Capítulo: Jacob

1443 Words
La mañana del viernes comenzó con una fragancia que se sentía fuera de este mundo. Al salir del ascensor, antes incluso de llegar a su puesto, Sondra percibió un aroma dulce y fresco que inundaba todo el pasillo del piso 40. Sobre su escritorio de cristal, descansaba un arreglo floral imponente: peonías blancas y rosas de un rosa pálido, dispuestas en un jarrón de cristal tallado que parecía una pieza de museo. ​Sondra dejó su bolso con cuidado, con el corazón martilleando contra sus costillas. Buscó la pequeña tarjeta de hilo de seda y, con dedos temblorosos, leyó la caligrafía firme y elegante: ​"Hoy mis compromisos me mantienen fuera de la oficina, pero no quería que el día pasara sin que supiera que mi mente sigue en este piso. Espero que estas flores la acompañen y le recuerden que, aunque no esté presente, estoy pensando en usted. Tenga un día maravilloso, Sondra. — L.L." ​Un suspiro entrecortado escapó de sus labios. Apretó la tarjeta contra su pecho, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con el clima. Leandro no solo era su jefe o su protector; estaba marcando su territorio con una delicadeza que la hacía sentir la mujer más afortunada del mundo. ​—¡Sondra, por Dios, mírame cuando te hablo! —exclamó Dina esa tarde en el departamento, mientras Sondra miraba al vacío con una sonrisa boba—. Llevas todo el día en las nubes por esas benditas flores. Necesitas aterrizar. ¡Y vas a aterrizar esta noche en el Aura! ​—Dina, no sé... el señor Lotario fue tan lindo, me siento mal yendo a un bar a... ​—¿A qué? ¿A bailar? ¡No estás casada con él, ni siquiera son novios! —Dina la tomó por los hombros y la empujó hacia el armario—. Tienes el dinero del bono, tu mamá está descansando y hoy toca celebrar que la vida te está sonriendo. Ponte el vestido rojo. El de satén. ​Sondra finalmente cedió. Se miró al espejo mientras se aplicaba un labial carmín. El vestido de satén rojo se deslizaba por su cuerpo como agua, con tirantes finos y una caída que acentuaba cada una de sus curvas. Se soltó el cabello en ondas salvajes y se puso unos tacones negros de aguja. Se sentía poderosa, hermosa y, por primera vez en años, libre de preocupaciones. ​El Bar Aura era el epicentro de la sofisticación costera. Luces de neón azul y violeta se mezclaban con el sonido de las olas y una música house elegante que invitaba al movimiento. El aire olía a mar y a perfumes caros. ​—¡Dos gin tonics! —gritó Dina sobre la música, arrastrando a Sondra hacia la barra. ​Después de un par de tragos, el cuerpo de Sondra empezó a relajarse. Se despidió de Dina, que ya estaba coqueteando con un grupo de chicos, y se acercó a la barandilla de la terraza para sentir la brisa marina. Fue entonces cuando sintió una mirada clavada en su espalda. No era la mirada pesada y madura de Leandro; era algo más vibrante, más eléctrico. ​Se giró lentamente y lo vio. ​Apoyado contra una columna, con un vaso de whisky en la mano, un hombre joven la observaba con una sonrisa descarada. Tendría unos 23 o 24 años, con el cabello ligeramente alborotado y una mandíbula afilada que recordaba vagamente a alguien que ella conocía, pero su energía era totalmente distinta: era puro fuego y rebeldía. Vestía una camisa de lino abierta en los primeros botones y exudaba una confianza que rayaba en la arrogancia. ​Él caminó hacia ella sin apartar los ojos de los suyos, ignorando al resto de las personas en el bar. Se detuvo justo a su lado, rompiendo su espacio personal con una naturalidad pasmosa. ​—He visto a muchas mujeres intentar opacar la luz de la luna en esta terraza —dijo él, con una voz más clara que la de Leandro, pero igual de magnética—, pero es la primera vez que veo a una que realmente lo logra. Ese rojo es un pecado, de verdad. ​Sondra soltó una risa nerviosa, ajustándose un mechón de pelo tras la oreja. —Es un cumplido muy ensayado, ¿no crees? ​—Soy mejor improvisando, te lo aseguro —respondió él, dándole un sorbo a su trago y acercándose un poco más—. Me llamo Jacob. ​—Sondra —respondió ella, sintiendo una chispa de curiosidad ante la intensidad de aquel desconocido. ​—Sondra... —repitió él, saboreando el nombre como si fuera un licor caro—. Tienes algo en los ojos que me dice que estás acostumbrada a que te cuiden, pero que mueres por alguien que te haga perder el control. ¿Me equivoco? Jacob no esperó una respuesta. Con un gesto fluido, le arrebató suavemente la copa vacía de la mano y la depositó en una mesa cercana sin dejar de sostenerle la mirada. ​—Olvida lo que estabas bebiendo —dijo él, con una voz que era como terciopelo rozando su piel—. Necesitas algo con más carácter. Como tú. ​La llevó de vuelta a la barra, abriéndose paso entre la multitud con una seguridad casi animal. Pidió dos tragos cortos, transparentes y helados, con un aroma a cítricos y especias exóticas. Mientras bebían, la conversación fluyó con una velocidad peligrosa. Jacob era divertido, irreverente y descaradamente guapo. Le hablaba de sus viajes, de su desprecio por las reglas y de cómo el mundo le parecía un escenario demasiado pequeño. Sondra se sorprendió riendo, olvidando por un momento la rigidez de su oficina y las facturas médicas. ​—Basta de hablar —sentenció Jacob cuando la música cambió a un ritmo más bajo, más denso, cargado de bajos que retumbaban en el pecho—. Quiero saber si te mueves tan bien como hablas. ​La tomó de la mano y la guió hacia el centro de la pista, donde las luces violetas creaban un aura de irrealidad. En cuanto llegaron, Jacob no guardó distancias. Dio un paso firme, invadiendo su espacio, y colocó sus manos sobre la cintura de Sondra. ​Sondra ahogó un gemido. ​Las manos de Jacob eran grandes, cálidas y seguras. Sus dedos largos se hundieron ligeramente en el satén rojo de su vestido, justo en el espacio donde su cintura se curvaba hacia sus caderas. Ella, que siempre había sido reservada, que nunca había permitido que un hombre la tocara con tal audacia debido a su inexperiencia y a su vida dedicada a los demás, sintió que el mundo se sacudía. ​Era virgen, una flor que nadie había tenido la paciencia de abrir, y de repente, el contacto de aquel desconocido estaba desatando una tormenta interna. ​A medida que se movían al ritmo de la música, Jacob la pegó más a él. Sondra sintió la firmeza de sus muslos y el calor que emanaba de su torso. Cuando él bajó un poco más sus manos, rozando la parte alta de sus glúteos para guiar sus movimientos, una sensación electrizante y desconocida la recorrió de arriba abajo. Fue un espasmo súbito, una oleada de calor líquido que se concentró en su intimidad, provocando una humedad punzante y dulce que nunca antes había experimentado. ​Le costó mantener el equilibrio. Su respiración se volvió errática y tuvo que apoyar sus manos en los hombros de Jacob para no flaquear. ​—Estás temblando, Sondra —susurró él al oído, su aliento rozando el lóbulo de su oreja mientras sus manos continuaban ese masaje lento y posesivo en su cintura—. ¿Es por la música o es por mí? ​—No... no es nada —logró decir ella, aunque su cuerpo la traicionaba. ​Cada vez que Jacob la acercaba, cada vez que sus dedos apretaban su carne a través de la fina tela roja, Sondra sentía que se deshacía. Era una sensación pecaminosa y adictiva. Jacob la miraba con una mezcla de hambre y asombro, dándose cuenta de que tenía entre sus brazos algo mucho más valioso y delicado de lo que había imaginado. ​Él no sabía que esa mujer era la "protegida" de su padre; ella no sabía que ese joven era el hijo del hombre que esa misma mañana le había enviado flores. En esa pista de baile, solo existían el satén rojo, la piel encendida y un deseo salvaje que amenazaba con quemarlos a ambos antes de que terminara la canción
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