La graduación de Ireland fue más emocionante de lo que había imaginado. La vi subir al escenario con ese vestido blanco precioso, los tacones que decía que eran "poco prácticos pero necesarios", y el birrete ladeado como si fuera una corona. La aplaudimos hasta quedarnos sin palmas. Estaban sus padres, Jeremy —con su eterna sonrisa de chico bueno— y, por supuesto, Dan, de traje oscuro y mirada llena de orgullo. Yo estaba justo a su lado, con la mano entrelazada a la suya. Después de la ceremonia, fuimos todos a almorzar al jardín de la casa de Ireland. Hacía sol, y la mesa larga estaba llena de risas, anécdotas y copas alzadas. —Quiero hacer un brindis —dijo el padre de Ireland, levantándose con elegancia—. Por nuestra hija, que hoy se gradúa con honores, y por Zara, que comienza una nu

