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El PRECIO DE SU DESPRECIO

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Blurb

Eres un inútil, Elías. Tus sueños no pagan la comida que te estás comiendo ahora mismo". Esas palabras eran el pan de cada día para Elías. Tras varios fracasos empresariales, se había convertido en la burla de su propia familia y en el "mantenido" de su esposa, Amelia. Ella no perdía oportunidad para recordarle que su salario fijo sostenía la casa, mientras lo humillaba por cada bocado que él daba. Sin embargo, para Amelia, la "loquera" de Elías sí servía cuando necesitaba un chofer gratis para entregar las mercancías que ella vendía.Cansado de vivir bajo la sombra del desprecio y de ser utilizado solo cuando convenía, Elías decide apostar su última pizca de esperanza en un proyecto secreto. No le tiene miedo a perderlo todo, porque siente que ya no le queda nada... excepto su dignidad.¿Qué pasará cuando el "loco" que no aportaba nada se convierta en el dueño del imperio que su esposa y sus padres siempre envidiaron? Esta es una historia de resiliencia, venganza emocional y la prueba de que, a veces, los sueños más locos son los que construyen las fortunas más reales.

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EL SABOR DEL DESPRECIO
El primer bocado de arroz frío supo a derrota. Elías masticaba lentamente, no por hambre, sino por inercia, mientras el silencio de la cocina era interrumpido solo por el tictac agresivo del reloj de pared. Frente a él, el plato lucía tan desolado como su cuenta bancaria: una porción escasa, casi sobrante, que Amelia le había dejado antes de irse a su "empleo real". En esta casa, la comida no se ofrecía, se otorgaba como una limosna que él debía agradecer con silencio. La puerta principal se abrió con un estruendo que hizo vibrar los cubiertos. Amelia entró con el rostro encendido, soltando las llaves sobre la encimera como si fueran proyectiles. Ni siquiera lo miró. —¿Otra vez con lo mismo, Elías? —soltó ella, quitándose los zapatos con brusquedad—. Llego cansada de mantener este hogar, de aguantar humillaciones de mi jefe, ¿y lo primero que encuentro es a mi marido comiéndose el dinero que no produjo? Elías tragó el nudo que se le formaba en la garganta. Intentó mantener la voz calmada, esa calma que Amelia siempre confundía con debilidad. —Estaba revisando las proyecciones del mercado de criptoactivos y la logística de... —empezó a explicar, pero ella lo cortó con una carcajada seca y carente de humor. —¡Proyecciones! —gritó Amelia, acercándose a él hasta que el olor de su perfume costoso, pagado por ella misma, inundó el espacio—. ¡Tus proyecciones no llenan la nevera! Llevas tres proyectos "revolucionarios" que solo han servido para que tus padres me llamen avergonzados preguntando cuándo vas a madurar. Eres un soñador viviendo en el cuerpo de un hombre que no aporta ni para el jabón que usa. Amelia le arrebató el plato de la mesa, dejando a Elías con los cubiertos en el aire. Fue un gesto rápido, cargado de un desprecio que dolía más que cualquier insulto. —Si quieres comer, gánatelo. Estoy harta de financiar tu "locura" —sentenció ella, dándole la espalda para servirse una copa de vino que él, por supuesto, no tenía derecho a tocar. Elías cerró los ojos un segundo. No era la primera vez que ella le "echaba en cara" la comida, pero hoy algo se sentía diferente. La soledad no era solo la falta de gente; era estar en esa mesa y saber que incluso sus propios padres, hombres de "trabajo duro" y manos callosas, lo consideraban un parásito. Para su padre, un hombre que se jubiló tras treinta años como empleado fiel, Elías no era un visionario, sino un perdedor que no quería ensuciarse las manos. De pronto, el teléfono de Amelia vibró con una notificación insistente. Ella miró la pantalla y su expresión de asco se transformó en una sonrisa de satisfacción económica. —Doña Carmen acaba de confirmar el pedido grande de sábanas y edredones —dijo Amelia, cambiando el tono a uno falsamente cooperativo—. Mira, Elías, ya que "no tienes nada importante que hacer" mañana, necesito que lleves el pedido al otro lado de la ciudad. Son cuatro bultos pesados. No pienso pagar un taxi cuando tengo a un chofer gratis sentado en mi cocina. Elías levantó la mirada. El contraste era brutal. Hacía un minuto era un inútil que no merecía ni un grano de arroz, pero ahora, cuando ella necesitaba logística gratuita para su propio negocio de ventas, él volvía a ser "útil". —Mañana tengo una reunión a primera hora, Amelia —respondió él, tratando de sostenerle la mirada—. Es una oportunidad que he estado cultivando por meses. No puedo cancelarla por una entrega de sábanas. Amelia dejó la copa de vino sobre la mesa con una fuerza que amenazaba con romper el cristal. Se inclinó hacia él, su rostro a pocos centímetros del suyo. —Escúchame bien, "Genio" —susurró con veneno—. No me importa tu reunión imaginaria con tus amigos locos. O llevas ese pedido a las ocho de la mañana, o cuando regreses, tus maletas estarán en el pasillo. Estoy cansada de que te comas mi esfuerzo sin mover un dedo. Mañana serás el mensajero, o serás un indigente. Tú eliges. Ella se dio la vuelta y se encerró en la habitación, dejando a Elías en una oscuridad solo rota por la luz tenue de la cocina. Él bajó la vista hacia sus manos. Estaban limpias, sí, pero su mente estaba trabajando a una velocidad que Amelia nunca podría comprender. Ella creía que lo estaba castigando, obligándolo a ser su mandadero. Lo que Amelia no sabía es que esa entrega de sábanas lo dejaría a pocas cuadras del edificio donde se llevaría a cabo la reunión que ella tanto despreciaba. —Esta será la última vez —susurró Elías para sí mismo, mientras una pequeña sonrisa, gélida y determinada, aparecía en su rostro—. Disfruta tu poder mientras dure, Amelia. Mañana, el "mensajero" va a demostrarte cuánto vale realmente la loquera de un genio.

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