La oficina de Elías en el piso 12 de la torre empresarial se había convertido en su santuario de orden. Desde allí, el mundo parecía una maqueta que él podía reorganizar a su antojo. Sin embargo, el éxito no lo había vuelto complaciente; al contrario, su disciplina se había agudizado. Cada mañana, antes de que el primer empleado marcara su entrada, Elías ya había analizado los mercados asiáticos y revisado los indicadores de logística de la planta.
Ese martes, una visita inesperada rompió su rutina. Roberto, el hombre que una vez caminaba por esos mismos pasillos como si fuera el dueño del aire, estaba en la recepción. Según el informe de seguridad, no traía guardaespaldas, ni trajes italianos, ni esa sonrisa de superioridad que solía ser su marca personal.
—Déjalo pasar —dijo Elías a través del intercomunicador.
Roberto entró y el contraste fue doloroso. Su ropa, aunque limpia, mostraba los signos de un desgaste que el dinero ya no podía ocultar. Había perdido peso y su mirada saltaba de un lado a otro, buscando rumbos conocidos en una oficina que ya no lo reconocía. Elías no se levantó. Se limitó a señalar la silla frente a su escritorio, la misma donde Don Ricardo se había rendido semanas atrás.
—Has cambiado los muebles —dijo Roberto, intentando forzar una voz casual que le salió quebrada.
—He cambiado todo, Roberto. Los muebles son solo el síntoma —respondió Elías—. ¿A qué has venido? Mi abogado fue muy claro sobre los términos de tu salida.
Roberto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. El orgullo, ese motor que lo impulsó a robarle a su propio padre, parecía haberse quedado sin combustible.
—Necesito un préstamo, Elías. Solo cincuenta mil dólares. Tengo una oportunidad en un negocio de importación en el Cibao. Si logro arrancar, te lo devolveré con intereses en seis meses. Nadie más me escucha. Dicen que mi nombre está en una "lista negra".
Elías lo observó con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Esa lista negra no es un invento, Roberto. Yo mismo me encargué de alertar a las centrales de riesgo sobre tus manejos en el Grupo Rivera. No fue por maldad, fue por higiene financiera. Alguien que usa el capital operativo para pagar deudas de casino es un riesgo para cualquier sistema.
—¡Fue un error! —estalló Roberto, pero su grito careció de convicción—. ¡Estaba presionado! Tú no sabes lo que es tener que mantener una imagen cuando los números no cuadran.
—Lo sé perfectamente —rebatió Elías con voz gélida—. La diferencia es que yo mantenía una imagen de pobreza mientras era rico, y tú mantenías una de riqueza mientras estabas quebrado. La honestidad con uno mismo es el primer paso para no terminar como estás tú ahora.
Roberto bajó la cabeza. Las manos le temblaban.
—Amelia dice que eres un sádico. Que te gusta vernos así.
—Amelia proyecta sus propias carencias. Yo no disfruto de tu miseria, Roberto; simplemente no me importa. Eres el resultado de tus propias decisiones. No te voy a dar los cincuenta mil dólares. Sería como tirarlos a un pozo sin fondo.
—¿Entonces me vas a dejar morir de hambre? —preguntó Roberto con desesperación.
Elías abrió un cajón de su escritorio y sacó un sobre pequeño. Lo deslizó por la mesa.
—Ahí hay un boleto de avión para Panamá y cinco mil dólares. Es un billete de ida. Tengo un contacto en una empresa de logística allá que necesita supervisores de muelle. Gente que sepa cómo se mueven las cajas. Es un trabajo real, de doce horas al día, bajo el sol.
Roberto miró el sobre como si fuera un insulto.
—¿Supervisor de muelle? ¿Yo? ¿Hijo de Ricardo Rivera?
—Ese es el problema. Sigues pensando en quién eres hijo y no en quién eres tú —Elías se puso de pie, dando por terminada la reunión—. Es la última oferta que recibirás de mi parte. Tómalo y vete a trabajar de verdad, o quédate aquí a esperar que el pasado te termine de devorar. Tienes diez segundos para decidir.
Roberto miró el sobre y luego miró a Elías. Por un instante, la chispa de la antigua arrogancia brilló en sus ojos, pero se apagó ante la mirada de acero de su cuñado. Con un movimiento rápido, tomó el sobre y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Se levantó sin decir gracias, sin despedirse, y salió de la oficina con la cabeza gacha.
Elías volvió a sentarse. Sabía que Roberto probablemente nunca abordaría ese avión, que intentaría usar los cinco mil dólares para una última apuesta desesperada, pero su conciencia estaba tranquila. Había ofrecido una salida real, una basada en el esfuerzo que él mismo había realizado durante años.
Esa noche, al salir del edificio, Elías vio a Amelia esperándolo junto a su coche. Estaba apoyada en la puerta, con el rostro iluminado por las luces de la calle. Se veía cansada, despojada de su armadura de seda.
—Roberto me contó lo del sobre —dijo ella cuando Elías se acercó—. Eres un hombre cruel, Elías. Mandarlo a trabajar como un obrero...
—Mandarlo a trabajar como un hombre, Amelia. Es algo que ninguno de ustedes ha hecho jamás —respondió él, abriendo la puerta del conductor—. Tu tiempo se acaba. El domingo es la entrega de la casa. Asegúrate de que no falte nada.
Subió al coche y cerró la puerta. Amelia golpeó el cristal, gritando algo que Elías ya no quiso escuchar. Puso el coche en marcha y se alejó, dejando atrás el último eslabón de una cadena que ya no lo ataba a nada. El precio del desprecio se había pagado por completo, y el silencio de su nueva vida era la melodía más dulce que jamás había escuchado.