Si no fuera por la barriga, Fernanda ya estuviera corriendo para treparse sobre él. El abrazo fue de casi cinco minutos. —Jamás en la vida me imaginé a Chuky embarazada. La ráfaga de puños en el brazo de David a modo de juego era la confirmación que se debía andar con cuidado. —Te salvas porque no quiero que Gabriela adquiera malos ejemplos. —soltamos la carcajada. —Fernanda, eso ya debiste de transmitírselo a la niña, en tu ADN tienes impregnado el ser un demonio. —Le torció los ojos y luego lo volvió a abrazar. —Vamos a comer, tengo mucha hambre. Me alegra tanto verte. —dijo la embarazada. —¿Quién te trajo? —pregunté. —René, el chofer contratado por mi esposo porque ya no me deja conducir, mírame los pies, ni los zapatos bajitos me entran por lo hinchada, acabo de entrar en mi o

