Adiós a la vieja Wanda

1006 Words
Ambas nos miramos al ver cómo él me observaba a la espera de una presentación. —Ella es la soldado Mejía, es una de las estudiantes que participa en esta actividad de enseñarles a que nos dedicamos. —Es un placer conocerlo, subteniente Osorio. —El placer es mío, soldado Mejía. —Puede llamarme Wanda, si lo desea. —Richard... mientras no estemos frente a los demás, puedes llamarme Richard. —Entendido... mmm... supongo que debemos volver antes de que el teniente Cruz se enfade. —Tienes razón Wanda, debemos volver o el teniente se enfadará y mucho. —Me alegro de volver a verte, Doris. —Lo mismo digo, Richard... vamos. —Sí, hasta pronto. —Nos veremos Wanda, cuídate. Las dos salimos y puedo jurar que la tensión entre ellos era extrema. Después de caminar unos cuantos metros, aún debíamos recorrer una cierta distancia hasta donde estaba ubicado el campo de entrenamiento. —Puedo... hacer... una pregunta. —Adelante, lo que quieras. —Tú y el subteniente Osorio... ¿Tienen algo? Ella se detiene bruscamente y comienza a colocarse roja como un tomate. Abre y cierra la boca, pero ningún sonido sale de ella. —Por... ¿Por qué lo preguntas? —No tienes que responder, si no lo deseas, me ha dado curiosidad... eso es todo. —Bueno... no... no es exactamente cómo te lo imaginas. —Entiendo. —Es que... —Está bien, no tienes que responder. Nada más sentí curiosidad por la tensión que hay entre ustedes dos. —Wanda, si me guardas el secreto te diré la verdad. —Lo prometo, seré una tumba. Sé que es infantil, pero me pude evitar hacer como si cerrará mis labios como si fuera un candado y tirará a quien sabe dónde la llave imaginaria. —Él me gusta desde que comencé mi vida en este país. Para ser exacta, me gusta desde que tenía siete años. Él es mi primer amor, jamás he salido con alguien y no he tenido ojos para otro hombre. ¡No olvides guardarme el secreto! —Recuerda que soy una tumba. Después de decir eso, nos reímos y regresamos con los demás. —¿Por qué tardaron tanto? —Lo sentimos, señor. —No importa... todos ustedes escojan una de esas protecciones y formen parejas. ¡Rápido! Esta vez observo que todos no esperan a que el teniente Cruz repita la orden. Todos se acercan y toman sus protecciones que consistían en chalecos pesados para después formar parejas. —Van a correr con una de sus piernas amarradas a su compañero, pasarán toda la pista que pueden ver. Una vez que terminen de recorrer con la pista, comenzaremos el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. ¡A correr! Me había tocado con aquel hombre a quien no había visto nunca en la escuela, sin embargo, lo había visto en el autobús antes. ¿Cómo había dicho que se llama?... No importa, olvidé por completo su nombre, pero era muy guapo. Tenía ojos negros como el carbón o como la oscura noche y cuerpo de atleta, pero nada exagerado... estoy segura de haberles explicado como era su físico antes, pero si no lo hice, debo decir que en serio es muy guapo. Nos amarramos las piernas con rapidez y comenzamos a correr por la pista que había indicado el teniente. Una parte consistía en subir unas paredes de madera, lo cual fue un poco difícil, debido a la diferencia de altura entre los dos. Luego pasamos sobre unas llantas, después por debajo de una malla, lo cual terminamos embarrados de lodo. Luego teníamos que nadar y llegar al otro extremo de la enorme piscina. Al terminar esa parte de la lista, debíamos correr varios metros para repetir la misma pista, pero en orden diferente. Primero fue el lodo, luego la piscina y después las paredes. Era difícil llevar el ritmo, porque a pesar de que yo era más baja, era más rápida que mi compañero. Y si hablamos de fuerza, bueno... creo que estábamos en igual de condiciones. Cuando llegamos con el teniente Cruz y la subteniente Duarte, observo que ella sonríe, pero él no expresaba ninguna emoción. —Bien hecho, soldados. —¡Gracias, subteniente! —Pueden descansar. —¡Si, señor! Mi compañero y yo nos miramos a los ojos y sonreímos por haberlo logrado. Él se agacha y suelta nuestras piernas de aquel amarre para dejarlas libres. —Tú... lo siento, olvidé tu nombre. —Federico Medina... ¿Y tú eres? —Wanda Mejía. —Basta de presentaciones, ambos tendrán que continuar con su entrenamiento. —¡Sí, señor! —Cada uno de ustedes luchará con la subteniente Duarte. Los dos nos miramos como si no entendiéramos lo que había dicho y luego los vimos a ellos dos, uno por uno. —Subteniente Duarte, no tengas piedad. —¡A la orden, señor! —Tú, muchacho... vas primero. —Sí... El pobre no había terminado de decir su frase, cuando de repente lo veo volando por el cielo y cayendo al suelo. Vaya con la subteniente Duarte... quién diría que es una mujer ruda, con su apariencia, todos creerían que es una dulce damisela en apuros, pero no es así. —Última oportunidad, soldado. —Sí, señora. Federico se levanta rápido e intenta defenderse y atacar al mismo tiempo a su contrincante, pero falla y termina en el suelo de nuevo. —Tu turno Wanda. De no ser por mis reflejos, ya estaría en el suelo. Ambas comenzamos a luchar y aunque ella me ganaba en fuerza, pude durar más tiempo de pie que Federico y responderle algunos golpes. Todos se acercaban para ver nuestro enfrentamiento, menos mal que había decidido entrar por mi cuenta. Lo había hecho para defenderme de cualquier abusivo, pero ahora lo usaba para defenderme de la subteniente, quien, por cierto, no era nada mala en lo que hacía. La adrenalina abundaba por todo mi cuerpo. Ya era momento de decirle adiós a la vieja Wanda y decirle hola a la nueva Wanda.
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