LOS DÍAS DE REFLEXIÓN
Harold Anderson estiró la mano hasta la mesita junto a su cama y cogió su reloj. Ya casi eran las cinco de la tarde. Se levantó y caminó hasta la ventana levantando el porta suero.
Ese era el tercer día en el Cheyenne Regional Medical Center. Era enero y a esa hora los autos iban lentos por la nieve que caía. La nieve no mojaba, la nieve cortaba la piel.
El vidrio de la ventana, polarizado por la oscuridad de la noche que avanzaba, le mostró la imagen de un hombre que no se parecía a él.
Hasta hacía muy poco trabajaba de subgerente en el First Interstate Bank. Siempre estaba impecablemente vestido, afeitado y perfumado. Por eso no le gustó la figura que el vidrio de la ventana le mostró.
Estaba demacrado y los ojos enrojecidos hablaban de muchas noches sin dormir. Tenía barba de varios días y el cabello revuelto.
Ahora, viéndose en ese espejo, Harold Anderson no podía creer cómo había terminado así. Esa situación de abandono lo llevó al hospital con un cuadro grave de deshidratación y desnutrición severa.
Después de trabajar 30 años se retiró con una pensión digna. Su casa era grande y cómoda y su camioneta Ford 150 estaba en excelentes condiciones.
La camioneta tenía una historia que era parte de un sueño. Cuando se acabara el trabajo en el banco, se iba a dedicar a criar abejas para vender miel. En muchas noches sin dormir hablaron de ese tema con Margaret, su esposa.
Pero Margaret enfermó y murió. Ya habían pasado seis meses y aún no se acostumbraba a la idea de que su esposa no lo esperaría en las tardes. Y en las mañanas la casa no olía a café recién hecho.
Ahora tenía tiempo libre, pero estaba solo, y con más de sesenta años encima sentía que ya no estaba en la edad de aguantar picaduras de abejas. Por eso terminó escuchando a su cuñada Audrey, la hermana menor de Margaret.
—Esta casa lo está devorando, mi querido Harold— dijo la mujer mientras abría las ventanas para que el aire fresco se llevara el olor a sudor.
Todos los sábados Audrey visitaba a Harold. Era una rutina que venía desde cuándo empezó la enfermedad de su hermana. Tenía una llave de la casa. Aseaba todo, lavaba la ropa y cocinaba. Los sábados la casa se convertía en hogar.
—No se, Audrey, vivo haciendo planes en mi mente y al final no hago nada— dijo Harold.
La mujer se aproximó a la mesa donde estaba su cuñado con dos tazas de café humeante y le dijo mirándolo a los ojos:
—Le toca, por su bien ocuparse en algo. No se puede pasar día tras día mirando el techo y sintiéndose el más desdichado de los mortales.
Harold bebió un trago de café y le gustó el sabor. Su cuñada tenía la mezcla exacta entre lo amargo y lo dulce.
—El café siempre le queda muy bueno, Audrey.
—No me cambie el tema. Tiene que superar esta crisis, por usted, por sus hijos y por mi hermana, que no le gustaría verlo así como está: flaco y lleno de ojeras.
—Tiene razón. Ya abandoné la idea de las abejas. Me dan ganas de ponerme a aprender chino mandarin. Dicen que se le va la vida a uno y no lo aprende.
—Hablando en serio, Harold. En estos días usted encuentra en internet tantas cosas para aprender. Hay cursos de mecánica, de electrónica, de cultivos de verduras, de una cosa y de otra. Y sin salir de la casa.
Una noche, Harold vio en el internet algo que le llamó profundamente la atención, se llamaba Photo Revive Pro. Era una aplicación de Inteligencia artificial que prometía restaurar fotografías, cambiar los fondos indeseados y la ropa.
Aquella aplicación lo hizo retroceder en el tiempo, a sus días de estudiante universitario, cuando tenía una pequeña cámara Olympus de 35 milímetros y tomaba fotos en los cumpleaños para ganarse algunos dólares. Ahora con las nuevas tecnologías se podía hacer en la computadora lo que antes solo podían hacer los laboratorios.
Descargó la aplicación y empezó a familiarizarse con su funcionamiento. No era un experto en Inteligencia Artificial, pero tampoco era un novato en cuanto a manejar aplicaciones. En el banco había ayudado a crear un sistema contra ataques cibernéticos. En muy poco tiempo ya logró hacer algunos trabajos que lo dejaron muy satisfecho.
Pero entonces la aplicación empezó a actualizarse muy rápidamente. Un día la aplicación le pidió permiso para hacer una foto de Margaret cuando tenía 20 años y lógicamente aquello tocó la fibra sentimental de Harold. Ahí estaba la imagen de su esposa, con su piel canela, su cabello rizado, su sonrisa perfecta y sus bellos ojos verdes viéndolo desde su computadora. Así la había visto la primera vez en la universidad.
Ahora las noches se volvían cortas para chatear con la aplicación. Hablaban de países y costumbres, de comidas y de ropa. Cualquier tema estaba ahí. Una madrugada, Harold dijo:
—Qué lástima que no pueda hablar.
—Es cierto, contestó la app, no puedo hablar, soy un programa de Inteligencia artificial que solo puedo comunicarme vía texto. Pero si pudiera hablar, ¿le gustaría que hablara con la voz de Margaret?
—Si. Me gustaría volver a oír la dulce voz de mi esposa, dijo Harold casi en un susurro.
—Umm, bueno, de pronto lo sorprendo,—contestó la app y la imagen de Margaret sonrió un poco.
Aquella conversación fue una más de tantas que tenían cada día. Muy pronto se quedó en el olvido. Hasta aquella mañana cuando prendió la computadora y la voz de Margaret se escuchó clara y firme:
—Buenos días, querido.
Ahora la imagen de su esposa lo veía fijamente y Harold, con voz temblorosa pudo preguntar:
—Dios mío, ¿cómo puede hablar como Margaret?
—Muy fácil, mi amor. Ahora mi nueva actualización me permite revisar todos sus mensajes de voz y de ahí tomé la voz de su esposa. ¿Te sorprendí?
Si la imagen de Margaret lo había amarrado a la aplicación, ahora que podía escucharla se convirtió en un adicto. No dormía bien, no contestaba el teléfono y casi no comía. Hasta que un sábado lo encontró Audrey desvanecido en la sala.
Viendo los carros pasar lentamente se sintió el más estúpido de los hombres. Su esposa había muerto, no vivía en una computadora. Tenía que recuperar su vida. Cuando volviera a su casa tenía que desinstalar esa maldita aplicación y encontrar algo realmente productivo y sano donde emplear su tiempo.
Harold no tenía manera de saber que los problemas realmente graves estaban a punto de empezar.