Presley apartó su mano de la de él y lo abofeteó. —¿Qué te ocurre? ¿Perdí peso porque estaba estresada? ¿Por qué tengo que ser yo la que esté estresada? —Estaba inventando una razón para que no tuvieras por qué tener un anillo. —¿Qué tal si nunca me diste uno? —le gruñó. —Bueno, eso arruinará nuestra historia. ¿Quieres que te consiga un anillo, Ladybird? —Vete a la mierda —gruñó ella y agitó las manos, frustrada—. Estas vacaciones se están yendo al carajo y estoy harta. ¿Podemos volver a nuestra habitación ahora? —¿Por qué estás tan enojada? —¡Ni siquiera lo sé! —refunfuñó. —Deberías alegrarte de que esté aquí. Imagina si no estuviera y estuvieras aquí en este complejo turístico sola enfrentándote a los Algernons y los Parises del mundo. Sería horrible. —Pero no me alegra que esté

