Chapter 3

2121 Words
Carly Morgan apretó con fuerza el trozo de papel arrugado, intentando extenderlo sobre el volante y deshacerse de las arrugas lo suficiente como para que resultara legible. La nota, garabateada a toda prisa, había sido prácticamente ilegible cuando el apuesto desconocido se la dio por primera vez y ahora, casi un año después, descolorida, desgastada y rota tras tanto tiempo metida en el fondo de su cartera, era casi imposible de leer. Gruñendo de frustración, la tiró al suelo. Este era el camino, tenía que serlo. Hacía tiempo que la señal había desaparecido y el asfalto se había convertido en grava. Era el único camino en kilómetros a la redonda. Estrecho y sinuoso. Llevaba al medio de la nada. Recordaba perfectamente la instrucción de girar a la izquierda en la bifurcación y dirigirse a las colinas, pronunciada en ese tono bajo y ronco que incluso ahora, meses después, le cosquilleaba el estómago. Era la única bifurcación a la que había llegado en casi una hora y detrás de ella había unas colinas impresionantes. Las laderas de los Alpes del Sur de Nueva Zelanda, con los picos nevados de las propias montañas a lo lejos, sobresaliendo por encima del valle. Eran majestuosas, hermosas. Era un paisaje precioso, aunque estuviera en medio de la nada. Su mente volvió al año pasado, cuando conoció a sus apuestos salvadores. Estaba desesperada, esperando en el arcén de la carretera desierta durante horas. El GPS que había estado siguiendo la había llevado por un atajo que en realidad no lo era, no había cobertura de móvil y había descubierto, demasiado tarde, que su flamante coche de trabajo no tenía gato. Empezaba a preguntarse si tendría que pasar la noche allí. Había pasado la noche en sitios peores y al menos había una vista impresionante. La carretera estaba tan desierta que cuando la nube de polvo levantada por el maltrecho todoterreno rojo de enormes ruedas fue creciendo poco a poco, pensó que estaba viendo cosas. Hasta que oyó el ruido del motor cada vez más cerca. Se había detenido detrás de ella y tres hombres grandes, sus héroes, se habían bajado. Hermanos, de la Estación de Ryan"s Peak, situada en las colinas. Todos eran altos, anchos de hombros, delgados, musculosos, y muy guapos. Se había quedado a un lado de la carretera charlando con ellos mientras trabajaban y les había dicho que no le importaría ver una estación de montaña algún día. “Debe de ser muy romántico”, comentó con aire soñador. Todos se rieron, pero no la corrigieron. Uno de ellos, un hombre medio maorí, el más alto de los tres, la había invitado a tomar una copa con ellos en el pub local, pero ella se había negado cortésmente. Dijo que tenía que seguir adelante. Ya había perdido demasiado tiempo en mitad de la nada; quería volver a la ciudad antes del anochecer. Así que se marcharon sin ella, pero no antes de que otro de ellos le pusiera un papel en la mano. “Aquí”, le había dicho. “Como encontrarnos.” El guiño que le dedicó le había conmovido por dentro y se había arrepentido de su precipitada negativa a tomar una copa con ellos, pero antes de que pudiera cambiar de opinión, él había vuelto al todoterreno y se habían marchado a toda velocidad, levantando polvo tras de sí, y ella se había quedado sola una vez más. - Esto tiene que ser, - murmuró para sí misma, tomando la bifurcación de la izquierda. - Oh, bueno, aquí o nada. Además de estar tan polvorienta que pequeñas partículas de suciedad entraban por las rejillas de ventilación y se le pegaban a la cara y al pelo, la carretera estaba llena de baches y surcos. Su sedán no era pequeño, pero tampoco tenía ruedas grandes como el todoterreno que ella recordaba, traqueteaba y daba tumbos. Redujo la velocidad. - Maldita sea, esta carretera es horrible, - murmuró, agarrando el volante con más fuerza para sortear los agujeros. La carretera parecía no tener fin. ¿Qué decían las indicaciones apenas legibles? ¿12 kilómetros? ¿Seguro que había conducido tan lejos? Miró el velocímetro: iba a paso de tortuga. Tardaría un buen rato en recorrer doce kilómetros a esa velocidad. Siguió conduciendo. Y entonces se detuvo, asombrada. Justo sobre la cima de la colina, a la derecha, el valle se abría a la vista más espectacular que jamás había visto. Una cascada se precipitaba por un acantilado y salpicaba un pequeño estanque. Un arroyo serpenteaba por el fondo del valle. El ganado se esparcía por las llanuras del río. Más atrás, los pastos verdes daban paso a los cultivos y, más lejos, las colinas se convertían en matorrales. A su izquierda se alzaban los Alpes del Sur, con sus cumbres nevadas, imponentes y poderosas. Estaba asombrada. Había vivido en Nueva Zelanda toda su vida. ¿Cómo no sabía que existían lugares así? Obligó a sus ojos a volver a la carretera y siguió adelante. Seguro que ya no quedaba mucho. Justo al doblar la siguiente curva, un estrecho camino se desviaba a la izquierda. Estación Ryan"s Peak, según el cartel de madera que se erguía alto y orgulloso en el prado. ¿Era aquí? Tenía que serlo. Las mariposas de su barriga intentaron escapar mientras conducía el coche por el paso para el ganado, preparándose para los baches. ¿Qué iba a hacer si éste no era el lugar? ¿Y si resultaba que había venido hasta aquí para nada? Las palmas de las manos le resbalaban en el volante, pero no podía hacer otra cosa que seguir conduciendo. Las vallas a ambos lados del camino de entrada hacían imposible dar la vuelta y ella no era muy buena dando marcha atrás. Nunca lo había sido. Mientras avanzaba, era una buena conductora. Pero hacia atrás... Eso nunca había tenido sentido para ella. Y ciertamente no iba a intentar dar marcha atrás sobre la valla ganadera. No cuando había barreras de hormigón a ambos lados, esperando a que las golpeara. No. Prefería arriesgarse con lo que había al final del camino. Contuvo la respiración mientras avanzaba. Había árboles más adelante. El tejado de una casa era apenas visible a través de las hojas. Al otro lado había un cobertizo enorme, una monstruosidad de chapa ondulada sin puertas que parecía albergar un sinfín de maquinaria agrícola. Reconoció un tractor, pero nada más. Todo lo demás le resultaba completamente extraño. Tragó saliva nerviosa. Estaba tan fuera de su ambiente. ¿Por qué había venido? ¿Qué le hacía pensar que se acordarían de ella? Probablemente habían rescatado a docenas de damiselas en apuros de la carretera. Se detuvo frente al cobertizo, puso punto muerto y apagó el motor. Un perrito chillón, un fox terrier por lo que parecía, salió corriendo del cobertizo, alertando al mundo de su llegada de la forma ruidosa que solo los perros pueden hacer. Un hombre medio maorí, tan alto y llamativo como ella recordaba, apareció por un hueco entre los árboles antes incluso de que ella hubiera abierto la puerta. Se quedó con los brazos cruzados, mirándola. Casi con desprecio. Un desafío directo en sus ojos oscuros, retándola a salir del coche y enfrentarse a él, pero al mismo tiempo exigiéndole que diera media vuelta y volviera por donde había venido. Respirando hondo, abrió la puerta y salió. Se oyó un silbido agudo y el perrito dejó de olisquear el coche y volvió corriendo a la seguridad del cobertizo. - No vamos a vender. - Su voz era áspera, fría. Nada que ver con el murmullo despreocupado que ella recordaba al borde de la carretera. Ella le dedicó una sonrisa. - Yo no compro. - Entonces, ¿por qué estás aquí? Aparecieron dos hombres más; uno salió de detrás de él, por el hueco entre los árboles, presumiblemente, y el otro salió del enorme cobertizo, con el perrito pisándole los talones. Llevaba su mono azul como pantalón, la mitad superior colgando alrededor de la cintura, las mangas atadas holgadamente a su alrededor, una camiseta que posiblemente había sido blanca alguna vez, pero que ahora estaba manchada en su mayor parte de gris, lo único que cubría su ancho pecho. Tenía los hombros enormes y los bíceps bien definidos. Tenía la cara manchada de grasa. Incluso desde lejos podía ver la suciedad en su desaliñado pelo rubio. Era un desastre. Pero su corazón dio un vuelco al verle. Era un magnífico espécimen de hombría. Colocó la mano en el lateral del cobertizo y se apoyó en él, una postura despreocupada que hizo que los músculos de su brazo se flexionaran. Sintió sus ojos clavados en ella, mirándola de arriba abajo. Le guiñó un ojo y una media sonrisa se dibujó lentamente en su rostro afeitado pero muy sucio. Tenía un hoyuelo en medio de la barbilla. Se devanó los sesos intentando recordar su nombre, el de todos ellos. Todos se habían presentado; habían hablado bastante en el arcén de la polvorienta carretera, hacía tantos meses. Estaba claro que habían pasado muchas cosas desde entonces. Para todos, incluida ella. El hombre del fondo se adelantó. Josh. Recordó su ligera cojera. Aunque todavía medía un metro ochenta, era el más bajo de los tres hombres, el más esbelto, un poco más delgado. La sonrisa que le dedicó sugería que sabía exactamente quien era ella, y quizá incluso por que había venido. - Me acuerdo de ti, - dijo simplemente. - La señorita del arcén. El año pasado. Íbamos de camino al pub. Un viernes por la noche. Un pequeño temblor la recorrió cuando sus miradas se cruzaron. Ella sonrió. - Así es. Josh empujó al hombre más alto que le bloqueaba el paso, con bastante brusquedad, pensó ella, usando su hombro como una apisonadora con demasiada fuerza. Caminó hacia delante, se detuvo un poco lejos de ella y le tendió la mano. Ella tuvo que dar un paso adelante para estrechársela. Su mano se cerró en torno a la suya, la apretó, la retuvo demasiado tiempo. Recordó sus ojos, de un azul sorprendente. No pudo apartar la mirada. - Me preguntaba si volveríamos a verte. - Su voz retumbó sobre ella, tan tranquilizadora ahora como lo había sido entonces. Había una suave dulzura escondida en el rico barítono, una cualidad tierna que la tranquilizó de inmediato y la hizo sentirse segura. - ¡Carly! Ése es tu nombre, ¿verdad? - El hombre que había hablado primero, el que había estado tan interesado en asegurarse de que ella supiera que Ryan"s Peak no estaba en venta, dio un paso adelante. Ahora que sabía que ella no estaba interesada en la propiedad, su porte era más relajado, mucho menos imponente e intimidatorio que al principio. Seguía siendo un hombre grande, alto, ancho, musculoso, y le aceleró el corazón solo con su aspecto y su mera presencia física. Le tendió la mano. - Soy Davo. La fuerza de su apretón, los callos en la base de los dedos, la textura curtida de su áspera palma cuando su mano se cerró alrededor de la de ella, todo confirmó la primera impresión que tuvo de él. Este hombre iba en serio. El último hombre salió del cobertizo y se acercó también. De cerca, era aún más guapo de lo que ella recordaba. E incluso más mugriento de lo que había pensado. - Soy Mike, - dijo. Al igual que los hombres que le habían precedido, alargó la mano para estrechársela, se miró la palma cubierta de grasa, se la limpió en la pernera del mono, la inspeccionó y luego la dejó caer a su lado con una sonrisa tímida que hizo que ella se retorciera de lujuria. - Yo fui quien te cambió la rueda. Sin moverse, ella le devolvió la sonrisa. - Me acuerdo. Aunque estabas un poco más limpio. - Ella ladeó la cabeza y lo miró, observando la suciedad y la grasa, los músculos esculpidos, el cuerpo de buen ver que ella sabía que estaba debajo de la ropa. - Por lo que recuerdo, te aseaste bien. Se pasó ambas manos por el cuerpo antes de guiñarle un ojo pícaramente. - ¿Estás diciendo que hay algo malo en mi aspecto actual? Carly dudó, con una ceja levantada. - Bueno... no estás precisamente limpio, ¿verdad? Él se encogió de hombros. - La limpieza está sobrevalorada. Ella no pudo evitar reírse. - Lo sucio también te queda bien. Mike se rio, una risa ronca y gutural que la hizo reír aún más. - Pareces nuestro tipo de chica. - Hizo un gesto hacia el hueco entre los árboles. - Entra, tómate una cerveza. De todas formas, ya es casi la hora de irse.
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