Sondra salió de la oficina con el corazón dividido, pero la urgencia de ver a Jacob fue más fuerte que cualquier protocolo. Se encontraron en un pequeño parque alejado del centro. Al verlo, Sondra sintió una punzada de dolor: Jacob no llevaba su auto deportivo ni su reloj de lujo; solo una mochila y esa mirada de orgullo herido que lo hacía ver más real que nunca. Se abrazaron con una fuerza desesperada, como si el mundo se estuviera desmoronando a su alrededor.
—Me quedé sin nada, Sondra. Pero me siento más ligero que nunca —le dijo él al oído.
—No te quedaste sin nada. Ven a mi casa —respondió ella sin dudarlo.
Al llegar al departamento, la tarde se transformó en un refugio de ternura. Dina no estaba, y el espacio se sintió pequeño y sagrado. Cenaron algo sencillo, riendo entre confesiones y besos que sabían a despedida y a reencuentro. Pero cuando la noche cayó, la pasión que habían contenido durante días estalló con una intensidad renovada.
En la penumbra de la habitación, Jacob la despojó de su ropa con una lentitud reverente. Sus manos, ahora libres de la sombra de su padre, recorrieron cada centímetro de la piel de Sondra. Ella se entregó por completo, guiada por ese fuego que solo él sabía encender. Cuando Jacob entró en ella, Sondra arqueó la espalda, ahogando un grito en el cuello de él.
Fue un acto de posesión mutua, crudo y detallado. El sonido de sus cuerpos chocando rítmicamente, el sudor mezclándose bajo las sábanas de algodón y los gemidos de Sondra que llenaban el aire. Jacob la besaba con hambre, bajando por su pecho hasta sus muslos, lamiendo la humedad que ella emanaba solo para él. Él se movía con una fuerza salvaje, buscando el fondo de su ser, mientras Sondra lo rodeaba con sus piernas, apretándolo, sintiendo cada pulso de su hombría vibrando dentro de ella. Fue una danza de piel y fluidos, una entrega explosiva que los dejó exhaustos y entrelazados.
Mientras descansaban, el celular de Sondra iluminó la mesa de noche. Era un mensaje de Leandro:
"Perdona mi ausencia hoy, mi cielo. Tuve un día oscuro, pero pensar en tu sonrisa es lo único que me mantiene en pie. Te amo, descansa. L."
Sondra sintió un nudo de culpa en la garganta. Miró a Jacob, que dormía plácidamente a su lado, y con dedos temblorosos respondió a Leandro:
"Lo entiendo, Leandro. Mañana será un mejor día. Yo también pienso en ti. Descansa."
Al terminar de escribir, bloqueó el teléfono y se refugió en el pecho de Jacob, abrazándolo con una melancolía que le apretaba el pecho. Estaba amando a dos hombres en la misma cama: a uno con la mente y al otro con la piel.
A la mañana siguiente, el olor a café recién hecho y pan tostado inundó el departamento. Jacob se había levantado antes que el sol. Cuando Sondra y Dina aparecieron en la cocina, lo encontraron con el torso desnudo y una sonrisa radiante, sirviendo el desayuno con una alegría que contagiaba. Fue una mañana llena de risas y complicidad; Jacob era el hombre perfecto, el compañero que Sondra siempre había deseado.
Sin embargo, al terminar, el ambiente se volvió agridulce. Jacob tomó su mochila y se acercó a Sondra en la puerta.
—Tengo que irme, nena. Me voy a Italia por unas semanas —le dijo, tomándole el rostro con ambas manos—. Tengo unos contactos allá para mis negocios digitales y necesito poner distancia con todo este lío de mi familia. Pero escucha bien: no quiero que olvides que eres mi novia. Estaremos en contacto todos los días. Te quiero.
Esa palabra, "novia", resonó en los oídos de Sondra como una campana de gloria. Se sintió la mujer más feliz del mundo... hasta que el brillo del diamante de Leandro en su mano derecha le recordó la cruel realidad.
Jacob le dio un último beso profundo y se marchó, dejándola en un silencio sepulcral. Sondra se quedó apoyada en la puerta, con lágrimas en los ojos. Era la novia del hijo rebelde y la prometida del padre poderoso. Estaba viviendo un sueño en Italia y una realidad de cristal en el piso 40, y sabía que, tarde o temprano, los dos mundos iban a colisionar con una fuerza destructiva.
El primer mes de relación con Leandro Lotario fue un torbellino de ascenso social y emocional que Sondra jamás imaginó. Cada día en el piso 40 era una lección de vida; ella ya no era la secretaria que servía café, sino una ejecutiva que caminaba a la par del gigante. Admiraba profundamente a Leandro: su voz de mando en las juntas, la forma en que desarmaba a sus rivales con una sola cifra y la elegancia con la que se movía por el mundo. Él le daba una estabilidad que era casi adictiva, una paz financiera que le permitía dormir por las noches sabiendo que las facturas de su madre estaban pagadas.
Pero, al caer el sol, esa paz se transformaba en una guerra interna. Porque mientras Leandro le ofrecía el cielo, Jacob seguía siendo el infierno que ella anhelaba.
—Es una sorpresa, cariño. Cierra los ojos —le dijo Leandro un martes por la tarde, guiándola suavemente hacia la entrada de un rascacielos de cristal y acero a solo cinco minutos del Imperio.
Cuando Sondra los abrió, se encontró en un penthouse de doble altura. El suelo era de mármol blanco, las paredes eran ventanales que dominaban toda la costa y el espacio era tan vasto que parecía infinito.
—Es para ti —sentenció Leandro, poniendo un juego de llaves doradas en su palma—. Aquí hay espacio suficiente para Dina, para tu madre y para que tu hermana crezca rodeada de belleza. No quiero que vuelvas a preocuparte por el techo que las cubre.
Sondra lo abrazó con fuerza, sintiendo que las lágrimas de gratitud le nublaban la vista. ¿Cómo no querer a un hombre que le estaba regalando una vida digna para su familia? Al bajar al estacionamiento privado del edificio, la sorpresa continuó: un SUV de lujo, color gris perla y con el olor característico a cuero nuevo, la esperaba con un lazo rojo.
—No quiero que dependas de mi chofer para todo, Sondra. Quiero que seas libre —le susurró él, dándole un beso tierno en la frente—. Te lo mereces todo.
Sondra llegó al viejo departamento con el motor rugiendo. Tocó el claxon como una loca hasta que Dina se asomó por la ventana.
—¡Baja ahora mismo! —gritó Sondra desde el asiento del conductor.
Dina bajó las escaleras casi rodando y, al ver la camioneta, soltó un alarido que se escuchó en toda la manzana. Saltó, brincó y rodeó el vehículo tocando la carrocería como si fuera un tesoro sagrado.
—¡No lo puedo creer! ¡Dime que esto es nuestro! ¡Sondra, nos sacamos la lotería con el "Sugar King"!
—¡Súbete, vamos a la costa! —respondió Sondra entre risas.
Las dos amigas salieron disparadas hacia la carretera principal. El viento les golpeaba la cara, la música a todo volumen las envolvía y la adrenalina de la velocidad las hacía sentir dueñas del mundo. Mientras el sol empezaba a ponerse sobre el océano, Dina miró a Sondra con una seriedad repentina.
—Amiga, ya en serio. Tienes el departamento, tienes el puesto, tienes este carrazo y tienes al hombre más sexy y protector del país. ¡Ya deja de jugar con el tal Jacob! Córtale de una vez. Leandro es el destino, Jacob es solo un desvío.
Sondra suspiró, apretando el volante forrado en cuero. La mención de Jacob hizo que su cuerpo vibrara de una forma que Leandro nunca lograba provocar.
—Cuando Leandro me proponga matrimonio, Dina... ese día dejo a Jacob. Te lo juro —dijo Sondra con una sonrisa melancólica—. Pero mientras tanto... mientras él está en Italia, sigo teniendo mis noches de cibersexo con él. No puedo evitarlo.
Dina soltó una carcajada ruidosa, tapándose la boca.
—¡No me jodas, Sondra! ¿En serio prefieres masturbarte frente a una cámara mirando a Jacob por FaceTime, en lugar de ya cogerte a Leandro? ¡Tienes al semental en tu propia cama!
Sondra se sonrojó, pero respondió con una honestidad brutal mientras tomaba una curva cerrada.
—Es que Leandro es tan... correcto. No sé, Dina, me da la impresión de que es de esos hombres que en la cama solo se te montan encima para moverse sin chiste, cumplir y ya. Es tan caballero que me da miedo que sea aburrido. En cambio, Jacob...
—¡Ahí va la experta en hombres! —se burló Dina, dándole un empujón cariñoso en el hombro—. ¡Si solo has estado con uno en toda tu vida, ridícula! ¿Cómo vas a saber si Leandro es aburrido?
Sondra sonrió, recordando la noche en el penthouse de Jacob, el sudor, la arena y la forma en que él la había hecho sentir que su alma se desprendía de su cuerpo.
—Es verdad, solo he estado con uno. Pero ese uno me hace ver la luna y cada uno de sus cráteres con solo mirarme por la pantalla del celular.
Las dos soltaron una carcajada conjunta, gritando de emoción mientras aceleraban por la costa. Sondra se sentía invencible, pero en el fondo de su corazón, sabía que estaba caminando por la cuerda floja: disfrutando de los lujos del padre y alimentando el fuego prohibido del hijo, esperando el día en que la vida la obligara a elegir entre la corona o el incendio.