De nuevo, Edward llegó tarde a la empresa, y algo agotado. Madison lo estaba consumiendo hasta dejarlo sin nada, aunque él estaba muy feliz de que aquello sucediera. —¿Dónde demonios estabas? —preguntó Sebastián con nerviosismo cuando él salió del ascensor. Lo esperaba parado en el escritorio de la recepción para abordarlo apenas pusiese un pie en el piso. —Almorzando con Madison. —¿Almorzando con Madison o almorzándote a Madison? Edward no respondió, solo le dirigió una mirada iracunda a su amigo. No le gustaba que le preguntaran asuntos tan personales. —Lo siento, se te ve a kilómetros que tuviste sexo. Hasta tienes un poco arrugado el traje. —Maldita sea, ¿se me nota mucho? —preguntó estirándoselo. —¡Bah! No te preocupes, aquí hay puros vírgenes. Nadie lo notará. Caminaron con r

