamento para que vivamos todas.
Jacob soltó una carcajada limpia y satisfecha.
—¡Vaya! Pues bien por Dina. Me alegra que alguien cuide de ustedes así.
Mientras Jacob se vestía con esa despreocupación tan suya, Sondra sentía que el oxígeno le faltaba. Él se acercó, tomó su maleta y la tomó del rostro. La miró con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Te amo, Sondra.
Esa palabra fue como un impacto de rayo. Ella, atrapada entre dos fuegos, sintiendo aún el rastro del semen de Jacob en su piel y el anillo de Leandro en su bolso, solo pudo responder por instinto:
—Yo también te amo.
Jacob bajó las escaleras silbando, rebosante de energía. En el portal se encontró con Dina, que bebía un jugo de naranja con cara de pocos amigos.
—¡Dina! —gritó Jacob con una sonrisa pícara—. Ya me dijo Sondra que tienes un enamorado loquito por ti. ¡Bien por ti! Sácale todo lo que puedas, luego me invitas a la inauguración de tu nuevo penthouse.
Dina casi se atraganta con el jugo. Lo miró con una mezcla de horror y confusión, sabiendo perfectamente que la mentira de Sondra la acababa de poner en el centro del huracán. Pero antes de que pudiera replicar, Jacob ya se había ido.
Jacob subió a su auto y, justo al arrancar, el semáforo se puso en rojo. Miró por el retrovisor y vio aparecer la imponente limusina negra de su padre. Vio a Leandro bajar del auto, impecable, regio. Vio cómo Leandro saludaba a Dina con la mano, con una familiaridad evidente, y cómo ella le sonreía nerviosa.
Jacob se tocó la barbilla, con una chispa de ironía en los ojos.
—Así que Dina es mi "madrastra", ¿eh? —murmuró para sí mismo con una sonrisa cínica—. Espero que te saque todo el dinero que me negaste a mí, papá. Disfruta tu conquista.
El semáforo cambió a verde y Jacob aceleró, alejándose con la errónea certeza de que su padre estaba saliendo con la amiga de su novia.
Arriba, Sondra estaba recogiendo sus cosas desesperada, tratando de eliminar cualquier rastro del encuentro con Jacob. Escuchó unos golpes firmes en la puerta y, pensando que Jacob había olvidado algo, gritó con el corazón en la mano:
—¡¿Qué olvidaste, am...?!
La frase se le murió en la garganta al abrir la puerta. No era Jacob. Era Leandro.
—Hola, mi vida —dijo él, llenando el umbral con su presencia protectora.
Leandro entró y la rodeó con sus brazos, dándole un beso profundo que sabía a estabilidad y a futuro. Sondra se sintió como si estuviera a punto de desmayarse; el contraste entre la pasión cruda de Jacob y el amor devoto de Leandro la estaba partiendo en dos.
—Ya tengo los pasajes para París, corazón —dijo él con un brillo de orgullo en los ojos—. Vengo a dejarte el tuyo personalmente, a darte un beso y a decirte cuánto te amo. No podía esperar hasta la tarde para decírtelo.
Leandro le entregó el sobre dorado con los boletos mientras la miraba con una ternura infinita. Sondra tomó el sobre con manos temblorosas, sintiendo que el viaje a París ya no era solo unas vacaciones, sino la cuenta regresiva hacia el día en que su doble vida explotaría en mil pedazos.
—Gracias, Leandro... —susurró ella, escondiendo su rostro en el pecho de él—. Eres... eres increíble.
Leandro la apretó contra sí, sin imaginar que en esa misma habitación, minutos antes, su hijo había marcado el cuerpo de la mujer que él planeaba hacer su esposa.
El destino parecía estar jugando a favor de la red de mentiras de Sondra, dándole un respiro justo cuando sentía que el lazo se apretaba. Leandro, tras el beso de despedida en el umbral del viejo departamento, le comunicó la noticia que ella recibió como una bendición disfrazada de nostalgia.
—Cariño, ha surgido un contratiempo en Italia. Unos asuntos legales con unas propiedades de la familia que solo yo puedo gestionar —dijo Leandro, acariciándole la mejilla—. Me iré solo una semana, pero volveré justo a tiempo para que volemos a París. Te voy a extrañar cada segundo.
Sondra fingió una tristeza perfecta, despidiéndolo con un beso cargado de promesas, pero en cuanto la limusina desapareció, sintió que el aire volvía a sus pulmones. Tenía siete días de libertad absoluta. Siete días para estar con Jacob antes de que el muro entre sus dos vidas se volviera infranqueable.
La mudanza al nuevo y espectacular departamento fue un despliegue de energía. Jacob, queriendo demostrar que era un hombre de acción y no solo un "vago" como decía su padre, se encargó de cargar las cajas más pesadas y organizar el mobiliario con una disposición envidiable. Sin embargo, mientras subía las cosas, Jacob notó algo que le revolvió el estómago: el logo gigante del "Imperio Lotario" brillaba en el edificio de cristal que se alzaba a solo un par de cuadras.
«Maldita sea, estamos justo en el territorio de mi padre», pensó Jacob, apretando los dientes. Pero al ver la cara de felicidad de Sondra, decidió callar. No quería que ella se sintiera intimidada o pequeña al saber que el hombre que la amaba era el heredero rebelde de ese monstruo de concreto y dinero. Prefería que ella lo viera simplemente como Jacob, el chico que la hacía vibrar, y no como el hijo del magnate que poseía media ciudad.
Mientras descansaban entre cajas, Jacob no pudo evitar lanzarle una mirada pícara a Dina, quien estaba desempacando la cristalería nueva.
—Y dime, Dina... ¿cómo va la cosa con tu "conquistador"? —preguntó Jacob con sarcasmo—. Porque para regalarte este lugar, el viejo debe estar realmente loco por ti.
Dina, que ya era una experta en improvisar sobre la marcha, soltó una carcajada y se acomodó el cabello con aire de diva.
—Ay, Jacob, no tienes idea. Lo conocí en un bar lounge de los caros, yo estaba divina, por supuesto. Fue un flechazo inmediato, el pobre hombre se quedó sin palabras en cuanto me vio y me juró que me sacaría de ese barrio humilde para ponerme en un palacio. Es un romántico empedernido.
Jacob escuchaba la historia y por dentro sentía una mezcla de lástima y asco por su padre. «Leandro, eres un imbécil», pensaba. «Te las das de genio de los negocios y esta mujer te está sacando hasta los ojos con una historia de bar». Le divertía pensar que Dina estaba desplumando al hombre que a él le había negado todo.
De pronto, el ambiente cambió. Jacob buscaba las llaves del auto en el bolso de Sondra, que estaba abierto sobre una mesa, cuando sus dedos chocaron con algo pequeño y aterciopelado. Sacó la caja y, al abrirla, el diamante de Leandro capturó la luz de la tarde, brillando con una insolencia cegadora.
—¿Sondra? ¿Qué es esto? —preguntó Jacob, con la voz volviéndose seria de repente—. ¿Por qué tienes un anillo de compromiso en tu bolso?
El corazón de Sondra se detuvo. Miró a Dina con ojos de pánico, pero recuperó el habla justo a tiempo.
—¡Ay, Jacob! No es mío, tonto —dijo soltando una risita nerviosa—. Es de Dina. Se lo dio su enamorado, pero como ella es tan distraída y andaba cargando cajas, me pidió que se lo guardara para no perderlo en la mudanza. ¿Verdad, Dina?
Dina saltó de inmediato, fingiendo preocupación.
—¡Ay, sí! ¡Dámelo, Jacob! Casi me da un infarto, pensé que se me había caído en el camión. Es solo un detallito que me dio mi "sugar" —dijo Dina, tomando el anillo y poniéndoselo con naturalidad.
Jacob relajó los hombros y sonrió, aunque una sombra de duda cruzó su mente por un segundo.
—Vaya, Dina... ¿ya te vas a casar con el viejo? —bromeó Jacob.
—¡No, para nada! —respondió Dina guiñándole un ojo—. Es solo un presente, un adorno. Yo no me ato a nadie tan fácil.
Jacob soltó una carcajada y rodeó a Sondra con sus brazos, pegándola a su pecho con una ternura que hizo que a ella le doliera el alma.
—Lo bueno es que yo encontré a esta mujer hermosa y ella es solo para mí —le susurró Jacob al oído—. Escucha, Sondra... sé que ahora vivimos de los lujos del novio de Dina, pero te prometo que algún día yo tendré mucho dinero. Te daré todos los lujos del mundo, no te faltará nada y vivirás en tu propia casa, ganada por mí.
Sondra lo abrazó con fuerza, ocultando su rostro en su cuello para que él no viera la culpa en sus ojos. Por encima del hombro de Jacob, le hizo una mueca de alivio absoluto a Dina, quien le respondió con un pulgar arriba y una sonrisa cómplice.
Sondra se sentía la mujer más afortunada y, al mismo tiempo, la más miserable. Estaba viviendo el romance de su vida con el hijo, mientras el padre le construía un trono de oro en el que ella tendría que sentarse muy pronto. Y lo peor estaba por venir que era que ella se entera que eran padre e hijo