Pasó un rato largo hasta que me separé del abrazo de Ireland. No dijimos nada más. No hacía falta. A veces el silencio es lo único que sabe hablar por dentro. Me senté en el sofá, mirando el lugar por donde Dastan había salido. No porque esperara que volviera, sino porque todavía me costaba creer que realmente se había ido. —¿Y ahora qué? —preguntó Ireland, dejándose caer a mi lado, con una taza en la mano y las piernas encogidas como en nuestras noches de desvelo universitario. —Ahora... no lo sé. Supongo que respiro. Que sigo. —¿Y la oferta? Me encogí de hombros. —La enterré en el mismo sitio donde guardo las cosas que nunca debieron pasar. Ella asintió despacio, sin juzgarme. Solo estuvo ahí. Presente. Real. El resto del día pasó en una mezcla de tareas mínimas y pensamientos eno

