capítulo: Seductor perfecto

1263 Words
El paso de los días en el piso 40 se convirtió en una danza de tensiones disimuladas y cortesía extrema. Leandro no era el típico jefe tirano; por el contrario, su amabilidad era su arma más peligrosa. Era un caballero de la vieja escuela: me abría la puerta al entrar a las reuniones, se aseguraba de que hubiera almorzado y, a veces, mientras revisábamos los densos cronogramas de construcción, él mismo preparaba dos cafés y me entregaba uno con un roce de dedos que me hacía saltar el pulso. ​—Está trabajando demasiado, Sondra —me dijo una tarde, inclinándose sobre mi hombro para ver los planos. Su aliento rozó mi oreja—. Pero debo admitir que su dedicación es... fascinante. Es raro encontrar belleza y una mente tan aguda en el mismo envase. Tómese diez minutos, es una orden. ​Esa noche, llegué al departamento con las mejillas encendidas. Mi mejor amiga y roomie, Dina, estaba desparramada en el sofá con una copa de vino. No tardé ni cinco minutos en soltarle todo. ​—Dina, es que no es solo que sea guapo. Es... atento. Hoy me trajo el café él mismo. Y me dijo que mi mente es fascinante —dije, dejándome caer en el sillón frente a ella. ​Dina soltó una carcajada y me miró con una ceja levantada, divertida por mi ingenuidad. ​—Ay, Sondra, por favor. ¿Atento? ¿Caballeroso? —Dina bebió un sorbo de vino y me señaló con la copa—. Amiga, despierta. Ese hombre no te está invitando café por tu "aguda mente". Ese hombre se la quiere comer viva, y está cocinando la carne a fuego lento para que sepa mejor. ​—¡Dina! Es mi jefe, es un profesional —protesté, aunque por dentro sabía que ella tenía razón. ​—Un profesional de la seducción, será —replicó ella—. Es un CEO multimillonario de 45 años, Sondra. Sabe exactamente qué botones apretar. Te está cortejando como si fueras un contrato de mil millones de dólares. Y lo peor... es que te encanta. ​Me quedé callada porque no podía rebatirlo. Me encantaba la forma en que Leandro bajaba el tono de voz cuando estábamos solos. Me encantaba cómo encontraba excusas para llamarme a su oficina solo para preguntarme mi opinión sobre un color de mármol. ​Sin embargo, a pesar de los cumplidos y los roces "accidentales", Leandro mantenía una línea. Era como si estuviera esperando el momento perfecto para atacar. El cortejo de Leandro era como una obra de ingeniería: preciso, sólido y estéticamente perfecto. A medida que pasaban las semanas, la imagen del CEO de hielo se fue derritiendo solo para mí, revelando a un hombre que no solo era imponente y firme, sino también inesperadamente encantador. ​Trabajar a su lado era una lección constante de poder. Me fascinaba verlo en las juntas; cuando Leandro hablaba, el resto del mundo callaba. Su voz, firme y autoritaria, dictaba el destino de ciudades enteras. Pero, en cuanto la puerta de su oficina se cerraba y quedábamos solos, esa firmeza se transformaba en una calidez que me desarmaba. ​—Sondra, deje esa pluma un segundo —me dijo una mañana, interrumpiendo mi frenética toma de notas. ​Alcé la vista y lo encontré sentado en el borde de su escritorio, muy cerca de mí. No tenía el ceño fruncido ni la mirada gélida que reservaba para sus socios. Al contrario, me sonreía con una alegría genuina que iluminaba sus facciones maduras. ​—¿Sabe qué es lo que más me gusta de tenerla aquí? —preguntó, inclinando la cabeza. ​—¿Mi eficiencia con los reportes, señor Lotario? —respondí, tratando de mantener el tono profesional a pesar de que mi corazón martilleaba contra mis costillas. ​Él soltó una risa sonora, un sonido rico y vibrante que llenó la habitación. ​—Eso también. Pero lo que realmente me gusta es que usted no me tiene miedo. Me mira a los ojos, me desafía con sus preguntas... y eso, en este mundo de gente que solo dice "sí", es un tesoro —su mirada bajó un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos—. Además, hoy se ve especialmente radiante. Ese color verde le sienta de maravilla; resalta el brillo de su mirada. ​No era un cumplido vacío. Era la forma en que lo decía, con una caballerosidad tan pulida que me hacía sentir como la mujer más importante del edificio. A veces, para romper la tensión de las largas jornadas, Leandro sacaba a relucir un sentido del humor inteligente y divertido. Me contaba anécdotas de sus viajes a Italia, de cómo una vez terminó cenando en una cocina pequeña de un pueblo perdido porque se perdió buscando un terreno para construir. ​—Me veía ahí, con mi traje de tres piezas, ayudando a una "nonna" a amasar pasta porque no me dejaba irme hasta que comiera —contaba, gesticulando con sus manos grandes y fuertes, mientras sus ojos brillaban de diversión—. Ese día aprendí que, por muy grande que sea mi imperio, una anciana con un rodillo de madera siempre tendrá más autoridad que yo. ​Me hacía reír, y en esos momentos, la brecha de poder y edad entre nosotros parecía desaparecer. Se volvía un hombre real, de carne y hueso, capaz de hacerme olvidar que era el dueño de todo lo que pisábamos. ​Un viernes por la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de naranja las paredes de la oficina, Leandro se acercó a mi puesto con dos boletos de ópera en la mano. ​—Sondra, tengo estos boletos para mañana. Sé que ha tenido una semana agotadora cuidando de su familia y ayudándome a mí... —hizo una pausa, y por un momento, la seguridad del gran CEO vaciló ligeramente, lo que lo hizo ver humano y vulnerable—. Me encantaría que los aceptara. O mejor aún... me encantaría que me acompañara. Sería una pena que una música tan hermosa se desperdiciara en alguien que no sabe apreciarla tanto como usted. ​Se quedó allí, de pie, imponente con su estatura y su traje impecable, pero con una sonrisa suave y esperanzada que me cortó el aliento. Era el hombre más poderoso que conocía, y sin embargo, me estaba dando el poder de decirle que sí o que no. ​Esa noche, cuando llegué a casa, Dina me encontró suspirando frente a la ventana. ​—¿Otra vez pensando en el "Rey del Cemento"? —preguntó, sirviéndose un jugo. ​—Es que no lo entiendes, Dina. Es tan... lindo. Es divertido, me hace reír, me cuida. No es solo un jefe. Siento que realmente le importo. ​Dina se apoyó en la barra y me miró con una mezcla de ternura y preocupación. ​—Sondra, el problema no es que sea lindo. El problema es que es demasiado perfecto. Un hombre así sabe exactamente cómo hacerte sentir la única mujer en el mundo para que, cuando decida dar el paso, tú ya estés entregada. Disfruta el cortejo, amiga, pero no olvides que los imperios se construyen con estrategias, no solo con sonrisas. ​Me quedé pensando en sus palabras. ¿Era todo una estrategia de Leandro o realmente estaba naciendo algo entre nosotros? La forma en que me miraba cuando creía que yo no lo veía, con una mezcla de deseo y protección, me decía que esto era real.
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