¡Atención, soldados!

1033 Words
¿Qué si tenía algo en mente sobre que quiero estudiar? —No lo sé, señor. —Deberías de ya saberlo. —Lo sé, pero no he interés en algo específico, señor. —Muy bien, ¿Tienes tu permiso firmado? —Sí señor. —Perfecto, debes llegar puntual. No quiero errores. —Sí, señor. El aura que lo rodeaba era impresionante, parecía tener la misma edad que mi padre con la diferencia de que se veía más joven que mi padre o eso era lo que yo creía. —Subteniente Duarte, es hora de irnos. —Sí, teniente. —Gracias por venir, teniente Cruz. —No es nada, teniente Mejía. Me alegra volver a verte viejo amigo. ¿Amigo? Por la manera en que la subteniente Duarte me miraba es como si yo fuera un bicho raro por no entender la situación. Ella se me acerca y me susurra al oído. —Ambos estuvieron juntos desde el comienzo de sus carreras, son amigos desde entonces. Vinimos porque el teniente Cruz quería saludarlo, pero no esperábamos que fueras su hija. —¿Cómo sabían de mí? —La foto, te reconocí. Observo la foto que ella ha señalado y la veo de nuevo a los ojos. Ella sonríe y me llena de calma. Ambas personas se fueron luego de una pequeña charla. Mi padre me observa fijamente, pero mi mirada seguía en la puerta por dónde ellos se fueron. —No te ilusiones, no sirves para esta carrera. —¿Cómo estás tan seguro de eso? —Eres una simple niña, tu cuerpo no resistirá el entrenamiento. Deberías buscar un trabajo que sea perfecto para ti, no estás hecha para ser una soldado. —Eso ya lo veremos. Apenas dije aquella frase, pude sentir mi rostro girar a un lado. Mi mejilla ardía por la fuerte bofetada que he recibido de su parte. —¡Ya te dije que no estás hecha para esto! —¡Yo soy quien lo decide, no tú! Por primera vez le he gritado, nunca lo había hecho y la verdad es que se siente bien. Regresé a mi habitación entre enojada por querer adueñarse de mi vida, pero feliz de haberme revelado por primera vez de esta manera. Aseguré la puerta para que no pudiera entrar, tomé una toalla para darme una ducha, la necesita para calmarme. Al terminar de ducharme, me coloco un pijama y me voy a la cama. Activo la alarma para una hora antes de la normal y es ahí cuando por fin decido cerrar mis ojos. No podía dormir debido a lo ansiosa que me encontraba. Cuando miro el reloj que había a mi lado, me doy cuenta de que aún faltaba una hora para comenzar a arreglarme e irme. No pude evitar mirar el reloj cada cinco minutos y cuando por fin era la hora, salí corriendo hasta el baño e ingresé de inmediato a la ducha. Me arreglé demasiado rápido, arreglé mi cama y tomé mis cosas, verifiqué que todo estuviera en orden. Sin embargo, cuando estaba por irme me sorprendo al ver a mi padre sentado en su sofá favorito. Él me mira fijamente y no dice nada. —Debo irme. Doy un paso, pero hace que me detenga. —No lograrás ser parte de este trabajo, no es para ti. Dudo mucho que resistas en entrenamiento de hoy, no es para ti. —Aunque creas que no es para mí, seré yo quien decida mi futuro. ¡Ni tú, ni nadie lo hará! —Tu madre estaría decepcionada de ti. —¡Te equivocas! ¡Mi madre jamás estaría decepcionada de mí! No podía creer que usará esa estrategia, ¡Era de lo peor! Yo sabía mejor que nadie que mi madre jamás se decepcionaría, yo sabía que ella estaría feliz por mí. Ella me daría fuerzas para seguir mi corazón y hacer lo que más amo. Corrí tan rápido como pude, no quería seguir viendo su rostro y menos después de que hablará de mi madre. Cuando detengo mis pasos, ya me encontraba en la escuela. Aún estaba vacía, yo era la única persona que se encontraba en la escuela. Me hago a un lado del estacionamiento para esperar a que lleguen los demás. Una hora después, muchos estudiantes comienzan a llegar, al igual que docentes y personal del ejército que estará a cargo de nosotros. Nos distribuyen en diferentes autobuses, pero antes de subir a estos, debíamos entregar nuestros permisos firmados. Respiro profundo, entrego mi permiso y miro con seguridad las puertas del autobús para después dar el primer paso. Mi corazón latía con demasiada fuerza, pero era como si por fin hubiera encontrado el lugar en el que debía estar. Subo y me siento en la primera fila de asientos que había. Sujeto con fuerza mi maleta, sonrío al saber que encontré lo que me hará feliz. Una vez que los autobuses se llenan con todos los estudiantes, nos dirigimos hasta la base. Uno de los soldados que venía con nosotros, nos vigilaba, pero antes de que nos dieran permiso para bajar, él se levanta para dirigirse a nosotros. —¡Atención todos! Una vez que bajen de este vehículo no serán tratados como unos simples estudiantes, serán tratados como verdaderos soldados. Quién incumpla las reglas recibirá el castigo correspondiente. No se permite los dramas, eso déjenlos en sus casas. Todos ustedes serán distribuidos en diferentes grupos, tendrán a dos personas a cargos de ustedes. ¿Alguna pregunta? —Yo tengo una, señor. Él me mira y asiente para que haga la pregunta que surgía en mi mente. —Adelante. —¿Cómo van a distribuir en los grupos? —Buena pregunta, será al alzar. Al bajar encontrarán tres cajas, cada una de ellas tienen unas tarjetas con un número y una letra correspondiente a su grupo. —Gracias, señor. —Muy bien, bajen en orden. El soldado a cargo, hasta este momento, desciende del autobús y uno por uno vamos tras él. Todos se acercan en orden y toman una tarjeta. —¡Atención, soldados! ¡Los que tengan la letra H como grupo, vendrán conmigo! —¿Teniente Cruz? ¿Subteniente Duarte? —Niña.
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