––––––––
Mientras tomaba su cerveza, Carly estaba de pie junto a la enorme ventana de guillotina con vidrieras de colores en la parte superior, mirando hacia el césped. Era mucho más grande de lo que ella esperaba, y el jardín que lo bordeaba parecía un poco descuidado y deteriorado ahora, pero estaba claro que había sido muy bien cuidado durante muchos años. Más atrás del césped había prados verdes y más a lo lejos, las montañas. Tranquilo. Sereno. Perfecto para escribir las memorias de su abuela con las que llevaba años soñando. Perfecto para curarse. Si tan solo la dejaran quedarse...
- Entonces. - Fue Josh quien habló, su sorprendente mirada azul mirándola de arriba abajo. - Nosotros también te impresionamos, ¿eh? - Él guiñó un ojo, enviando un rayo de electricidad disparando a través de ella. Impresión era un eufemismo. A decir verdad, se había esforzado mucho por apartar a los hombres de su mente. Había continuado con su vida en la ciudad, con su trabajo como representante de ventas de una multinacional y con una vida social activa. Pero durante todo ese tiempo, los apuestos hombres que había conocido en la carretera permanecían en su mente, fuera de su alcance, perturbando su ajetreada vida urbana. Y cuando todo se torció, dejándola rota, magullada y destrozada, supo que este lugar, su lejanía y soledad, sería perfecto para ayudarla a sanar.
Sintió que se sonrojaba, solo ligeramente, por las palabras de Josh. La habían impresionado, ¡sin duda! No se podía negar.
- Bueno, obviamente seguiste esas indicaciones y viniste aquí especialmente. Como estamos tan lejos de los caminos habituales, no puede ser que estuvieras de paso, - señaló.
- Me has pillado, - admitió ella. Se volvió hacia los hombres y se apoyó en el alféizar de madera maciza. - Me despidieron del trabajo y pensé... - ¿Cuánto debía decirles? No quería mentir, pero no podía decirles la verdad. Todavía no. Quizá nunca. Respiró hondo. - Pensé que éste sería el lugar perfecto para hacer algo que he querido hacer durante años: escribir las memorias de mi bisabuela. Esto es hermoso, tranquilo... perfecto. - No mentía: quería escribir las memorias. Pero lo más importante era que le daba una tapadera para los recuerdos de los que intentaba escapar. Algo en lo que concentrarse, a lo que dedicarse de verdad, podría silenciar los flashbacks que atormentaban su alma.
- Ah. Quieres utilizarnos, - dijo Mike.
- ¡No!, - negó ella rápida y acaloradamente.
- ¿Quizá nos gusta que nos utilicen?, - dijo Davo, con una fuerte insinuación en el tono.
Ella sintió calor en la cara. Antes se había ruborizado, pero ahora... espasmos sacudieron su coño ante las palabras de Davo. Sonrojarse era quedarse corta. Si su cara se calentaba más, estallaría en llamas.
- Me parece un poco preocupante que hayas venido hasta aquí sola.
Ante el tono severo de Josh, Carly lo miró. Tenía una ceja levantada en señal de desaprobación y los brazos cruzados sobre el pecho. A Carly le dio un vuelco el corazón.
- A mí también, - le dijo Mike. - Ha sido una decisión muy imprudente y peligrosa venir hasta aquí tú sola. No hay cobertura de móvil, no tienes forma de pedir ayuda si la necesitas. - La miró con fiereza, con los brazos cruzados contra el pecho, como Josh. Ella se encogió ligeramente bajo su mirada severa.
- ¿Cómo sabes que no somos asesinos con hachas?, - gruñó Davo, con una voz grave y ronca que transmitía claramente su desagrado. - ¿O violadores, o algún otro personaje desagradable?
- Yo os conocí, - señaló Carly, levantando la barbilla desafiante, mirando valientemente a cada uno de los hombres a los ojos. - Habría sabido, al borde de la carretera, si no erais buenos hombres. Mis instintos sobre ese tipo de cosas nunca se equivocan.
- Ya veo. - Davo se acercó a Josh y Mike y cruzó también los brazos sobre el pecho, formando una voluminosa barrera masculina en medio de la habitación, a pocos pasos de ella. Los tres hombres la miraron fijamente, con expresión severa. Rezumaban dominación de macho alfa. - ¿Qué te dicen ahora?, - preguntó Davo.
El corazón de Carly latió con fuerza. Abrió la boca. Volvió a cerrarla. El aire era demasiado denso para respirar; no podía formar palabras. La hilera de hombres que tenía delante agudizaba sus sentidos y hacía arder sus terminaciones nerviosas. Eran tan ardientes. Todos ellos. Individualmente, eran hombres sexys. Pero juntos, unidos en su severa infelicidad por su imprudencia, eran como lava fundida. Una avalancha de delicias de la que no podía apartar los ojos.
Entonces recordó que la había traído aquí en primer lugar. La bonita sonrisa, el guiño pícaro, cuando le entregó la nota garabateada a toda prisa. La voz sexy que la había inundado cuando le puso el trozo de papel en la palma de la mano y cerró los dedos en torno a él. “Aquí. Como encontrarnos.” El mensaje había sido claro.
- Esperad un momento. - Sus manos fueron automáticamente a sus caderas, mirando a cada uno de los hombres a su vez, antes de señalar a Josh. - Tú fuiste quien me dio esa nota. Instrucciones sobre como encontrarte. Tus intenciones eran muy claras. ¿Y ahora tienes la osadía de regañarme por seguir unas instrucciones? - Ella negó con la cabeza. - No lo creo.
La fila de hombres dio un paso adelante, con los brazos cruzados aún apretados contra sus anchos pechos. Los antebrazos fibrosos, los músculos ondulantes, ahora mucho más cerca de ella. Tragó una bocanada de aire pesado. Eran intimidantes, imponentes. Pero no se acobardó. Llevaba demasiado tiempo trabajando en ventas como para echarse atrás fácilmente.
- La audacia no tiene nada que ver con esto, pequeña - retumbó Josh.
- Es tu seguridad lo que nos preocupa, - añadió Mike. - Deberías haber traído a alguien contigo, como mínimo. Por seguridad.
- Fuiste imprudente, querida, - gruñó Davo. - Y la imprudencia merece una reprimenda.
Lo de “pequeña” le puso los pelos de punta, pero al mismo tiempo hizo que se le agitara la barriga de excitación. De repente, sintió los pezones demasiado sensibles contra el suave tejido del sujetador. El aire a su alrededor era eléctrico.
Iban y venían, turnándose para regañarla un poco más. Ella no escuchaba sus palabras, pero sus posturas y su tono severo le hacían sentir debilidad en las rodillas y las piernas se le volvían gelatina. El calor se apoderó de ella.
- ¿Qué tienes que decir en tu defensa, Carly?
- Yo... eh... - Ella ni siquiera sabía quien hablaba, pero la pregunta quedó sin respuesta, flotando entre ellos en el aire pesado. Ella no tenía nada que decir por sí misma. No tenía nada que decir. Y aunque lo tuviera, su boca estaba demasiado seca para pronunciar las palabras. Sentía un hormigueo en la columna vertebral. El coño le dolía de necesidad. Aquellos hombres increíblemente sexys y dominantes no se parecían a ningún otro que hubiera conocido en toda su vida. Estaban fuera de su experiencia de casi una década en el mundo de los negocios, y había conocido a miles de personas en ese tiempo. Estos hombres eran otra cosa. La dejaron sin palabras, impotente y deseosa.
- ¿Y bien? - Josh exigió. - Estamos esperando.
Ella sacudió la cabeza, miró al suelo. Deseó que se abriera y se la tragara entera, en ese momento. La hacían sentir como una niña pequeña y traviesa. Pero al mismo tiempo, la excitaban tanto. ¿Podrían darse cuenta de su excitación? Esperaba que no. ¡Qué vergüenza! Quería irse, pero al mismo tiempo quería más. No tenía sentido. Nada de esto lo tenía. Estaba totalmente confundida.
- No lo sé, - susurró. Contuvo la respiración. La habitación estaba quieta, el tic-tac del antiguo reloj de pie de la esquina era el único sonido.
- Bueno, déjame hacerte otra pregunta. - Josh otra vez. - Ni siquiera llamaste, simplemente apareciste. Tú sola. - La fulminó con la mirada al pronunciar las dos últimas palabras. - ¿Cómo sabías que estaríamos aquí? ¿Y qué habrías hecho si no hubiéramos estado?
Por fin, una pregunta que ella podía responder. Respirando hondo, se enderezó, echó los hombros hacia atrás, levantó la barbilla desafiante y miró a Josh directamente a los ojos.
- Tranquilo, - dijo. - No pude leer el número de teléfono, el papel se me arrugó en la cartera y era prácticamente ilegible. Pero no podía sacaros de mi mente. Tenía que venir. Así que me arriesgué. Sí, es una tontería, lo sé - acabo de pasar los últimos minutos escuchándoos a todos explicándome lo tonta que era, - pero tenía que hacerlo. No podía no hacerlo. Si no hubierais estado aquí, habría dado media vuelta y me habría marchado. - Ella se encogió de hombros, tratando de retratar lo mucho que realmente no le habría importado si esto resultaba ser un viaje en vano. - No es para tanto. Mis compañeros de piso aún no me han reemplazado y no tengo otro sitio donde estar.
- ¿Así que no te importa presentarte en casa de desconocidos sin avisar?, - preguntó Mike.
Carly esbozó una leve sonrisa. Parecía tan sorprendido por la idea que a ella le hizo gracia. ¿De verdad creía que era tan indefensa y tímida, como un conejito asustado? No sabía si sentirse insultada o tomárselo como algo tierno y cariñoso.
- Claro que no, - le dijo. - Trabajé en ventas durante años. Mi trabajo consistía en presentarme en casa de desconocidos y en un montón de negocios sin avisar. Era lo que hacía todos los días. Para mí no es nada del otro mundo.
- No es seguro, - gruñó Josh.
Carly se encogió de hombros.
- Nunca he sufrido ningún daño.
La mirada que Josh le dirigió era tan severa, tan dominante, tan sexy, que una oleada de lujuria la recorrió desde la cabeza hasta los dedos de los pies.
- Yo diría que tuviste suerte.
- Mmmm. Tal vez.
Se hizo el silencio por un momento mientras chispas de electricidad zumbaban por la habitación, el aire tan vivo que casi crepitaba. Sintió un hormigueo en la piel. Sus pechos se tensaron aún más, tan sensibles que el encaje de su sujetador ahora se sentía casi tan áspero como papel de lija.
- Así que quieres escribir unas memorias. ¿Es la única razón por la que has venido? - Una vez más, la pregunta de Davo estaba llena de insinuaciones. Carly se mordió el labio y sintió que su rostro se encendía aún más. ¿Cuánto más podía ruborizarse antes de autoexplotar?
- Eh... no, - admitió. - Creo que este lugar será perfecto para permitirme hacer eso, pero no. No he venido solo para eso. - Se movió nerviosa, golpeando con los dedos el lateral de su botella de cerveza.
- ¿Por qué entonces? - Preguntó Mike. - La verdad, Carly.
- No podía dejar de pensar en vosotros, - admitió. - En todos vosotros.
Hubo un silencio total mientras los hombres digerían sus palabras. Carly contuvo la respiración.
- ¿Todos nosotros?, - preguntó Mike.
- Sí, - susurró ella, tan bajo que era un milagro que los hombres la hubieran oído. Levantó la vista con cautela y miró a cada uno de ellos a los ojos. Los sorprendentes ojos azules de Josh eran eléctricos. Los de Davo ardían de pasión. Los de Mike brillaban peligrosamente.
- ¿Así que quieres compartirnos? - La voz de Mike era ronca. - Interesante. Nunca habíamos compartido a una mujer.
- Pero estaríamos dispuestos a intentarlo, - anunció Davo.
- Sí, - asintió Josh. - Sabemos muchas maneras de dar placer a una mujer. - Le guiñó un ojo pícaramente, haciendo que su corazón se agitara salvajemente. - Creo que estarás satisfecha, aquí con nosotros.
Para evitar responder, Carly se llevó la botella de cerveza a los labios e inclinó la cabeza hacia atrás, tragándose el resto de la bebida de un trago. Si su cara se calentaba más, estallaría en llamas. Estaba acostumbrada a frases para ligar mucho más sutiles y a hombres mucho menos dominantes. ¿Y tres hombres a la vez? j***r. Ni siquiera había pensado en eso, la verdad, pero ahora que lo habían mencionado... se retorció al sentir la humedad brotando entre sus piernas, el latido de su corazón acelerado. ¿Tres hombres? La idea era muy excitante. Mucho más que el plan que había tenido de conocerlos a todos y luego elegir al mejor. No, tres hombres a la vez era mucho mejor que eso.
- Esperamos que sigas nuestras reglas, - le dijo Mike.
- Y que te sometas a nuestros castigos si no lo haces, - añadió Davo.
Ella se quedó paralizada, con la botella de cerveza en los labios, y casi se atraganta con la amarga bebida.
- ¿Qué?, - balbuceó, absolutamente estupefacta. - ¿Qué has dicho? ¿Algo sobre reglas? ¿Y castigos?
- Sí.
No sabía cual de los hombres había hablado. Podría haber sido cualquiera de ellos. Todos exudaban la misma aura masculina y dominante de macho alfa mientras estaban allí, hombro con hombro. Todos tenían una expresión severa, pero sexy. La química en la habitación era electrizante. Quería indignarse. Quería tirar su cerveza y salir de la habitación indignada. Darse la vuelta e irse. Pero no pudo. Algo en la forma en que se habían turnado para regañarla y dejarle el coño húmedo y apretado la hizo quedarse donde estaba.
- Sabéis que soy una mujer adulta, - señaló. - No necesito reglas.
- Sí, eres una mujer adulta, - estuvo de acuerdo Mike. - Una muy hermosa. Y si vas a quedarte aquí, con nosotros, vamos a disfrutar convirtiéndote en nuestra mujer. - El énfasis que puso en la palabra nuestra no le dejó ninguna duda de lo que tenía en mente. Estaba claro que pensaban en mucho más que una simple compañía.
- Cuidaremos de ti, - dijo Davo. - De todas tus necesidades. - El guiño pícaro que le hizo no le dejó ninguna duda sobre a cual de sus necesidades se refería en concreto.
- Y habrá reglas, - insistió Josh. - Pero serán para mantenerte a salvo. Las cosas son muy diferentes aquí a lo que son en la ciudad. Tu seguridad será nuestra prioridad.
- Al igual que tu placer, - añadió Mike. - A veces podemos poner reglas para aumentar tu satisfacción s****l. - Hizo una pausa y guiñó un ojo antes de añadir: - Y la nuestra.
- Y serás castigada si rompes nuestras reglas, - dijo Davo con severidad. - No importa cuales sean.
Carly no sabía si darse la vuelta y correr o quedarse donde estaba. Su cabeza le decía que corriera. Su cuerpo traidor, el coño chorreando sus jugos, las palmas húmedas temblando de excitación, el corazón palpitante, los pulmones a punto de estallar por no poder respirar el aire espeso, le decían que se quedara. La forma en que los hombres hablaban, uno tras otro sin interrupción, los unía de una manera que ella nunca había experimentado antes. Era como si lo hubieran ensayado antes, pero ella sabía que no. Su dominación masculina la tenía cautivada. Juntos, hicieron que su mundo girara sobre su eje.
No podía marcharse. Sabía que si lo hacía, nunca, por el resto de su vida, sacaría este encuentro de su mente y siempre se arrepentiría de no haberse quedado para ver a donde la llevaba. Porque ahora mismo, sonaba muy, muy intrigante.
Respiró hondo, se armó de valor y se revolvió el pelo por los hombros con un leve movimiento de cabeza, esbozando una sonrisa coqueta. Miró a cada uno de los hombres a los ojos, brevemente, por turnos.
- ¿Qué reglas tienes en mente?, - preguntó. - ¿Y qué castigos?
Los tres hombres sonrieron al mismo tiempo, sus sonrisas iluminaron sus ojos, las líneas de la risa relajaron sus rostros y los hicieron parecer aún más sexualmente atractivos.
- Todo eso se puede discutir, - dijo Mike, con la voz ronca por la excitación. Sus ojos brillaban de pasión. Se había quitado el mono y ahora estaba delante de ella con una sucia camiseta y unos pantalones cortos. Ella apartó los ojos de los suyos y dejó que su mirada recorriera su cuerpo, observando la grasa, los músculos, el bulto en la parte delantera de los pantalones cortos. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Tragó saliva. Asintió a los tres hombres.
- Me apunto.