Entré a la cafetería más por inercia que por necesidad. No tenía hambre. Tampoco sueño. Lo que sí tenía era la cabeza hecha un nudo y una presión en el pecho que no se había aliviado desde la llamada con Ireland el día anterior. Afuera hacía frío, de ese que se cuela por las mangas del abrigo y se instala en la espalda como un peso invisible. Pero adentro estaba cálido, acogedor. Me acerqué al mostrador para pedir algo liviano y entonces lo vi, a Henry. Estaba sentado en una de las mesas del fondo, con una taza entre las manos y la vista perdida en la ventana. No vestía como de costumbre. Llevaba jeans, un suéter gris y cara de quien había dormido poco. Me acerqué, y al escuchar mis pasos levantó la vista. Su sonrisa fue leve, casi forzada. —¿Puedo sentarme? —pregunté. —Clar

