El nuevo departamento ya no era una caja de cristal vacía; ahora era un santuario de lujo silencioso. Leandro se había encargado de cada detalle: alfombras de seda que amortiguaban los pasos, muebles de diseño italiano en tonos crema y una iluminación cálida que transformaba la ciudad, visible tras los ventanales, en un telón de fondo de diamantes lejanos.
Sondra entró esa noche y se encontró con una escena que la dejó sin aliento. Leandro no había contratado a un chef; estaba él mismo en la cocina abierta, sin la chaqueta del traje, con las mangas de su camisa blanca impecable remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y velludos que exhalaban una masculinidad madura y serena.
—Bienvenida a casa, Sondra —dijo él, con una voz que vibró en el aire como una nota de violonchelo.
La cena fue un despliegue de seducción lenta. Leandro le sirvió un vino tinto de guarda, y mientras cenaban la pasta que él mismo había preparado, no dejó de mirarla. Su mirada no era la urgencia eléctrica de Jacob; era una mirada de posesión absoluta, la de un hombre que sabe exactamente lo que quiere y tiene toda la paciencia del mundo para obtenerlo.
—Me gusta verte aquí —comentó él, dejando su copa de cristal sobre la mesa y acercándose a ella—. Este lugar fue diseñado para tu belleza, pero le falta algo... le falta que tú y yo dejemos de ser solo dos personas que se admiran.
Leandro se puso de pie y rodeó la mesa. Se detuvo detrás de ella y colocó sus manos sobre sus hombros. El calor de sus palmas atravesó la fina tela del vestido de Sondra. Él se inclinó, rozando con sus labios la curva de su cuello, inhalando su perfume con una intensidad que hizo que Sondra cerrara los ojos y sintiera un escalofrío recorrerle la columna.
—Sondra... —susurró él contra su piel, su aliento cálido provocándole una reacción inmediata—. He sido un caballero. He esperado. Te he cuidado porque eres el tesoro más grande que la vida me ha dado. Pero esta noche... esta noche mi cuerpo no acepta más la distancia. Estoy deseoso por tenerte entre mis brazos, por sentir que eres mía en todos los sentidos posibles.
Él la hizo girar en la silla para que quedara frente a él. Leandro se arrodilló parcialmente, quedando a su altura, y le tomó las manos. El contraste era evidente: las manos de él, grandes, expertas y marcadas por el éxito, envolvían las de ella con una firmeza protectora.
Sondra lo observó. Leandro era guapo de una forma arquitectónica; cada arruga de expresión junto a sus ojos contaba una historia de triunfo. Su masculinidad era imponente, no necesitaba gritar para ser sentida. Ella se sintió pequeña ante él, pero por primera vez, no era una pequeñez de debilidad, sino de entrega.
—Leandro... yo también quiero esto —admitió ella, su voz apenas un hilo de aire.
Él sonrió con una seguridad que la desarmó. Se puso de pie y la levantó en vilo, estrechándola contra su pecho. Sondra pudo sentir la firmeza de su torso, el latido rítmico y potente de su corazón y el aroma a sándalo y éxito que lo envolvía. La besó, y este beso fue distinto a los anteriores. No fue un beso de despedida ni de saludo; fue un beso de reclamo. Un beso profundo que sabía a experiencia, a un hombre que sabía dónde tocar y cómo presionar para hacerla olvidar el resto del mundo.
Sondra comenzó a ceder. Sus manos subieron por el pecho de Leandro, desabrochando el primer botón de su camisa mientras sentía cómo la masculinidad de él la envolvía como una marea alta. Ya no pensaba en Italia, ni en cámaras, ni en fuegos rebeldes; en ese momento, el peso de Leandro, su voz de mando susurrándole promesas de placer y la seguridad de sus brazos la estaban transportando a un territorio donde él era el único dueño.
Él la guió lentamente hacia la habitación principal, donde la cama king size estaba lista, mientras sus labios seguían devorando los de ella, marcando el inicio de una noche donde el "correcto" Leandro Lotario estaba a punto de demostrar que su fuego era de combustión lenta, pero infinitamente más abrasador.
Leandro la llevó a la habitación principal con una calma que resultaba casi más excitante que la prisa. Allí, frente al gran ventanal que mostraba las luces de la ciudad, la soltó solo lo suficiente para mirarla de arriba abajo, como un coleccionista admirando su obra más preciada.
—Te he deseado desde el primer segundo en que entraste a mi oficina, Sondra —confesó él con una voz ronca—. Y esta noche, voy a tomarme todo el tiempo del mundo para que sientas quién es el hombre que te cuida.
Con movimientos lentos y decididos, Leandro comenzó a desabrochar el vestido de Sondra. Sus dedos rozaban la piel de su espalda, provocando oleadas de calor que ella nunca había sentido con tal intensidad. Cuando el vestido cayó al suelo, dejándola solo en lencería de encaje fino, Leandro no se apresuró. Se acercó y, con sus manos grandes y cálidas, rodeó su cintura, pegándola a su cuerpo. Sondra sintió la firmeza de sus muslos y la presión de su pene que se alzaba poderosamente tras el pantalón de vestir.
Él bajó la cabeza y comenzó a besar su cuello, recorriendo la línea de su hombro con la lengua, mientras una de sus manos subía para acariciar sus pechos por encima del encaje. Sus pulgares rozaban los pezones endurecidos, enviando descargas eléctricas directamente a la intimidad de Sondra.
—Leandro... —gemía ella, echando la cabeza hacia atrás.
—Shh... solo siente —susurró él.
La llevó a la cama y la recostó sobre las sábanas de seda. Leandro se despojó de su ropa con una elegancia viril, revelando un cuerpo maduro, sólido y marcado por una fuerza que el gimnasio y la disciplina le habían otorgado. Al verlo desnudo, Sondra se quedó sin aliento: era un espécimen de masculinidad pura.
Él se posicionó entre sus piernas, pero antes de entrar, se dedicó a explorarla como un maestro. Sus labios viajaron por su vientre, besando la piel suave, hasta que sus dedos encontraron la humedad ardiente que ya empapaba su lencería. Leandro retiró la última prenda y se encontró con la v****a de Sondra, expuesta y vibrante. Con una maestría que Jacob no poseía, Leandro comenzó a lamerla y succionarla, usando su lengua con una presión rítmica y firme que hacía que Sondra se retorciera sobre el colchón, enterrando sus dedos en el cabello entrecano de él.
—¡Oh, por Dios, Leandro! —gritaba ella, sintiendo que el clímax la acechaba con solo unos minutos de su atención.
Cuando él sintió que ella estaba al límite, se incorporó. Tomó su m*****o, que latía con fuerza, y lo posicionó en la entrada de Sondra. A diferencia de la primera vez de ella, Leandro entró con una suavidad firme, llenándola por completo, estirando sus paredes con una dimensión que la hizo jadear de puro placer.
—Mírame, Sondra —ordenó él con esa voz de mando que la volvía loca—. Quiero que veas quién te está haciendo esto.
Él comenzó a moverse. No eran las embestidas descontroladas de un joven, sino un movimiento de cadera circular y profundo, diseñado para rozar cada terminación nerviosa. Leandro sabía exactamente dónde presionar. Cada vez que se hundía en ella, lo hacía hasta el fondo, permitiendo que sus cuerpos chocaran con un sonido húmedo y rítmico. Sus manos no estaban quietas; una sostenía las de Sondra contra la almohada, mientras la otra recorría sus curvas, apretando sus glúteos y guiando el ritmo.
El placer era denso, pesado y absoluto. Sondra sentía que Leandro la estaba reclamando no solo físicamente, sino marcando su territorio en su memoria. La veteranía de Leandro se notaba en la forma en que retrasaba su propio final para llevarla a ella a múltiples cumbres.
—Eres tan estrecha... tan perfecta para mí —gruñía él, aumentando la velocidad mientras el sudor brillaba en su espalda—. Dime que eres mía, Sondra.
—Soy tuya... ¡Leandro, soy tuya! —exclamó ella antes de que sus músculos se contrajeran en un orgasmo violento que la dejó temblando.
Leandro, al sentir el abrazo interno de ella, soltó un rugido gutural y dio las últimas embestidas, profundas y potentes, antes de terminar dentro de ella, entregándole toda su esencia en una unión que se sintió como un contrato sellado con fuego y piel.
Se quedaron abrazados, con el corazón de Leandro latiendo contra la espalda de Sondra. Ella estaba en shock; la "corrección" de Leandro se había transformado en una tormenta de pasión que la había dejado física y emocionalmente agotada. Pero, mientras él la besaba con ternura en el hombro, un pensamiento cruzó la mente de Sondra: Leandro la había poseído con la maestría de un rey, pero en el rincón más oscuro de su mente, el recuerdo del deseo prohibido por Jacob seguía ahí, esperando el regreso del hijo para incendiarlo todo de nuevo.
La calma que siguió al primer encuentro fue solo un breve espejismo, una tregua necesaria antes de que Leandro demostrara por qué era el dueño absoluto de su mundo. Mientras Sondra intentaba recuperar el aliento, sintió que el cuerpo de Leandro, caliente y sólido contra su espalda, volvía a tensarse. Su pene lejos de aplacarse, se alzaba de nuevo con una firmeza que parecía desafiar las leyes de la naturaleza.
Él la giró con una fuerza controlada y le tomó la mano, guiándola hacia abajo, obligándola a envolver con sus dedos esa erección que latía con una urgencia renovada.
—Tócame, mi amor —susurró él contra sus labios, con una voz cargada de un deseo oscuro y maduro—. Quiero sentir tus manos mientras te reclamo de nuevo.
Sondra, con la sangre hirviendo y los sentidos nublados, comenzó a acariciarlo, maravillada por la seda de su piel y la dureza de su m*****o que escondía debajo. Leandro, mientras tanto, no se quedaba quieto; sus dedos expertos volvieron a descender hacia la v****a de Sondra, que seguía abierta y palpitante. La exploró con una parsimonia tortuosa, hundiéndose en su humedad y, al sacarlos, se los llevó a la boca, chupándolos con lentitud mientras clavaba sus ojos grises en los de ella, devorándola con la mirada.
Entonces, con una mano firme, comenzó a darle pequeñas palmadas rítmicas en su su vulva y labios, un castigo dulce que enviaba descargas eléctricas por todo el cuerpo de Sondra. Ella gemía, arqueando la espalda, perdida en esa nueva sensación de dominio que solo un hombre con la experiencia de Leandro sabía ejecutar.
—Date la vuelta —ordenó él, y Sondra obedeció como si estuviera bajo un hechizo.
Él la puso a gatas, y Sondra sintió la lengua de Leandro recorriendo su columna, bañando su piel con saliva, marcando el camino hasta sus nalgas. Él las abrió con fuerza, exponiéndola por completo a la luz de la luna que entraba por el ventanal, y comenzó a besarla y lamerla allí donde ella nunca imaginó ser tocada. El placer era tan agudo que Sondra sentía los ojos ponerse en blanco; estaba teniendo un orgasmo tras otro, su cuerpo se contraía en espasmos incontrolables mientras gritaba el nombre de Leandro.
Sin previo aviso, él la penetró desde atrás con una embestida que la hizo estremecerse hasta la médula. Leandro la galopó como un jinete experto, con un ritmo salvaje y posesivo. Le tomó el cabello con una mano, tirando ligeramente hacia atrás para exponer su cuello, mientras con la otra le apretaba la garganta con la presión justa, la necesaria para que cada gemido de Sondra sonara más profundo, más necesitado.
—Eres mía... dímelo mientras te cojo —gruñía él, golpeando su cuerpo contra el de ella con un sonido húmedo y carnal.
Sondra no podía dejar de venirse. La humedad era tal que sentía el líquido caliente escurrir por sus piernas, empapando las sábanas de seda y subiendo hacia su abdomen en cada vaivén. Leandro era una fuerza de la naturaleza; sus 45 años se traducían en una potencia inagotable y un conocimiento exacto de cómo llevar a una mujer al borde de la locura.
Sintiendo que el final estaba cerca, Leandro la volteó una vez más, quedando cara a cara. La embistió con una fuerza final, rápida y explosiva, enterrándose en ella hasta el último milímetro de su ser. Un rugido magistrall escapó de su garganta cuando terminó dentro de ella por segunda vez, inundándola con un calor que pareció sellar sus almas.
Sondra quedó tendida, temblando, viendo a Leandro bajo las luces de la ciudad. Parecía un Adonis, un dios griego esculpido en madurez y poder. Nunca, ni en sus fantasías más salvajes, imaginó que un hombre pudiera poseerla con tal maestría. En ese momento, Jacob era un recuerdo lejano y borroso frente a la realidad devastadora y deliciosa de Leandro Lotario.