No dormí esa noche. Ni un segundo. Dastan se fue sin decir palabra. Cerró la puerta con el mismo silencio con el que había llegado, pero dejando un eco imposible de apagar. Me quedé en la cocina, con las luces apagadas, respirando el mismo aire que él había dejado contaminado de algo que no podía nombrar: ¿culpa?, ¿deseo?, ¿una derrota compartida? Intenté reconstruir mentalmente lo que había pasado. Buscar lógica. Coherencia. Pero no la había. Solo dos personas rotas, mirándose desde los extremos de una guerra que ya no sabían cómo detener. Encendí una vela. El único gesto de calma que me quedaba. Sabía que lo que había ocurrido no era perdón. No era reconciliación. Era una grieta. Una más. Pero esta vez en un lugar que aún dolía, que aún palpitaba. A la mañana siguiente, el comunicad

