Y así pasaron los años. Con llamadas que a veces eran eternas, y otras apenas unos minutos a medianoche. Con mensajes que llegaban en medio de clases, de prácticas, de exámenes, y que me hacían sonreír como tonta aunque estuviera agotada. Dan y yo aprendimos a vivir en pausa. A amar en diferido. A esperar. Cuando podía, él venía al campus. A veces por una noche, otras por un fin de semana entero. Y cada vez, lo sentía como una chispa encendiendo todo lo que el día a día había dejado en sombras. Su presencia volvía todo más brillante, más fácil. Más yo. El reencuentro siempre era fuego. Era deseo contenido que explotaba apenas cruzábamos una mirada. Me bastaba un roce, una sonrisa suya en el umbral, para que mi cuerpo recordara todo lo que era suyo. Y nos perdíamos, sí. Entre sábanas,

