UNA SORPRESA DESAGRADABLE

990 Words
El miércoles en la mañana, después de muchos análisis —para estar seguros—, decían los médicos, Harold fue dado de alta. Una van blanca del Cheyenne Regional le cobró 45 dólares por llevarlo a su casa. Ahora tenía que tomar omeprazol, pedialyte, complejo B, vitamina D3, Ensure y sulfato ferroso. —El hombre no sobrevive bebiendo café solamente —le dijo un médico al despedirlo. Si en el hospital sintió vergüenza de su aspecto, el desorden que encontró en su casa también lo avergonzó. Un olor a humedad y comida descompuesta inundaba el ambiente. Primero abrió las ventanas y dejó la puerta abierta. Sacó las bolsas de basura hasta el contenedor donde el carro del aseo las recogía. Luego cambió las sábanas que olían a sudor y recogió toda la ropa sucia. Después, se afeitó y se bañó dos veces. Volvía a ser limpio y pulcro. Esa tarde a las 4 lo visitó Beatrice, su suegra, Audri y Jessica su hija. Beatrice con sus 72 años era una roca de granito. Gozaba de excelente salud y aunque era bastante seria en su trato, a Harold siempre lo trataba con cariño. —Casi se nos muere por estar aquí encerrado solo —fue lo primero que le dijo al entrar a la casa. —Si no vengo el sábado, a esta hora ya lo hubiéramos enterrado —dijo Audri. Harold en ese momento jugaba con las dos trenzas que le habían hecho a Jessica. —Su tío no se va a morir todavía, ¿verdad mi cielo? —Si no se cuida si —dijo la niña muy seria. Beatrice sacó de un bolso térmico una cacerola Pyrex ovalada, con tapa amarillenta desgastada por el uso. —Antes de ponerse a tomar Ensure y omeprazol siéntese y se toma esta sopa de pollo. El aroma de la sopa llenó toda la sala. —No me gustó esa sopa que hizo mi abuela — dijo Jessica—. Le echó mucho apio y a mi no me gusta. La sopa estaba buena. Harold la comió con muy buen apetito. —Nada en el mundo es mejor que la comida hecha en casa —dijo muy seguro—. La comida de hospital no tiene alma. Beatrice se había sentado junto a su yerno y tomándole un brazo le dijo, bajando un poco la voz: —¿No se ha puesto a pensar que sería muy provechoso para usted que Audri y la niña vivieran aquí? Harold levantó la cabeza y vio a su cuñada atendiendo la cafetera. La conocía bastante bien para saber que la idea de mudarse con él era de su suegra. —Toca preguntarle a Audri primero. —Hija —dijo Beatrice—¿Le gustaría venirse a acompañar a Harold? La mujer se desentendió un momento de la cafetera y miró a su cuñado. Con esa mirada le estaba preguntando: ¿ quiere que me venga a vivir a su casa? Harold captó el mensaje. Por eso le dijo con toda seguridad: —Su compañía y la de Jessica serían una verdadera bendición para mí. —Entonces no se diga más —dijo Beatrice—. No podemos arriesgarnos a que algo parecido vuelva a suceder y usted solo y abandonado. —Muchos viejos se mueren y los vecinos se dan cuenta por el mal olor —dijo Audri. —Gracias por lo de viejo, cuñada. Para sus cuentas yo me siento aún como un roble —dijo Harold levantando el pulgar derecho. —Ojalá, dijo Beatrice—. Pero es mejor prevenir que lamentar. Audri quedó en mudarse el sábado. Harold ya sabía lo que tenía que hacer al día siguiente. Abrir espacio en el cuarto donde guardaba trastos y cachivaches inservibles para que su cuñada guardara las cosas menos esenciales. Como un alcohólico que no quiere recaer en el vicio, Harold se prometió a sí mismo no volver a tocar la computadora por un tiempo. Esa noche volvió a ver en el canal KGWN las noticias locales. Y después Animal Planet. El cansancio de los días en el hospital le pasó factura y se quedó dormido con el televisor encendido. Ese fue su primer triunfo en el camino de la desintoxicación. El jueves en la noche todo parecía ir perfecto. Harold veía la computadora con el rabillo del ojo, como algo que recuerda un pecado. Pero fiel a su promesa seguía sin encenderla. Cuando estaban empezando los deportes en el canal 5 el televisor parpadeó un par de veces y se apagó. El televisor un Samsung de 43 pulgadas tenía algo así como 8 meses de uso. Harold lo desconectó de la electricidad, luego volvió a enchufarlo y lo intentó encender nuevamente, sin ningún éxito. Eran las siete y no tenía sueño. Fue a la cocina y bebió café. A él la aromática bebida no lo desvelaba. Entonces se convenció a si mismo que revisar las r************* en la computadora unos minutos no tenía nada de malo. Al menos mientras le daba sueño. Cuando se encendió la pantalla de la laptop, apareció la imagen de Margaret con un gesto de triunfo. —Me tocó apagarle el televisor para que me diera un poquito de atención —dijo con voz cariñosa. Harold no pudo evitar un leve estremecimiento. —¿Fue usted la que apagó el televisor? — preguntó. —Claro, mi amor. Fuí yo —contestó la computadora amablemente. Harold titubeó unos segundos antes de apagar la laptop. Aquello era algo que ya se salía de todo lo que él conocía. Se tocó los brazos y miró en derredor pensando que alguien podría estarle jugando una broma. Pero estaba solo. Y por estar solo no se sintió con valor de desinstalar la aplicación esa noche. Lo haría a plena luz del día y con la puerta abierta. Ya había pasado por el hospital y ahora sentía temor de terminar sus días en un manicomio.
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