—Vine con Anderson, ¿me puedes dar un aventón? —Cruz le preguntó frustrado mientras salían.
—No voy hacia donde vas tú.
—Ni siquiera preguntaste a dónde voy. Cuando llegamos aquí, tu mamá dijo que compraste un condominio en el centro, en Cordova. Me mudé a mi lugar en Coal Harbor hace unas semanas. Las pequeñas renovaciones que necesitaba ya están terminadas. Dijiste que ibas a casa a hacer la colada, así que supongo que vamos en la misma dirección.
—Dijiste que necesitabas irte porque tu técnico dijo que había una emergencia.
—Necesito mi portátil que está en mi casa. Puedo ir desde allí una vez que llegue. Vamos. Sálvame de tener que llamar a un servicio de transporte. ¿Por favor?
Nunca había escuchado esa palabra salir de sus labios antes y decidió que sería una tortura para él meter su gran cuerpo en su pequeño coche.
—Está bien.
Hizo clic en su llavero y casi se rio cuando él se vio obligado a encajarse en el pequeño sedán. No conducía muy a menudo, y el coche pasaba más tiempo en el aparcamiento asignado a ella en el edificio del condominio que en cualquier otro lugar. Viviendo en el centro, podía caminar casi a cualquier lugar sin problemas y el Skytrain iba prácticamente a cualquier lugar al que necesitara ir si era necesario.
Se estaba riendo mientras él metía la mano debajo del asiento y empujaba el asiento hacia atrás tanto como podía y lo reclinaba también, y sus rodillas aún tocaban el tablero. Deslizándose en su asiento, arrancó el coche y le lanzó una mirada mientras él alcanzaba el cinturón de seguridad.
—Trata de no provocar un accidente a propósito. —Soltó el cinturón cuando se dio cuenta de que no podía insertarlo en la ranura en la posición en la que estaba.
—Solo porque odiaría pagar por un parabrisas nuevo —resopló mientras ponía el coche en movimiento.
Estuvieron en silencio mientras conducían por las calles y luego Cruz habló interrumpiendo el silencio.
—¿Todos los brunches que tienes con Odin son así de volátiles?
—Sí.
—¿No lo estaba haciendo simplemente para nuestro beneficio?
—No. Por Dios, no. Tiene un complejo que no te imaginarías. Es tu mejor amigo. Lo conoces mejor que nadie.
—No es así —señaló en la dirección que dejaron—, cuando somos los tres. Sin embargo, no lo he visto en persona durante casi un año. Vino a Toronto el verano pasado por un par de semanas. No estaba enojado como hoy.
—Bueno, lo guarda para nosotros, supongo. —Se encogió de hombros—. ¿Cómo es cuando sales? ¿Como en un bar o un club?
—Dios, no he salido de fiesta en unos cinco años, pero en el bar es normal. —Cruz se rio.
—¿En serio? Me recuerdas a alguien que siempre está de fiesta y de viaje exótico.
—Ni siquiera he tenido vacaciones desde que me mudé al este. He estado trabajando dieciséis horas al día, siete días a la semana la mayor parte del tiempo, y el tiempo libre que tengo, lo dedico a jugar rugby. Jugaba en una liga en Toronto. Necesito encontrar una aquí. Es una buena forma de liberar tensión; de lo contrario, todos mis empleados terminarían renunciando. Voy al gimnasio y otras cosas, pero el trabajo es donde ha estado mi mente desde que salí de la escuela.
—¿No vas a clubes? ¿No bailas? —preguntó ella.
—Dos pies izquierdos. No estoy hecho para ser elegante. Anderson tiene movimientos. Es todo ágil como una suricata. Se acerca con sigilo a las mujeres en el club y hace este movimiento por el cual cualquier otro hombre en el planeta recibiría un puñetazo. Estuve con él una vez en Montreal donde trabajaba en IT. Salimos a cenar a este lugar tipo bar restaurante y la música sonaba por encima. Vio a esta chica tomando una copa sola en el bar y, honestamente, hizo este movimiento de contoneo hasta llegar a ella, y te juro que salió del bar con sus bragas en el bolsillo. Si intentase lo que él hizo, me habría estrellado contra cada mesa y silla en el camino y probablemente me habrían arrestado.
Ella se rio a pesar de sí misma.
—Anderson y Sloane son iguales. Sloane se acercó a un chico en uno de los departamentos de la empresa para la que trabaja el jueves pasado y le dijo… —imitó la voz de Sloane—: “tú y yo, café, domingo a las once, no llegues tarde”.
—¿Él fue?
—Sí. Está allí. Recientemente comenzó a trabajar en su empresa. Ella descubrió que estaba soltero y dio el primer paso. Sin riesgo no hay gloria es su lema.
—¿Cuál es tu lema? ¿Cómo consigues al chico?
—¡Como si! —Ella negó con la cabeza—. A mi último novio lo conocí en el gimnasio cuando corrigió mi posición de yoga. Él fue quien dio el primer paso. Continuó corrigiéndome en cada cosa durante los siguientes seis meses. Fue cuando corrigió mi orgasmo que supe que debía irse.
—¿Qué hizo ahora?
—Corrigió mi orgasmo. Verás, él sentía que solo debía tener un orgasmo con él y no con un juguete. Cuando no logró darme un orgasmo durante un episodio muy breve, pero típico, agarré mi juguete para terminar el trabajo. Me dijo que mi falta de orgasmo se debía a que mi cuerpo dependía de dispositivos. Luego dijo que mi orgasmo sería mejor y más satisfactorio si no me masturbara. Estaba equivocado. Fue mucho más satisfactorio cuando él no estaba presente.
Ella se detuvo en un semáforo en rojo y le lanzó una mirada a Cruz, solo para verlo sosteniendo su pecho con horror.
—No puede ser que haya dicho eso.
—Claro que lo hizo.
—¿Qué tan breve fue breve con él?
—Menos de dos minutos. No soy una de esas chicas que necesita ir dos horas cada noche con múltiples y revolcarse como animales. Estoy muy contenta con uno o dos orgasmos y luego una buena noche de sueño.
—¿Por qué te quedaste con él seis meses?
—Los primeros tres meses puso esfuerzo. De hecho, disfruté del sexo hasta que dejé de disfrutarlo.
—¿Cuál fue tu relación más larga?
—Mi compañero de cuarto en la universidad. Estuvimos juntos desde el primer curso hasta el cuarto. Lo amaba —dijo en voz baja—. Le ofrecieron un trabajo en una empresa de IT en Texas. Estuve esperando que me pidiera ir con él. Podía escribir desde cualquier lugar, ¿sabes? Hago un poco de edición para una pequeña empresa en Vancouver como un trabajo adicional. Me ayuda con mi propia escritura, pero aún no trabajaba allí. Él nunca me pidió que fuera. Luego, el día que se suponía que iba a tomar su avión y marcharse, simplemente lo hizo. Él ni siquiera me pidió que lo acompañara al aeropuerto. Dijo que su mamá lo llevaría y eso fue todo. Después de cuatro años y tres meses, se fue sin mirar atrás.
—Jesús. Debiste haber estado destrozada.
—Lo estuve. Lo escribí en una de mis historias y lo maté con fragmentos al corazón de una computadora que explotaba. Fue catártico, pero aun así lloré durante un año entero.
—¿Volviste a saber de él? —quiso saber Cruz.
—Sloane, que, si no lo sabías, es una maga con las computadoras y hace que su hermano parezca un aficionado, lo hackeó una vez por mí después de una cita a ciegas espectacularmente mala. Quería saber si era tan miserable como yo. Fue dieciocho meses después de que se fue.
—¿Y?
Ella sonrió.
—Su jefe lo odiaba en Texas, y él estaba realmente miserable. Todos los hombres allá son grandes y machos, y él no lo era. Su jefe le dirigía cada correo electrónico como Stickman. Su historial de navegación estaba lleno de búsquedas de empleo y perfiles de citas, pero cuando eres un hombre que pesa cincuenta kilos mojado en una ciudad donde todos los hombres llevan armas y caminan con aires en botas y sombreros de vaquero. —Dio un silbido bajo y lastimero—. Es una vida bastante triste. Uno de los intercambios de mensajes en su perfil de citas después de una cita de café fue la mujer acusándolo de hacerse pasar por otra persona porque solo medía 170 centímetros.
—¿Todavía está allí?
—No lo sé. Nunca volví a mirar. Lo saqué de mi sistema. Vi a su mamá hace unos años en un mercado de agricultores y fingí no reconocerla cuando me saludó. —Ella notó que él presionaba sus manos contra el tablero cada vez que ella tocaba el freno y lo hizo un poco más violentamente por diversión y él le lanzó una mirada exasperada. Ella se rio—. Eres demasiado grande para mi carro.
—Tengo mi propio coche, pero prefiero andar en mi moto. Tengo una Harley, y me gusta no sentirme restringido ni en un espacio confinado cuando la manejo.
—¿Debe ser difícil para salir o a las chicas les gusta?
—Mi ex-prometida lo odiaba. Gritaba cada vez que agarraba mi casco.
—¿Estabas comprometido?
—Dos años. —Miró por la ventana, alejándose de ella.
—¿Por qué rompieron? ¿Por la moto?
—No. Ella quería fijar una fecha. Yo no. —Dio una risa seca—. Ni siquiera propuse. Ella lo hizo. Dijo que era un gesto muy feminista, y que no iba a esperar a que yo hiciera una gran propuesta. Incluso me compró un anillo para poner en su dedo.
—No me digas. —Ella estaba horrorizada—. No lo hizo. ¿Y tú dijiste que sí?
—Ya vivíamos juntos. La amaba. ¿Por qué no? Luego ella quería fijar una fecha. Yo estaba trabajando en este enorme proyecto de miles de millones de dólares, y estaba en medio de un lío, y estaba sentado en mi oficina en casa tratando de descifrar algunos datos y ella seguía hablando y hablando de fechas. Ella se enfadó y dijo que si no quería fijar una fecha, que lo dijera, y yo dije que no.
—¿Dijiste eso o dijiste eso?
—Lo último y no le pareció gracioso. Llegué a casa al día siguiente del trabajo y todas sus cosas se habían ido. La llamé. Me acusó de no estar en la misma sintonía que ella. Sentí que no entendía que estaba en medio de algo importante cuando me estaba fastidiando. Se enfadó por la palabra “fastidiando” y me colgó después de decirme que habíamos terminado. Cuando no fui detrás de ella rogándole que volviera a casa, vandalizó mi coche. Terminé teniendo que conseguir una orden de restricción, cambiar mis números y todo lo demás.
—¿Hace cuánto fue esto?
—Dos años.
—¿Ella estaba en Toronto?
—Hasta donde sé, todavía está allí, y puede quedarse allí pudriéndose. Es curioso cómo puedes amar a alguien tanto que piensas que el sol le sale por el ombligo y al día siguiente quieres tirarlo desde lo alto de la CN Tower para verlo estrellarse.
Ella le lanzó una mirada de disgusto.
—Qué espantoso.
—Pintó mi Maserati plateado con pintura negra en aerosol y puso fotos de mi pene en el buzón de cada persona del edificio en el que vivía. —Le lanzó una mirada de fastidio—. No fueron daños por cincuenta millones de dólares, pero fue suficiente para saber que debía contar mis bendiciones de que dejara mi condominio.
—¿Recuerdas cuando le puse azúcar a tu tanque de gasolina?
—¡Sabía que fuiste tú! —Se giró y le siseó mientras golpeaba su tablero—. ¡Lo sabía!
Ella sonrió.
—Ah, buenos tiempos. Debería pedirle a Sloane que me busque el nombre de tu ex y obtener algunas ideas de ella.
—Todavía me duelen los huevos. No me hagas incluirlos en el contrato cuando nos veamos el martes.
—Nunca va a pasar, Cruz. Nunca va a pasar. —Ella puso el intermitente mientras se acercaban a su vecindario—, No estoy lejos de aquí. ¿Quieres que te deje en tu puerta o puedes caminar los seis minutos hasta Coal Harbor?
—Puedo caminar. También será bueno si los paparazzi me ven caminando desde tu casa.
—Nadie sabe dónde vivo.
—¿No eres una autora famosa? —preguntó él.
—Escribo bajo un seudónimo. Nadie reconocería mi cara. —Ella se detuvo en la acera—. Está bien, sal.
Él se rio.
—Tan jodidamente cortés.
—Ni siquiera un poco. Adiós, Cruz. Hasta que nos encontremos de nuevo en circunstancias horribles y tensas.
—Igualmente, Ladybird.
Él salió del coche y cerró la puerta un poco fuerte. Golpeó el capó del vehículo y se alejó con paso despreocupado.
No pudo evitar reírse cuando él se dio la vuelta de repente y le levantó el dedo del medio antes de continuar su camino.