Capítulo: Verte más allá

1248 Words
Leandro se encontraba en la penumbra de su biblioteca personal, con una copa de coñac en la mano y el sobre de manila que Guzmán le había entregado esa misma noche sobre el regazo. La luz de una lámpara de escritorio bañaba las páginas, revelando la vida de la mujer que, en tan poco tiempo, se había convertido en su obsesión. ​Al abrirlo, la primera foto que apareció fue una imagen de Sondra en su graduación de bachillerato: sonriente, con menos ojeras, pero con la misma determinación en la mirada. Leandro pasó la página y comenzó a leer. ​INFORME CONFIDENCIAL: Sondra Gilbert. Origen: Barrio de clase trabajadora en las afueras. Cero antecedentes penales. Educación: Estudiante de excelencia en Finanzas y Administración. Suspendió sus estudios en el último año debido a "causas de fuerza mayor". ​Leandro frunció el ceño. Sus dedos recorrieron las líneas que explicaban el motivo. El informe detallaba el diagnóstico de cáncer de mama de su madre, los costos médicos exorbitantes y cómo Sondra, sin dudarlo, había vendido lo poco que tenían y buscado empleos triples para pagar las quimioterapias. ​—Sacrificio —murmuró Leandro, con la voz cargada de un respeto nuevo—. Lo dejó todo por ella. ​Siguió leyendo sobre Lila, la hermana de 20 años a la que Sondra mantenía y protegía como una loba a su cachorro. El informe mencionaba la ausencia total de una figura paterna: el padre las había abandonado hacía más de una década, dejando una estela de deudas y carencias que Sondra tuvo que remendar con sus propias manos. ​Sin embargo, hubo un párrafo que detuvo el corazón del CEO: el historial sentimental. ​Relaciones: Solo se registra una relación estable con un joven de su misma universidad. La relación terminó de manera abrupta cuando la madre de la señorita Gilbert enfermó. Desde entonces, no se le ha visto con nadie. Su historial es, esencialmente, de una soledad dedicada al trabajo y a la familia. ​Leandro cerró el informe y se reclinó en su sillón, mirando hacia el techo. No era solo la belleza de Sondra lo que lo tenía cautivado, era su pureza de espíritu. Ella no era una de esas mujeres que buscaban su fortuna; era una guerrera que había sobrevivido a un padre ausente, a la enfermedad de su madre y a la renuncia de su propia felicidad por los que amaba. ​—Así que estás sola, Sondra —susurró para sí mismo, con una sonrisa que mezclaba la ternura con una posesividad oscura—. Y has sufrido demasiado. ​Leandro sintió un impulso que no había sentido en años: el deseo no solo de poseerla, sino de protegerla. Quería borrar ese rastro de cansancio en sus ojos, quería que no tuviera que preocuparse por una factura más en su vida. Pero también sabía que una mujer así no aceptaría caridad. Tenía que seguir jugando sus cartas con cuidado, ganándose su confianza antes de revelar que ya lo sabía todo. ​Lo que Leandro no sospechaba es que su propio hijo, Jacob, estaba a punto de irrumpir en esta ecuación, y que la pureza que él tanto admiraba en Sondra sería el campo de batalla entre los dos hombres Lotario. El lunes por la mañana, el aire en el piso 40 se sentía diferente. Para Sondra, el lujo ya no era solo mármol y cristal, sino el recuerdo de la suavidad de los asientos de aquella limusina y la mirada de Leandro desde el palco contiguo. Cuando entró a la oficina principal para dejar el primer café del día, lo encontró revisando unos documentos legales, pero en cuanto ella cruzó el umbral, él dejó la pluma y le dedicó una sonrisa que le llegó a los ojos. ​—Buenos días, Sondra. Dígame... ¿logró disfrutar de la función o su amiga la distrajo demasiado? —preguntó con un tono juguetón. ​—Fue una noche mágica, señor Lotario —respondió ella, dejando la taza sobre el escritorio—. Nunca había visto nada igual. De verdad, le agradezco mucho el detalle del auto, no era necesario pero... fue un sueño. ​Leandro asintió, observándola con una intensidad nueva, ahora que sabía todo el peso que ella cargaba sobre sus hombros. Sondra, sintiendo una confianza que no había tenido antes, se atrevió a hacer la pregunta que le había dado vueltas toda la noche. ​—Señor... si me permite la indiscreción. Lo vi allí, en el palco. Estaba solo. Me pregunté por qué un hombre como usted, que podría estar rodeado de cualquier persona, elige asistir a un evento así sin compañía. ​El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso y honesto. Leandro suspiró, se reclinó en su silla y entrelazó sus manos, mirando hacia el ventanal antes de volver a clavar sus ojos en los de ella. ​—Desde que enviudé, hace ya varios años, no he vuelto a salir con nadie, Sondra —confesó con una sinceridad que le erizó la piel a ella—. Mi vida se convirtió en un túnel: de la empresa a casa, y de casa a la empresa. Mis hijos eran jóvenes y necesitaban un ejemplo de padre presente, alguien que no llenara el vacío de su madre con una fila de mujeres pasajeras. Decidí que mi prioridad era su estabilidad y este imperio. La soledad se convirtió en mi compañera de oficina, y me acostumbré a ella. ​Sondra sintió un nudo en la garganta. Ver la vulnerabilidad en aquel hombre tan imponente la conmovió profundamente. El gran Leandro Lotario no era solo poder; era un hombre que había sacrificado su propia vida personal por amor a sus hijos, tal como ella lo hacía por su madre y su hermana. ​—Lo siento mucho, señor. Es muy noble de su parte —susurró ella. ​Leandro rompió el momento con una sonrisa suave, retomando su postura de líder, aunque sus ojos seguían siendo cálidos. ​—Bueno, no estamos aquí para hablar de mis melancolías. Hay algo más. ​Abrió un cajón de su escritorio y extrajo un sobre blanco, deslizándolo sobre la madera pulida hacia ella. ​—Es un bono extraordinario por su desempeño este mes. He revisado los informes de finanzas y su transición a este piso ha sido impecable. Ha optimizado procesos que antes tardaban días. ​Sondra abrió el sobre y, al ver la cifra, se quedó sin aliento. Era más de lo que ganaba en tres meses de trabajo. ​—Señor Lotario... esto es demasiado. No puedo aceptarlo, solo hago mi trabajo —dijo, con los ojos empezando a humedecerse al pensar en las medicinas de su madre. ​Leandro se puso de pie, rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo. ​—Sondra, mireme —le pidió con voz grave—. En este edificio, yo decido quién merece qué. Y usted... usted merece mucho más de lo que cree. No es caridad, es justicia por su esfuerzo. Acéptelo y no vuelva a cuestionar mi criterio sobre su valor. ​Por un segundo, la mano de Leandro rozó el brazo de Sondra en un gesto de apoyo, y esa conexión eléctrica le gritó a ella que él sabía más de lo que decía, y que su protección empezaba a ser el refugio que ella tanto había necesitado.
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