La noticia de la reestructuración del Grupo Rivera corrió por los círculos financieros de Santo Domingo como un incendio forestal. En los clubes exclusivos y en las oficinas de cristal de la avenida Winston Churchill, el nombre de Elías comenzó a ser pronunciado con una mezcla de respeto y temor. Nadie podía entender cómo el hombre que durante años fue visto como una sombra silenciosa detrás de la familia Rivera, ahora sostenía el látigo del poder.
Elías, sin embargo, no frecuentaba esos círculos. Pasaba sus días entre la planta de producción y su oficina, asegurándose de que cada engranaje de su nueva maquinaria funcionara con la precisión que el antiguo régimen nunca tuvo.
Esa tarde, mientras revisaba los planes de expansión hacia el mercado de Singapur, recibió una llamada de la administración del edificio en la Zona Oriental. Amelia había causado un altercado.
—Señor Elías, la señora está en la recepción y se niega a subir. Dice que el apartamento es "insalubre" y que usted está intentando matarla de un disgusto —informó el conserje con voz nerviosa.
Elías suspiró. Cerró su laptop y, por primera vez en días, decidió enfrentar la realidad que había dejado atrás en aquel apartamento pequeño.
Cuando llegó a la Zona Oriental, el contraste fue inmediato. El ruido de los motores, el humo de las guaguas y el bullicio de la gente trabajadora llenaban el aire. Al entrar al vestíbulo, vio a Amelia sentada sobre una de sus maletas de diseñador. Lucía un vestido de seda que no encajaba con el entorno y sostenía el bolso de lujo como si fuera el último pedazo de tierra firme en medio de un océano.
—Viniste —dijo ella al verlo entrar. Su voz ya no tenía la fuerza del insulto; era el tono quebrado de quien empieza a entender que sus gritos ya no mueven montañas.
—Vine a decirte que dejes de molestar a los empleados, Amelia. Ellos no tienen la culpa de que tu nueva vida no tenga servicio a la habitación —respondió Elías, manteniéndose a una distancia prudente.
—¡Míralo! —gritó ella, señalando el techo manchado de humedad—. ¡Mira este lugar! No hay ni un espejo donde pueda verme sin sentir asco. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Yo te amé, Elías... a mi manera.
Elías soltó una carcajada amarga que hizo que la gente que pasaba por la calle se detuviera a mirar.
—¿Tu manera? Tu manera era enviarme a la farmacia bajo la lluvia a las tres de la mañana y quejarte porque mis zapatos mojados manchaban la alfombra. Tu manera era presentarme ante tus amigas como "el chofer de la familia" para no tener que admitir que estabas casada con alguien que no tenía un apellido de alcurnia. No me amaste, Amelia. Amaste la idea de tener a alguien a quien pisar para sentirte más alta.
Amelia se puso de pie, tambaleándose un poco sobre sus tacones.
—Roberto dice que esto no va a quedar así. Dice que va a encontrar la forma de demostrar que nos estafaste.
—Roberto está en un bar de mala muerte ahora mismo, gastando los últimos pesos que le quedan en tratar de convencer a desconocidos de que todavía es alguien —Elías se acercó un paso, bajando la voz—. No va a volver, Amelia. Tu padre se ha retirado a Baní y tu hermano es un paria. Solo quedas tú y tu orgullo.
Amelia lo miró a los ojos y, por un segundo, Elías vio a la mujer de la que alguna vez se enamoró, antes de que el desprecio lo borrara todo. Pero la chispa desapareció rápido, reemplazada por el mismo brillo de egoísmo de siempre.
—Si me das una asignación mensual digna... si me devuelves la casa... prometo no decir nada de cómo conseguiste el dinero —intentó ella, un último y patético intento de extorsión.
Elías negó con la cabeza, sintiendo una profunda lástima.
—El dinero lo conseguí trabajando mientras tú dormías. Lo conseguí ahorrando lo que tú derrochabas. No hay nada ilegal que puedas decir, porque todo lo que hice fue comprar las deudas que tú misma firmaste.
Se dio la vuelta para irse, pero Amelia lo sujetó por la manga del traje.
—¿Qué quieres de mí, Elías? ¡Dímelo de una vez! ¿Quieres que te pida perdón de rodillas? ¿Quieres que admita que eres mejor que yo?
Elías se soltó con suavidad pero con firmeza. Se ajustó la chaqueta y la miró por última vez.
—No quiero nada de ti, Amelia. Ese es el precio final de tu desprecio: que ya no me importa lo que pienses, lo que digas, ni lo que sientas. Eres libre de vivir como quieras en este apartamento. O puedes irte a donde quieras. Pero para mí, ya no eres más que un recuerdo de por qué el silencio es el arma más poderosa de un hombre.
Salió del edificio y subió a su coche. Mientras se alejaba, vio por el retrovisor a Amelia parada en la acera, sola, rodeada de maletas que valían más que todo el edificio, pero que ya no servían para comprarle un segundo de la atención de Elías. Elías puso la radio, subió el volumen y dejó que la música borrara el eco de sus gritos. El pasado era ceniza, y él finalmente había dejado de quemarse con ella.