Casi había regresado al patio, su corazón latiendo con fuerza y su cabeza dando vueltas por lo ocurrido cuando su teléfono celular sonó en su bolsillo trasero. Se deslizó hacia el pasillo al lado.
—¿Hola?
—Hola, soy yo. Consuela.
Su editora. La mejor y más maravillosa persona del planeta junto a Sloane y Halima, según ella.
—Hola tú. ¿Qué puedo hacer por ti?
—¿Conseguiste una autorización firmada para la foto que usaste en tu portada?
Detuvo sus pasos.
—Um, no. Tengo su autorización verbal. Está grabada.
Consuela suspiró.
—El departamento legal dice que no es suficiente. Especialmente por la forma en que se está alterando la foto. Han redactado un documento específico. Te lo voy a enviar por correo electrónico, pero necesitas obtener la firma de este modelo para poder lanzar el libro. Retrasamos el lanzamiento cinco días para que pudieras hacer este cambio en tu portada, y admito que me gusta más, pero necesitamos la autorización adecuada.
—¿Por qué no podemos usar la verbal?
—Porque tú y yo sabemos que fue coaccionada y no especificaba que iba a estar sin camisa, y la foto lo mostraría con equipo b**m.
—Pero…
—No hay peros. Tenlo para mí al final del día o mañana por la mañana volvemos a la portada original.
—Joder. —Escuchó pasos pesados en las escaleras y se metió debajo de la escalera para evitar ser vista por el hombre gigante que respiraba con dificultad—. Realmente me gusta más esta portada.
—A mí también. He enviado la autorización. Hazlo o legal dice que cambiamos de nuevo.
—¡Está bien! —Golpeó su cabeza contra la pared detrás de ella. Salió al patio para ver a Cruz sentado de nuevo en la mesa y su rostro estaba impasible como si nada hubiera pasado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Odin con un gruñido.
—Atendiendo una llamada de mi editora. Papi, ¿puedo usar tu impresora en tu oficina? Necesito imprimir un contrato. —Le lanzó una mirada a Cruz, quien levantó una ceja hacia ella.
—Cariño, no necesitas preguntar. Si necesitas usar mi computadora para verlo mejor que en tu teléfono, la contraseña…
—No. Está bien. Creo que puedo conectarme a distancia a tu impresora.
Caminó de regreso a la oficina de su padre arrastrando los pies por el suelo. ¿Cómo iba a lograr que el hombre que podría ser el doble de Shrek firmara esto sin leerlo? Dio un puñetazo al aire con frustración mientras esperaba que el documento se imprimiera.
Se alegró de que fuera solo una autorización de una página, pero eso también significaba que él podría estar inclinado a leerla. También podría rescindir su autorización, y tendría que usar la portada previamente acordada. La otra portada era buena, pero tener a Cruz Hawley representando al gran protagonista masculino en la historia que escribió sobre un oficial espacial alienígena buscando a una mujer criminal humana era demasiado dulce para dejarlo pasar. Cruz era corpulento como había descrito a su protagonista masculino y, aunque era una criatura roja en la portada del libro vistiendo nada más que un montón de correas de cuero, no habría duda de que su rostro sería el rostro de su hombre espacial.
Sus ojos captaron la línea del contrato que hablaba sobre materiales promocionales y de repente dibujó una visión en su cabeza de una figura de tamaño natural de la foto editada de él. Quería esto con ansias que podía saborearlo. Agarró su teléfono y llamó a Sloane.
—Chica, esto más vale que sea bueno porque estoy a punto de entrar en mi cita de café con el chico de contabilidad.
—Lo sé. Aquí está la cosa. No puedo usar la foto de Cruz si no firma una autorización.
—Joder. La otra portada todavía era buena.
—Dijo que sus acciones sufrieron un golpe por mi escena. También perdió el trato. Cincuenta millones.
—¡Santo cielo! ¡No puede ser! —Sloane jadeó—. ¿Sabes cuánto dinero es eso?
—Más de lo que veré en mi vida. —Resopló—. Quiero decir, no puede hacerme pagarle, pero realmente me gusta mi nuevo diseño de portada. Sin mencionar cuánto le va a volver loco cuando se dé cuenta de qué trata este libro.
—Lo odias tanto.
—No tiene ninguna razón para haberme fastidiado. Ni una sola. Su única excusa es que Odin es su mejor amigo, y le pidió que me jodiera, así que lo hace.
—¿Pero por qué?
—Porque papá no puede castigar a Cruz. Si mamá hubiera llamado a tu mamá por algo que hizo Anderson, entonces Anderson habría tenido problemas. Odin habría recibido una patada en el trasero de talla diez de papá y le habrían cortado las mesadas. Cruz era intocable. Su padre nunca estaba cerca. Fue criado por niñeras. No tenía nada que perder y todo que ganar manteniendo a su mejor amigo a su disposición. Es una tontería. Quiero venganza. Quiero esta portada. La quiero con ansias.
—Entonces, consíguela.
—Es peor aún —gimió—. Está aquí en casa para el brunch con tu hermano y el mío. Me acorraló y dijo que su equipo de relaciones públicas está tratando de hacer pasar la semana pasada como una relación amorosa consensuada de juego de roles. Quieren que salga con él en varias citas. —Casi se atragantó con la palabra—. Para respaldar la tontería que dije sobre el juego de roles cuando hablé con la policía.
—¡No!
—Sí. Es una mierda.
—Hazlo. O sea, acepta hacerlo.
—¿Por qué?
—Dile que lo harás si firma la exención para algo que ya prometió que haría. Luego no le des fechas ni horarios. Te vas el martes por la mañana a Europa por un mes. Para cuando regreses, todo esto ya habrá pasado, tendrás tu portada de libro sexy con el verdadero Cruz Hawley como modelo —se rio—, y la historia saldrá con su glorioso pecho al descubierto, y aun así ganas. En el peor de los casos, tendrás que salir con él una o dos veces cuando regreses, pero no vas a volver en treinta y dos días. No es como si te fuera a encontrar en Francia, España o Italia mientras viajas bajo otro nombre. Para cuando regreses, toda esta mierda de esta semana será noticia vieja.
—Cierto. No me va a encontrar en Europa.
—Exactamente.
—Está bien, le diré que haré las citas, pero honestamente preferiría masticar vidrio.
—Yo preferiría darle un beso a tu hermano, y es un sapo. —Sloane resopló—. Hablando de citas, mi cita está en la cafetería esperándome. Haz que firme el contrato. Acepta tus citas. Luego ve a casa esta noche, pon los pies en alto y relájate porque este libro va a ser increíble.
—Gracias, Sloane.
Terminó la llamada y suspiró. ¿Realmente podría lograr que él firmara esto aceptando las citas? Levantó su teléfono y envió un mensaje de texto al número al que lo había llamado la otra noche.
P: Mi editor necesita una exención firmada para usar tu imagen en la portada del libro.
Observó con disgusto los puntos suspensivos en el globo de diálogo. No quería negociar con él.
C: Mis bolas necesitan un mejor beso, pero no te veo aquí haciendo nada por mí.
Apretó los puños y saltó de frustración.
P: Tus bolas nunca estarán cerca de mis labios. Una cita. Entrar a un salón b**m y salir una hora después. Tu equipo de relaciones públicas puede filtrar una foto a la prensa.
C: Cuatro citas. Una de ellas puede ser el salón b**m, pero al menos una en un buen restaurante donde te comportes como una dama. Quizás deberías ver algunos videos de YouTube sobre etiqueta, porque te vi comer con los dedos como un animal hace menos de treinta minutos. También quiero una cita en un club de baile donde la gente te vea moviéndote conmigo voluntariamente y no como si te hubiera obligado a estar allí.
P: ¿Cuatro? ¡Dijiste tres arriba! Dos citas. Una en el salón. Una en el restaurante.
C: Cinco.
P: Creo que te saltaste una clase de negociación en la universidad.
C: Tres y besas mis bolas.
P: Preferiría que un ogro me diera un puñetazo.
C: Tú causaste el dolor. Deberías ser responsable de ello.
P: Cuatro citas. Sin bolas. Firmas la exención antes de irte hoy.
C: De verdad quiero verte de rodillas suplicando con mis bolas en tu boca.
P: De verdad quiero verte en una zanja después de que te atropelle un camión. Mira cómo compartimos nuestras fantasías.
C: Cuatro citas. Sin bolas. Yo firmo. Tú llevas el atuendo que elija para ti para el club b**m.
P: Tres. Sin bolas. Me pondré uno de mis atuendos que ya tengo.
Estaba mintiendo. Había estado en lugares solo por investigación, pero no era su escena en absoluto. No poseería ni una sola cosa apropiada para usar en un club fetiche como una verdadera clienta.
C: Cuatro o no hay trato.
Pisoteó furiosamente.
—¡Maldito orco gigante! —Respirando profundamente, alejó su energía negativa.
P: Está bien. Cuatro, pero firmas esto ahora.
C: Voy para allá, cariño. Solo le estoy diciendo a la mesa que estoy seguro de que envenenaste mi café con un laxante como la pequeña perra astuta que eres.
P: Te odio.
C: Igualmente. Aunque me encanta la idea de que me la chupes.
P: Ni en un millón de años. Estoy en la oficina de papá.
Tres minutos después, escuchó sus pasos pesados bajando por el pasillo. No había manera de que este hombre hubiera estudiado artes marciales porque caminaba como un gigante deambulando torpemente por una aldea en un cuento de los hermanos Grimm.
—¿Dónde está?
—Aquí —gruñó con enojo—. Fírmalo para que pueda escanearlo y enviarlo de vuelta. Aparentemente, el departamento legal dijo que tu acuerdo verbal no es suficiente.
—¿Qué foto usaste?
Ella mostró la versión sin editar del sitio web de rugby.
—Esta.
—No llevo camisa.
—Será editada. Ni siquiera se verán los pezones. —Se aseguró de mantener una expresión seria. No habría pezones porque el arnés de cuero que fue editado digitalmente sobre el impresionante físico incluía anillos de metal estratégicamente colocados en el centro de su pecho.
—¿Dijiste que es un libro sobre un policía y un criminal?
—Sí. Están tratando de resolver el asesinato del mejor amigo del criminal, de quien se les acusa de haber matado, pero el policía no está seguro de poder confiar en las palabras de un delincuente convicto. Cada vez que descubren una pista, apunta al criminal, pero es obvio que es una trampa. Sin embargo, el policía no confía en nadie. No puede decidir si el criminal está haciendo que parezca una trampa para jugar con él o si es una trampa real.
—Vaya. — Firmó su nombre en el documento y se lo devolvió. Se meció sobre sus talones, con las manos metidas en los bolsillos mientras ella escaneaba el papel firmado y esperaba a que se subiera a su teléfono—. ¿La gente realmente lee estas obras de ficción?
—Sí.
—Yo soy más de leer no ficción.
—No me sorprende.
Estaba parado detrás de ella mientras abría el documento escaneado y lo enviaba a su editora. Ella le sacó una foto por encima del hombro y él frunció el ceño.