El fuego crepitaba suave, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros como un tercero incómodo. Dastan se limpió el rostro con el dorso de la mano, sin mirarme aún. —Gracias —dijo al fin, su voz áspera, baja—. Por venir hasta acá. Por decirme la verdad. Podrías haberte quedado callada. Podrías haber huido… como tantas veces antes. Tragué saliva, intentando no llorar de nuevo. —Pero viniste —continuó—. Y aunque me duela cada palabra, te agradezco que no me hayas mentido esta vez. Asentí apenas, sin atreverme a hablar. Había un temblor en mis labios que no me dejaba formar palabras. —Necesito tiempo, Zara —dijo entonces, y sus ojos se encontraron por fin con los míos—. Necesito pensar. Estar solo. Sentir todo esto sin tener que sostenerte a ti también. Mi garganta se ce

