No todas las mañanas empiezan igual. Algunas se abren con prisas, otras con cansancio, algunas con melancolía… y luego están esas otras, raras, casi mágicas, en las que el mundo parece alinearse para darte justo lo que no sabías que necesitabas. Aquella fue una de esas mañanas. Me desperté con una notificación en el móvil, un correo de Recursos Humanos titulado: "Reunión extraordinaria a las 10:00". Nada más leerlo, sentí el estómago apretarse. Reuniones sin previo aviso eran raras, y mi mente hizo lo que mejor sabía hacer: imaginar lo peor. Llegué a la oficina con el corazón algo acelerado, aunque lo disimulé bien. Me preparé un café, saludé a los compañeros, me puse los auriculares para escuchar algo suave mientras el mundo despertaba del todo. Y entonces vi a Elliot, caminando por el

