Volvimos a la oficina después del café como si el día no nos hubiera pasado por encima, aunque ambos sabíamos que sí. Las horas siguientes se nos fueron entre llamadas, ajustes de última hora y un cliente que decidió, con una puntería casi cruel, que quería rehacer media campaña para mañana. Porque claro, mañana es un universo mágico donde todo se puede. —¿Esto es normal aquí? —preguntó Dastan, mientras revisábamos la presentación por tercera vez. —¿Lo de que los clientes decidan improvisar al borde del abismo? Completamente. Esta es la parte glamourosa de este mundo —respondí sin apartar la vista del ordenador. —Y yo que pensaba que iba a estar rodeado de copas de champán y lluvias de ideas creativas. —Eso es solo los viernes. Algunas veces. Si el cliente paga. Dastan rió por lo bajo

