El aire nocturno de Santo Domingo golpeó el rostro de Elías con una frescura que no sentía desde hacía años. Mientras caminaba hacia el estacionamiento del club, el sonido de sus propios pasos sobre el asfalto le devolvía una sensación de propiedad sobre el suelo que pisaba. Ya no era el eco de un hombre que arrastraba cajas; era el paso firme de quien acaba de mover la pieza definitiva en un tablero que todos creían dominar.
Detrás de él, las puertas de cristal del salón privado se abrieron de golpe. El ruido de los tacones de Amelia contra el pavimento era errático, rápido, casi desesperado.
—¡Elías! ¡Detente ahora mismo! —gritó ella, con la voz quebrada por una mezcla de rabia e incredulidad.
Él no se detuvo hasta llegar a la vieja camioneta. Se recostó contra la puerta del conductor y la esperó en silencio. Amelia llegó jadeando, con el vestido amarillo ligeramente descolocado y el bolso de lujo apretado contra su pecho como si fuera un escudo que ya no podía protegerla. Roberto venía unos metros atrás, pálido, con la mirada perdida en el vacío de quien acaba de ver su herencia esfumarse en una pantalla de celular.
—¿Qué fue eso allá adentro? —preguntó Amelia, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¿Qué clase de broma pesada estás jugando con mi padre? ¡Ese teléfono, ese logo... no tiene sentido! Tú no eres nadie, Elías. ¡Eres un chofer!
Elías la miró con una calma que resultó más hiriente que cualquier grito.
—Ese es el problema, Amelia. Siempre viste la camioneta, pero nunca te preguntaste quién pagaba la gasolina. Viste las sábanas, pero no viste los contratos que se firmaban mientras tú estabas en el salón de belleza.
—No es posible... —intervino Roberto, acercándose con pasos torpes—. El Proyecto Fénix... es una firma de capital de riesgo con base en Delaware. Los abogados dijeron que el capital venía de operaciones de tecnología y arbitraje financiero. ¿Tú? ¿Tú manejas eso?
—Yo *soy* eso, Roberto —respondió Elías con voz gélida—. Mientras tú pedías prórrogas y gastabas el flujo de caja en cenas como esta para mantener una fachada de éxito, yo compraba cada uno de tus errores. No fue difícil. El Grupo Rivera es una empresa con una estructura del siglo veinte intentando sobrevivir en un mercado que ya los olvidó.
Amelia soltó una carcajada nerviosa, una defensa final antes del colapso total de su ego.
—¿Y qué pretendes? ¿Humillarnos? ¿Vengarte porque te pedí que cargaras unas cajas? ¡Somos tu familia, Elías! ¡Todo lo que tenemos es lo que te ha dado un techo!
—No, Amelia —la interrumpió él, y por primera vez hubo un rastro de emoción en su voz, algo parecido a la decepción—. Este techo lo pagué yo con el silencio que me impuse para no destruirte antes de tiempo. Cada desprecio tuyo era un análisis de mercado. Cada vez que me llamaste inútil, yo cerraba una posición que te quitaba un poco más de poder. Tú misma pusiste el precio a tu desprecio. Yo solo me aseguré de que tuvieras que pagarlo.
Roberto se desplomó contra un coche vecino, cubriéndose la cara con las manos.
—Mañana... mañana van a sellar la planta. Papá no va a aguantar esto.
—La planta no se va a cerrar —dijo Elías, sacando las llaves de la camioneta—. Pero Don Ricardo ya no es el presidente. Mañana a las ocho de la mañana, la junta directiva recibirá mi notificación de reestructuración. Tú, Roberto, estás fuera. Y tú, Amelia... bueno, tú puedes seguir usando ese bolso. Es lo único que realmente te pertenece ahora.
Amelia se quedó muda. El brillo del bolso bajo las luces del estacionamiento parecía ahora una burla cruel. La realidad le cayó encima como un bloque de cemento: el hombre al que humillaba para sentirse poderosa era, en realidad, el arquitecto de su supervivencia.
—Súbete a la camioneta —ordenó Elías—. Tenemos que ir a casa. Hay que empezar a empacar.
—¿Empacar? ¿De qué hablas? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—La casa también estaba en la garantía del préstamo que compré, Amelia. Y como comprenderás, no tengo interés en vivir en una propiedad con tantos malos recuerdos. Voy a venderla.
Elías subió al vehículo y encendió el motor. El rugido de la "cafetera" ya no sonaba a fracaso; sonaba a una herramienta que había cumplido su propósito. Amelia subió al asiento del copiloto, pero esta vez no hubo quejas sobre el olor a humedad ni órdenes sobre el aire acondicionado. Se sentó en el mismo lugar donde antes colocaba sus compras con asco, pero ahora lo hacía con el miedo de quien sabe que no tiene a dónde más ir.
Mientras salían del club, Elías miró por el retrovisor. Don Ricardo aparecía en la entrada, sostenido por dos camareros, mirando hacia la oscuridad por donde se alejaba su yerno. Elías puso la marcha y aceleró. El juego de las sábanas y los envíos había terminado. Ahora empezaba la era del dueño de la mesa.