El coche avanzaba con lentitud por la carretera de regreso a la ciudad. La luz de la tarde filtrada entre los árboles creaba destellos cálidos sobre el salpicadero, y el silencio entre Dastan y yo ya no era incómodo. Era sereno, compartido. Como si hubiéramos dicho demasiado sin decirlo todo. Mis dedos aún sentían la presión de los suyos bajo la mesa del comedor. Y mi mente repetía, una y otra vez, las palabras de Lilian. “...Tengo la impresión de que serás la última.” No sabía si me intimidaba o me halagaba. Tal vez ambas cosas a la vez. Y lo que más me sorprendía era que no me saliera huir. No esta vez. Dastan rompió el silencio. —¿Estás bien? Asentí. Pero después de unos segundos, me animé a hablar: —Tu madre es… directa. Una sonrisa se dibujó en su rostro. —Sí. La diplomacia no

