Al día siguiente, con el corazón en un hilo, me acerqué a su escritorio. Leandro estaba revisando unos planos, la luz del sol resaltando las canas plateadas en sus sienes que solo lo hacían ver más interesante.
—Señor Lotario... sobre lo de la ópera —comencé, jugueteando con mis dedos—. Me encantaría, de verdad, pero tengo que cuidar a mi madre. Hoy tiene una sesión difícil y no puedo dejarla sola. Tendré que rechazar la invitación.
Me preparé para ver un gesto de molestia o frialdad, pero Leandro simplemente dejó su pluma, se reclinó en su silla de piel y me dedicó una sonrisa amplia y relajada. No había rastro de ego herido; al contrario, parecía encontrar mi negativa refrescante.
—No se preocupe por eso, Sondra. La familia es lo primero, y eso es algo que admiro de usted —dijo, extendiendo el sobre con los boletos hacia mí—. Tómelos de todos modos. Ve con alguien más, una amiga o... tu novio. No quiero que se desperdicien.
—No tengo novio, señor —solté sin pensar, y al instante sentí el calor subir a mis mejillas.
Sus ojos brillaron con una chispa de triunfo que intentó ocultar tras un gesto casual.
—En ese caso, lleva a una amiga. Ve y disfruta de lo hermoso que es El Fantasma de la Ópera. Es una orden de su jefe: diviértase.
Salí de la oficina sintiendo que, aunque lo había rechazado, él había ganado ese asalto. En cuanto la puerta se cerró, Leandro se quedó mirando el espacio que yo había dejado. Estaba fascinado. Nadie le decía que no, y mucho menos con esa mezcla de dulzura y firmeza. Presionó un botón en su teléfono.
—¿Guzmán? —dijo con voz gélida y autoritaria—. Quiero un informe completo de la señorita Sondra Gilbert. Todo. Familia, deudas, pasado, estudios. Quiero saber exactamente quién es la mujer que trabaja en mi puerta.
La noche de la función, Dina estaba eufórica. Me obligó a usar un vestido de seda color perla que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel. Al llegar al teatro, la majestuosidad del lugar me dejó sin aliento, pero nada me preparó para lo que vería al llegar a nuestro palco.
En el palco contiguo, separado apenas por una pequeña barandilla dorada, estaba él.
Leandro lucía impecable en un esmoquin n***o. Estaba solo, sosteniendo una copa de cristal, observando el escenario con una paz absoluta. Cuando sintió nuestra presencia, giró la cabeza lentamente. Sus ojos se abrieron un poco al verme; el vestido resaltaba cada curva y el brillo de las lámparas de araña se reflejaba en mi piel.
—Vaya... —susurró Dina a mi lado, dándome un codazo disimulado—. Con que ese es el "Jefe". Sondra, por Dios, es un pecado que ese hombre sea tan sexy. Mira cómo le queda ese traje.
Leandro nos dedicó una inclinación de cabeza elegante y una sonrisa natural, como si encontrarnos allí fuera la coincidencia más agradable del mundo. No intentó invadir nuestro espacio ni forzar la conversación; simplemente volvió su vista al escenario cuando la música comenzó a sonar.
Sin embargo, durante toda la función, pude sentir su mirada. Cada vez que la soprano alcanzaba una nota alta o el drama se intensificaba, yo giraba levemente la cabeza y lo encontraba admirándome. No me miraba como un jefe mira a su empleada; me miraba con una fascinación silenciosa, apreciando mi belleza como si yo fuera la verdadera obra de arte en esa habitación.
La tensión entre los dos palcos era más fuerte que la que había sobre el escenario. Entre sonrisas furtivas y la oscuridad del teatro, me di cuenta de que Leandro Lotario no solo estaba investigando mi vida, estaba empezando a ocupar cada rincón de mis pensamientos.
La música final de la orquesta aún vibraba en las paredes del teatro cuando las luces se encendieron lentamente. Me sentía flotar, embriagada por la tragedia del Fantasma, pero el verdadero drama estaba a mi lado. Leandro se puso de pie con una elegancia que hacía que todos los demás hombres en la sala parecieran sombras. Se ajustó el botón del esmoquin y caminó hacia la pequeña división de nuestros palcos.
—Una interpretación magistral, ¿no lo creen? —dijo con esa voz de barítono que parecía competir en profundidad con los instrumentos que acababan de callar.
—Fue increíble, señor Lotario —respondí, tratando de recuperar el aliento. Dina, a mi lado, estaba inusualmente callada, asimilando la presencia imponente del hombre del que tanto le había hablado.
Él nos miró con amabilidad y, con un gesto de caballero perfecto, preguntó:
—¿Han traído auto, señoritas? La noche está un poco fresca y encontrar un taxi a esta hora frente a la ópera es una batalla perdida.
Dina, recuperando su agilidad mental y con una sonrisa de complicidad, se adelantó:
—Para nada, vinimos en transporte público. No contábamos con salir a la hora de las fieras.
Leandro soltó una risa suave y, casi de inmediato, hizo una señal con la mano a un hombre de traje oscuro que esperaba discretamente a unos metros. Su chofer se acercó al instante.
—Guzmán, por favor —indicó Leandro con un tono firme pero cortés—, lleva a las señoritas a donde ellas te indiquen. Que lleguen a la puerta de su casa con total seguridad.
—Señor Lotario, no es necesario, podemos... —intenté protestar, pero él me interrumpió con una mirada intensa, cargada de una protección que me hizo estremecer.
—No es una sugerencia, Sondra. Es por mi tranquilidad. Disfruten el resto de la noche.
Minutos después, nos encontrábamos descendiendo por la escalinata principal del teatro, guiadas por Guzmán hacia una limusina negra que brillaba bajo las farolas como una joya de obsidiana. Al abrirse la puerta, el olor a cuero nuevo y maderas nobles nos recibió. Nos hundimos en los asientos acolchados mientras el auto se deslizaba por las calles de la ciudad con una suavidad irreal.
Dina se quedó pegada a la ventanilla, mirando las luces reflejadas en el cristal, y luego se giró hacia mí con los ojos como platos.
—Sondra... dime que no estoy soñando —susurró, pasando la mano por la tapicería de lujo—. Siento que estoy en una escena de Mujer Bonita. Excepto que tú no eres ninguna ramera, claro, ¡eres la princesa de la construcción!
Me eché a reír, contagiada por su entusiasmo, aunque una parte de mí se sentía abrumada.
—Es solo un gesto amable, Dina. Él es así, un caballero.
—Un caballero que gasta miles de dólares en un chofer y un auto que cuesta más que nuestro edificio entero —replicó ella, riendo—. Amiga, mira este bar, ¡hay hasta champán aquí! Es un sueño. Estás viviendo un cuento de hadas moderno.
Mientras el auto nos dejaba frente a nuestro modesto edificio, no pude evitar mirar hacia atrás. Sentía que el mundo de Leandro, ese imperio de cristal, lujo y atenciones, me estaba envolviendo poco a poco. Él no solo me estaba abriendo las puertas de su oficina, me estaba invitando a un estilo de vida donde yo era la protagonista de su atención.
Guzmán esperó a que entráramos al portal antes de arrancar. Subí las escaleras con el corazón a mil por hora, preguntándome qué seguiría después de esta noche. Lo que no sabía era que, mientras yo soñaba con esa limusina, Leandro ya tenía sobre su escritorio el informe detallado de mi vida, y su fascinación estaba a punto de convertirse en algo mucho más profundo y complejo.