No dormí esa noche. No podía. Me quedé tumbada en la cama, en silencio, mirando el techo como si allí se escondiera una respuesta, una señal, algo que me dijera que lo de anoche no había sido real. Que no había pasado. Pero sí pasó. Henry cerró la puerta. No con rabia. Con tristeza. Y eso fue lo que más dolió. Porque cuando alguien se va por amor, no deja espacio para el reproche. Solo deja vacío. La imagen de su rostro, serio pero tembloroso, me acompañó hasta que se hizo de día. Me levanté sin pensar, movida por esa especie de energía que se parece a la furia, pero viene del corazón. No era contra él. Era contra él. Dastan. El hombre que había estado detrás de todo. El que nos miraba desde la sombra y decidía, sin decirlo, quién merecía triunfar, quién podía estar conmigo, quién deb

