Al quedarme solo, saqué los anillos de matrimonio y me aferré a ellos. Toda mi vida con mi mujer se me vino a la mente, desde que jugaba con ella en cualquiera de las fincas, sus cumpleaños, los míos, el colegio, como le espanté todos sus enamorados, nuestro matrimonio, el nacimiento de nuestros hijos, cada sonrisa, cada llanto, cada caricia. Y por mi problema de inseguridad y estupidez lo arruiné. —Tome señor. —Teresa dejó un vaso con agua, me encontraba a punto de soltar un par de lágrimas—. No pierda la fe. —Gracias, Teresa, créeme, aunque te parezca mentira, la fe no la he perdido, lo que me ha sentenciado y haciendo vivir un calvario, es el tiempo. Necesito que pase rápido y sanemos para ver si aún queda amor y volver a empezar. Mi secretaria no molestó el resto del día y si era

