EL ECO DE LOS PASILLOS

890 Words
La vieja camioneta avanzaba por la avenida principal, quejándose en cada bache con un estruendo metálico que parecía presagiar su desmantelamiento inminente. Elías sostenía el volante con una calma que contrastaba con el caos del tráfico de Santo Domingo. A su lado, el teléfono no dejaba de vibrar sobre el asiento de tela desgastada. Eran apenas las ocho de la mañana y las gráficas de su pantalla personal mostraban que ya había generado beneficios suficientes para comprar diez cargamentos como el que llevaba atrás. Sin embargo, ahí estaba él: esquivando hoyos en una chatarra que olía a humedad, cumpliendo el castigo que Amelia le imponía con una satisfacción casi sádica. Al llegar al hotel, una mole de cristal y acero que se alzaba frente al mar, Elías sintió la punzada de la ironía. Este era el lugar donde Amelia solía venir con sus amigas a "tomar el té" para alimentar su estatus en r************* . El contraste era absoluto: el lujo de la fachada frente a la realidad de la entrada de servicio. —¡Eh, tú! Por ahí no, la descarga es por la vuelta —le gritó un guardia de seguridad con el uniforme impecable, señalando un callejón estrecho y grisáceo. Elías obedeció sin decir palabra. Maniobró la camioneta hacia la zona de carga, un lugar donde el glamour del hotel moría para dar paso al ruido de las máquinas de lavandería y al olor penetrante del cloro industrial. Mientras empezaba a bajar los pesados fardos de edredones, sintiendo cómo el sudor le empapaba la camisa, su teléfono sonó con un tono que solo él reconocía. Era su abogado principal. —¿Dígame? —respondió, secándose la frente con el antebrazo mientras equilibraba un bulto sobre el hombro. —Señor Elías, los documentos para la adquisición de la deuda del Grupo Rivera están listos en el servidor —dijo la voz pausada y profesional—. Con su firma digital, usted se convierte oficialmente en el acreedor principal de la familia de su esposa. El control sobre sus activos es ahora total y absoluto. Elías miró el fardo de tela barata que sostenía. El Grupo Rivera era la empresa donde su suegro tenía invertido hasta el último centavo del patrimonio familiar. —Envíelos. Los firmaré en menos de una hora —contestó con una frialdad que habría congelado a Amelia si lo hubiera escuchado. Siguió cargando la mercancía bajo la mirada de un empleado joven del hotel que no pasaba de los veinte años. El muchacho lo observaba con una mezcla de lástima y desprecio, apoyado contra una pared mientras fumaba a escondidas. —Oye, ¿te pagan bien por esto? —preguntó el joven mientras le extendía el recibo de entrega—. Porque mi jefe dice que los que traen estas sábanas son los que no quisieron estudiar y terminaron de mulas. Elías terminó de acomodar el último bulto y miró al joven. No hubo rastro de ira en sus ojos, solo una profundidad analítica que puso nervioso al muchacho. —A veces, cargar bultos es la mejor forma de observar el terreno antes de comprarlo —dijo Elías con una media sonrisa que no llegó a sus ojos. El joven frunció el ceño, incapaz de procesar el comentario, y le entregó el papel firmado. Elías subió a la camioneta con los músculos ardiendo, pero con la mente más clara que nunca. Antes de dirigirse a la boutique para cumplir el siguiente capricho de su esposa, se detuvo en un rincón apartado del estacionamiento principal del hotel. Sacó su laptop y, con tres clics quirúrgicos, firmó los documentos que lo convertían en el dueño del destino financiero de su familia política. El sistema confirmó la transacción con un destello verde: *Operación Exitosa*. En ese preciso instante, vio salir por la puerta principal del hotel a un grupo de mujeres. Entre ellas estaba Amelia. Ella lucía un vestido amarillo que gritaba estatus y reía ruidosamente. Elías se hundió en su asiento, observándola a través del cristal sucio. Amelia sacó su teléfono y, segundos después, el de Elías vibró. *"¿Ya terminaste? No me hagas quedar mal en la boutique. Y mueve esa cafetera de camioneta antes de que alguien me vea cerca de eso y me muera de la vergüenza. Avísame cuando tengas el bolso"*. Elías leyó el mensaje y volvió a mirar a su esposa, que ahora se subía al coche de una de sus amigas. Ella creía que el mundo le pertenecía por derecho, sin saber que el edificio que acababa de dejar y el futuro de su propio padre ahora dependían del hombre que ella despreciaba. —Falta poco, Amelia —murmuró Elías para sí mismo—. El precio de tu desprecio acaba de subir, y no tienes ni idea de cómo lo vas a pagar. Puso la marcha y se dirigió a la boutique. Tenía un bolso de lujo que recoger y una máscara de sumisión que mantener por un tiempo más. Pero mientras conducía, ya no sentía el peso de las sábanas. Sentía el peso del poder que estaba acumulando. Al entrar en la boutique, Elías no bajó la cabeza ante la mirada de asco de la dependienta. La sostuvo con una seguridad metálica. El juego de sombras estaba llegando a su fin. Mañana, la factura se cobraría en efectivo.
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